PorJuan Villoro
 


Pase a Caparrós:
 
Como nunca sé por dónde avanzas, temí que estuvieras preso en un sarcófago, abrazado a tu momia favorita en homenaje a Quevedo: “polvo serás mas polvo enamorado”. Tu último comunicado revela, no sólo que conservas la bilirrubina y dos riñones, sino que fuiste al fin del mundo para volver a casa. ¡Contemplaste a Messi en un café del Cairo! Es lo que Fontanarrosa hizo toda su vida sin moverse de Rosario, la ciudad que compartía con Messi. Llegaba al café El Cairo y se sentaba en la mesa de Los Galanes para ceder a su principal tarea intelectual: hablar de fútbol. En una cabriola extrema, hiciste lo mismo en el fraccionamiento de los faraones.


En cambio, mi vida sólo es africana porque la luz se va a cada rato y llego al corazón de las tinieblas. Ayer hubo un black-out mientras hacíamos un programa de televisión en vivo. Aunque las palabras son luminosas por sí mismas, nos mandaron a un corte comercial y tuvimos que pedir disculpas por habernos inscrito al tercer mundo.


Temí que un apagón me eclipsara el Argentina-Nigeria. Por suerte, el dios azteca de la luz eléctrica no está sindicalizado y vi a Messi en condición de semidiós. El portero de Nigeria vuela como un verso de Octavio Paz: “alto grito amarillo en un cielo imparcial y benéfico”. Le sacó dos golazos a Messi y tres a Higuaín, que dejó su puntería en la consigna de equipaje del aeropuerto de Barajas.


Messi fue un genio sin estallidos, pero mostró que éste puede ser su Mundial. Verón corrió como un milagro geriátrico y recordé que compartiste con él una ascensión en elevador en el Mundial de Corea y Japón. Le pediste una declaración y guardó silencio ignominioso durante 40 o 50 pisos (soy exagerado, pero la arquitectura oriental lo es más). Es obvio que falta Zanetti en el equipo. Abajo, a la derecha, no hay nada en el mapa de Argentina: ¡urge que un lateral represente a Oceanía! Supongo que Maradona piensa de Zanetti lo mismo que pensó de Passarela en el Mundial de México: se trata de un líder que compite con sus designios. En cambio, Verón es su vicepresidente perfecto. Es capaz de guardar silencio ante tu grabadora, pero logra que sus ideas se confundan con las de su jefe.


Todo mundo desacredita las decisiones de Diego. Hay un deporte paralelo en este Mundial: ponerse en sus zapatos. Invito a la prensa al diván freudiano. Como no se atrevieron a calzar sus botines de jugador, los comentaristas buscan una tardía compensación: ganarle al león en ajedrez. Propongo un juego de PlayStation para entrenadores frustrados: Soy mejor que Maradona. Se vendería muchísimo. Los locutores de Televisa incluso criticaron que abrazara a sus jugadores: “Si se contenta con esto es que no sabe cómo entrenar”.


En la tele mexicana un comentarista estelar es Carlos Bianchi, a quien Boca y tu cuore revuelto le deben tanto. Si el fútbol argentino no fuera guiado por Julio Grondona, versión pampera de Tony Soprano, Bianchi sería el entrenador. Merece el puesto. Sin embargo, condimenta sus críticas a Diego con excesivo chimichurri.


Argentina tiene un preparador físico que habla como filósofo, un asesor técnico que ganó el Mundial y le dio agua con somníferos a los rivales, un volante que corre como endemoniado y piensa como exorcista y un entrenador que enfrenta el juego como libreto de ópera. Además tiene al mejor futbolista del mundo. Son suficientes locos útiles. Pero el mundo habla de sus problemas para administrar tanto talento.
A mí, que me regalen esos problemas, y a ti, que no te atropelle una jirafa.

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