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Las bicicletas en Nueva York se creen peatones y carros a la vez. Son el vehículo de transporte más inconveniente, conchudo y abusivo de la ciudad. Son como los niños cuando a veces son adultos y a veces niños, dependiendo en lo que les convenga. Los ciclistas neoyorquinos, siempre, sin excepción, se pasan los semáforos en rojo, sean peatonales o vehiculares. Una vez al día, podría afirmar con toda seguridad, un ciclista se va encima de un peatón porque piensa que, a diferencia de los carros y de las motos, se puede pasar el semáforo en rojo cuando la gente está cruzando la calle. Uno no entiende por qué creen que una bicicleta los hace superiores: entes por encima de la ley y la civilidad.

Héctor Robles es una excepción. Primero, porque maneja con cuidado y consideración. Y segundo, porque tiene una bicicleta del pasado, el presente y el futuro. En la Calle Séptima con Avenida D, en Alphabet City, un barrio jóven que hace 20 años era una olla, nació Héctor hace 45 años. Hace 34 empezó a engallar su bicicleta, y desde entonces vive de mostrarla. Por eso, porque hoy Alphabet City es uno de los barrios más apetecidos del East Village, Robles vive hoy en Staten Island, de donde coge 2 buses y dos metros para llegar a su lugar de exhibición. De familia puertorriqueña, Robles se considera un tipo religioso, y de ahí que su bicicleta sea una reliquia de armatostes, artilugios, mamotretos, cachivaches, y demás cacharros que uno no se pueda imaginar.

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