Cansado de nunca comprar nada para mí, una tarde de la semana pasada me di ciertos lujos. Almorcé en Pesquera Jaramillo, luego fui al banco a sacar una tarjeta de crédito de mayor cupo y por último –pese a ser soltero- me compré una cama King Size. Tras una tarde de gastos y sin ningún cargo de conciencia, decidí volver a casa. Mi presupuesto se descuadró cuando tuve que pagar el parqueadero, y fue ahí cuando lo vi todo claro.

El gran problema de este país es que nos esforzamos en figurar en los rankings equivocados. Encabezamos el de narcotraficantes, grupos armados ilegales, políticos corruptos y violadores de niños, pero ocupamos la retaguardia en el de empleo, ingreso per cápita, salud y educación.


Yo no se si pedirle a los encargados de los primeros que nos den una mano en los segundos, o si definitivamente es más fácil traficar coca, echar bala, robar al pueblo y aprovecharse de un ser indefenso que cualquier otra cosa.

Hay en el planeta cientos de miles de ciudades, y Bogotá está en el lugar 39 entre las de parqueaderos más caros. Quien tenga un carro acá, debe destinar $560.000 de sus ingresos mensuales para tenerlo seguro –y ni siquiera así lo estará-. La cifra está lejos de los dos millones de pesos de Londres, pero cerca de Nueva York, Sidney y Hong Kong. ¿Otras ciudades latinas tipo Santiago y Buenos Aires?  Ya quisieran estar a nuestro nivel.

Uno de los miembros del equipo de fútbol donde juego es dueño de varios parqueaderos, pero me niego a creer que los seis mil pesos hora que vale estacionar en Bogotá son por culpa de su avaricia. Vivo más tranquilo pensando que todo se debe a las leyes de oferta y demanda manejadas por un pequeño grupo de banqueros en Zurich que nacieron sin madre.

Con estos precios entiende uno el caos que son nuestras calles. No es que seamos terribles conductores, sino que estamos tan envenenados que en todos lados vemos dueños de parqueaderos de los que hay que vengarse.

Por eso rara vez usamos ese accesorio llamado direccional, nos fascina echarle el carro a los peatones, y pasamos el semáforo en verde así la calle esté congestionada más adelante. La cabeza no nos alcanza para darnos cuenta de que si lo hacemos, bloqueamos la intersección y jodemos a todos. Quien decida no atravesar el cruce es amedrentado a pitos por los conductores que vienen atrás.

Una de las grandes conquistas de la civilización es la penicilina; la otra, ceder el paso, no irnos encima del más pequeño solo porque podemos. Para nosotros todavía impera la ley de la selva. Twingo atropella peatón, Toyota estrella a Twingo, buseta arrolla a todos. Salvajes para manejar, salvajes para todo.

Señores de los parqueaderos, ayúdennos. Bajen los precios, permitan dejar nuestro carro a su cuidado, y que de paso quede algo en nuestra billetera para el raponero de la calle.

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