Hay ciertos discursos que me aburren; el del compromiso ecológico, por ejemplo. Los hombres nos reunimos cada tanto para preservar el mundo, pero todo lo que consumimos, todo lo que poseemos y todo lo que firmamos va en contra del planeta. Mientras, las grandes empresas le ponen una calcomanía con una hojita verde a sus productos para tranquilizarnos, pero botan desperdicios por todos lados. 
La ONU me aburre. Aliada con una cantidad infinita de ONG´s trabaja por un mundo mejor, pero el mundo está cada vez peor. A veces me pregunto si este mundo es lo suficientemente absurdo para que se acaben el hambre y la guerra el día que ellas no existan.

Por eso, para este fin de año he querido dejar un mensaje basado en desechar la idea de que todos somos hermanos y que juntos debemos trabajar por el futuro. Si hacemos las cuentas claras nos daremos cuenta de que este mundo no tiene salvación, que en el fondo todos nos odiamos, y que a la Tierra vinimos a copular y a joder al prójimo.

Lejos de cualquier organización y afectado por tres días de gripa, estos son mis aportes para lograr una Colombia mejor. Ideas absurdas en Navidad, porque las propuestas sensatas del resto del año suelen no funcionar.

* Si yo fuera piloto de la Fuerza Aérea y me tocara trasladar en helicóptero a los hijos de algún político, haría el sacrificio de estrellar la nave intencionalmente, matando a todos sus ocupantes y evitando así que la gente que se ha robado este país se siga reproduciendo.

* Si yo fuera de extrema derecha y trabajara en el departamento de inmigración de un país primermundista, aprovecharía los partidos amistosos que cada tanto juegan equipos de fútbol de países del tercer mundo en suelo europeo o norteamericano para arreglar el problema de los ilegales. Cerraría las puertas del estadio antes de un Colombia-México o un Marruecos-Turquía y empezaría a pedir papeles, deportando inmediatamente a quienes no los tuvieran.

Pero no pararía allí.

* Luego de deportarlos, mandaría agentes infiltrados en todos los vuelos hacia Bogotá, encarcelando a aquellos que al aterrizar les diera por aplaudir, o por gritar “Que viva Colombia”.

* Si yo fuera terrorista y viviera de poner bombas, mis objetivos no serían la caravana presidencial, o la Casa de Nariño. Atacaría directamente establecimientos donde roban legalmente a la gente, como el restaurante Club Colombia, las reposterías de Myriam Camhi, o los parqueaderos que cobran el minuto a más de setenta pesos.

* Si yo fuera Álvaro Uribe, me olvidaría de la reelección y utilizaría mis seis últimos meses en el poder para darle una segunda oportunidad a Colombia. Así, impondría sin avisar la pena de muerte sin juicio previo a todo aquel que se volara un semáforo en rojo, botara basura, se colara en una fila, rumbeara en chiva, hablara en diminutivo, o le gustara el tropipop. (Yo sería uno de los caídos por gustarme el tropipop). Al cabo de ese tiempo, calculo, no quedarían vivas más de dos millones de personas, y los sobrevivientes podrían volver a levantar este país desde cero. 

Felices fiestas.

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