Prácticamente no pasa un solo fin de semana sin que los suplementos culturales nos desasnen con algún cincuentenario, centenario, sesquicentenario o lo que sea. Limitándome a sólo este año, la lista abarca desde Mozart a Picasso, pasando por Hannah Arendt, Shostakovich, Ibsen, Heine, Bertolt Brecht... y lo dejo, porque la lista podría alargarse ad nauseam.

Lo que siempre me llama la atención es que todas estas conmemoraciones suelen concentrarse en el ámbito cultural y/o artístico, y si acaso científico (como sucedió el año pasado con Albert Einstein), mientras que las efemérides políticas, si brillan, es por su ausencia. Donde una vez más se demuestra la miopía del ser humano en general y de los periodistas en particular –y que se salve quien pueda–, porque hay veces en que resulta muy conveniente recordarlas.
 

Justo en estos días, entre el 8 y el 26 de noviembre, se cumplen por ejemplo cien años de la primera vez que un presidente de los Estados Unidos, como tal presidente, y para decirlo del modo tan gráfico que lo diría el humorista argentino Enrique Pinti, movió sus posaderas de la Casa Blanca para viajar al extranjero. Para visitar las obras de “su” canal de Panamá. Y muy pocos días después, dicho sea de paso, recibiría en Oslo el premio Nobel de la Paz, que le fue concedido por una exitosa mediación con la que puso fin al conflicto ruso-japonés.
 

Theodor Roosevelt, que fue ese presidente, es una figura de una todavía inmensa popularidad en los propios Estados Unidos, aunque me temo que en el extranjero –voy a concentrarme en nada más que América Latina– su nombre sólo se recuerda unido a la Oda que le dedicó Rubén Darío, a las escenas de suspenso de una película de Hitchcock (North By Northwest) que se desarrollan en el monte Rushmore, y a las escenas de veras hilarantes de otra película, Arsenic And Old Lace, basada en la obra teatral de Joseph Kesselring, y donde el desquiciado mental que cree ser Teddy Roosevelt casi inaugura el canal de Panamá en el sótano de la casa de las encantadoras tías, Martha y Abby, del pobre Mortimer Brewster (un inolvidable Cary Grant).

Algo más, pensando en el primer Roosevelt, difícilmente podrá escarbar en su memoria un latinoamericano más o menos bien informado. Y eso no es que sea una laguna en su disco duro interior, sino un cenote de profundidades abisales. Porque es al primer Roosevelt a quien se debe el ominoso documento llamado Corolario y que lleva su nombre, en el cual se instituye nada menos que la a su vez llamada “política del gran garrote” (Big Stick Policy). Ah caray...
 

Ahora bien: lo más relevante del Corolario Roosevelt no es esa política del Big Stick, una especie de Big Brother a la fuerza (bruta), sin la sofisticación que implica el control de los propios ciudadanos, en principio, y del resto, después, por medios más sutiles que el garrotazo en la testa. No, lo que mayormente da carácter a ese documento es que Theodor Roosevelt dice, textualmente, que Estados Unidos deberá intervenir, como policía mundial, allí donde haya que combatir, no una conculcación de los derechos humanos, no, no, sino un relajamiento de las normas de la sociedad civilizada.
 

Puesto que el inglés de Teddy Roosevelt se encuentra a la misma distancia (idiomática) del de Bush jr. que el de Shakespeare respecto del de Charles Bukowski, no vacilaría en reproducir literalmente las frases cardinales del Corolario, pero prefiero traducirlas, por si acaso:
 

«Si una nación demuestra que sabe actuar con eficacia y decencia razonables en asuntos sociales y políticos, si mantiene el orden y paga sus obligaciones, no necesita temer ninguna intervención de los Estados Unidos. [Pero] un mal comportamiento crónico, o una impotencia que da lugar a un relajamiento general de las normas de la sociedad civilizada, sea en América o en otra parte, requiere en última instancia la intervención de cualquier nación civilizada,
y en el hemisferio occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la doctrina Monroe puede forzar a los Estados Unidos, en casos flagrantes de tal comportamiento o impotencia, [y] aun cuando sea renuentemente, al ejercicio de un poder policial internacional»*.
 

Lo más curioso es que la famosa frase, “Speak softly and carry a big stick”, pronunciada por Roosevelt en la Feria de Minnesota, el 2.9.1901, doce días después del asesinato de McKinley, y entendida como premonición de la política basada en el Corolario, es un refrán... africano.
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* Texto original, por si los eventuales lectores desean chequear y/o corregir mi traducción:

«If a nation shows that it knows how to act with reasonable efficiency and decency in social and political matters, if it keeps order and pays its obligations, it need fear no interference from the United States. Chronic wrongdoing, or an impotence which results in a general loosening of the ties of civilized society, may in America, as elsewhere, ultimately require intervention by some civilized nation, and in the Western Hemisphere the adherence of the United States to the Monroe Doctrine may force the United States, however reluctantly, in flagrant cases of such wrongdoing or impotence, to the exercise of an international police power».

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