Si yo fuera Quentin Tarantino, hablaría con mis colegas de Hollywood antes de sacar una nueva película para no coincidir con una historia de final feliz que se llevara todos los premios. Ya pasó hace década y media entre Pulp Fiction y Forrest Gump, y ocurre ahora con Inglorious Basterds y Avatar.

Un retrasado mental ya dejó sin Oscar (que no es que sea la maravilla de reconocimiento) a Tarantino, y ahora se lo van a quitar unas criaturas azules. Si yo fuera a perder un reconocimiento a manos de un personaje de ficción de color azul, quisiera que fuera Papá Pitufo, nadie más.

Pero esto no se trata de compadecer a Tarantino, que bastante éxito ha tenido, sino de quejarse del cine que consumimos. Yo quisiera ver al menos una película comercial donde ganaran los malos. Porque no puede ser que en todas las historias, por más variaciones de contexto que tengan, los malvados sean más y más fuertes, tengan más armas, mejor tecnología, estén al servicio de un imperio descomunal y al final terminen perdiendo contra un puñado de personas a medio organizar que pelean con palos. Pasó en La guerra de las galaxias, en El señor de los anillos, y ahora en Avatar. ¿Un Hobbit matando en un combate cuerpo a cuerpo a un Orco? Por Favor.

Es que en la vida real siempre ganan los malos, y me gustaría ver al menos una película –que no sea de Tarantino- que reflejara la realidad. Y quien dice los malos no se limita a Irán, Al Qaeda, la guerrilla y los paras. El mal es todo: es Disney, los fabricantes de armas, Julio Sánchez, el sistema de salud, la Coca Cola, los narcos, los políticos, los bancos, y en general todo aquel que por cada cosa buena que muestra, esconde diez perversas. Pero los humanos somos al revés, vamos a cine con el corazón bien blando, mientras nos da asco siquiera mirar a los que piden limosna a la salida de la sala.

No se usted, pero yo dormiría mejor si India no tuviera 800 millones de pobres a cambio de que al final de Slumdog Millionaire a Latika la violaran y descuartizaran viva al frente de Jamal.

Pero no siempre soy inmune a la magia del cine, ¿quién podría? El final de Billy Elliot siempre me hace llorar, al tiempo que me tiene sin cuidado que en el Meta haya aparecido una fosa común con dos mil cadáveres, o que un error del ejército haya herido a tres indígenas, incluido un bebé. Total, no hacían parte de los Na´vi, sino de los Embera Katíos.

 
Es inevitable ver Avatar y no pensar en los que han sido desplazados de su tierra porque hay algún recurso más valioso que ellos sin sentirse un poco sucio, en especial porque mientras las creaciones de James Cameron vencen al demonio, los amos de la agricultura y el medio ambiente de este país se siguen saliendo con la suya.

Y lo peor de la película, además de ser una historia trillada con la mayor puesta en escena que hayamos presenciado, es que uno debe mamársela durante casi tres horas con esos ridículos anteojos que solo se los he visto a los dictadores de los años 70, a Karl Lagerfeld, y a aquellos que quieren gritarle al mundo que son intelectuales. Así que en términos reales, quienes ganan en Avatar son los malos diseñadores de gafas. Algo es algo.

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