Hubo un momento en el que Aterciopelados se volvió obsoleta. A saber, dejó de tener la esencia que la había convertido en una de las bandas más importantes de Latinoamérica. Porque se enfrascó, sin querer queriendo, en el lugar común del nacionalismo. Y porque se volvió, queriendo, el grupo más cursi del planeta.

Según muchos, el Prospect Park, en Brooklyn, es más divertido que el Central Park, en Manhattan, porque no está invadido de la plaga turista —carrozas, carros de perros calientes, tours, tres capas de bronceador—. El Prospect, más bien, es un entramado gigante de pendientes verdes forradas en pasto amigable y árboles saludables que rodean canchas de béisbol y jardines de lectura. Como el viernes pasado el cielo estaba azul y el clima estaba acogedor, la gente estaba leyendo, jugando béisbol y haciendo picnic. Y en un escenario del parquehabía un concierto de bandas latinoamericanas que abrió Aterciopelados con su canción Río, el primer single de su último álbum.

“Buenas noches, claritas”, saludó Echeverri, después de entonar, “el solecito me calienta el esqueletico”. “Cántale a Colombia de manera aliterada”, dijo, antes de preguntar, “acá hay más de un Colombiano, ¿sí o qué?”. La gente, que solo entendía sus referencias al país, saltaba de emoción al sentir, por fin, en esta ciudad egoísta, alguna cercanía con su país natal. Y Echeverri los trataba de “hermanitos”. Dos serpientes decoraban el escenario, en el que Echeverri se mostró confiada en un falda larga de tela gruesa y colores vivos; esqueleto blanco, guitarra a la moda, muy tiesa y muy maja.

Después de tres canciones del último disco —de notas obvias, entonaciones predecibles y letras incomprensibles—empezó el concierto.Aterciopelados se volvió obsoleta porque en el algún momento de su carreraquiso separarse de sus raíces, porque sus integrantes, tal vez, como dirían sus defensores, maduraron. Para mí, entonces, no debieron haber madurado. Porque madurar no significa volverse rebuscado, mamertoy,fuera de todo, nacionalista. Debería ser al contrario. Cuando sonaron “Baracunatana”, “Bolero Falaz” y “El Estuche”, y todos oímos el grupo al que habíamos venido a ver —de letras legibles, rock nítido y pretensiones—, me di cuenta que los Aterciopelados se debieron haber separado cuando lo amagaron.

Durante la grabación del último disco en una casa enTeusaquillo, el escritor Ricardo Silva los visitó para escribir en Arcadia una crónica que resultó en una excelente, argumentada y ágil apología. En ella dice que “no soporta la música arrodillada de tantos falsos ‘embajadores de la música colombiana’” y que, durante de la entrevista, sonaba “Alguna emisora (que) promociona estereotipos e invita a callar mientras hablan los pocos que tienen una voz. Todo lo contrario a lo que pasa en este refugio”. Yo, sin embargo, en Aterciopelados no veo ninguna diferencia al nacionalismo que profesa Juanes, con sus alusiones constantes a la cultura popular y sus vestimentas tradicionalistas. Las sanas pretensiones de Echeverri y Buitrago no son evocar el sentimiento nacional, pero —con un lenguaje que solo deja entender un tono campesino y sabanero— lo terminan haciendo sin querer.Por rebuscados, les salió el tiro por la culata.

Sí, tal vez Echeverri haya sido criada en la cultura del ‘sumercé’, el ‘su persona’ y el diminutivo en cada expresión, cosa que no tiene nada de mala. Pero que la use y recontrause hasta la redundancia le da un tufillo populista. Y sí, tal vez sea yo el que suena a un apátrida en Nueva York. Pero a mí la cursilería al extremo y el patriotismo efervescente me generan desconfianza. Tal vez sea, sí, porque crecí en el régimen y reinado de El Hombre Cuyo Nombre No Debe Ser Pronunciado.

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