Odio las citas a ciegas. Casi nunca funcionan, y cuando uno deja que sus amigos lo metan en eso es porque está desesperado y no encuentra con quién salir ni a quién ver.
Hace un par de años, en una fiesta, un amigo me dijo que me quería presentar a un tipo.
 
Jorge, se llamaba el tipo. Yo lo conocí, lo saludé, hablamos (o eso dicen) pero como quien oye llover. Di la vuelta y lo ignoré por completo. Hace tres días entró a la oficina Jorge. Estaba perdido. Buscaba a mi amigo. Yo juro que lo había olvidado por completo, y pensé que era la primera vez que lo veía. Me acerqué muy amable, le dije que mi amigo no había llegado de una cita y que si quería lo esperara en su oficina.
 
Cuando se fue Jorge, entré a la oficina de mi amigo y le pregunté por él. “Fue el tipo que te presenté en la fiesta aquella, ¿te acuerdas?”. No. No me acordaba. “Te lo presenté porque él no hacía sino preguntarme quién eras tú”. Nada. “Tú lo ignoraste”.
 
Mis gustos han cambiado. O mi necesidad. Quién sabe. El caso es que le pregunté a mi amigo si a Jorge le gustaría salir conmigo. Era un blind date, en la medida en que ni él ni yo nos conocíamos en realidad, aunque físicamente sí nos habíamos visto. Jorge dijo que sí.
 
Salimos esa noche. Yo me vestí muy sexy, con una falda de flores y unos zapatos altos y una blusita del algodón con un escote muy profundo. Fuimos a comer, mi amigo con su novia y yo con Jorge.
 
Cuando lo vi, empecé a temblar. Se veía muy bien. Tenía unos pantalones azules y una camisa blanca. Olía delicioso cuando se acercó a saludarme. Me puso una mano en el hombro y apretó un poquito, lo suficiente como para mostrarme cariño, pero no ansiedad. Me miraba a los ojos, sonreía, era absolutamente fascinante…
 
Hasta que Jorge abrió la boca. Ahí me di cuenta por qué lo había olvidado la fiesta anterior. Era un pelmazo. Hablaba de lo importante que era, de sus amigos famosos, de sus viajes y de dónde compraba su ropa. Yo soy frívola, pero esto no es frivolidad sino estupidez.
 
Mi amigo me miraba, compungido, porque entendía que yo estaba desesperada, pero mis modales me impedían pararme de repente, así que utilicé un truco muy viejo y muy tonto. Me paré al baño, llamé a una amiga y le dije: “en unos 15 minutos llámame y dime que estás tristísima, para que yo pueda salir”.
 
Así pasó, y salí corriendo. Jorge me dijo que me llamaría, pero mi cara fue tan evidente que hasta ahora no lo ha hecho. A mi amigo le sugerí que no me hiciera caso cuando le dijera que quería salir con un tipo que él conociera y de ahora en adelante tomé la determinación de no tener más citas a ciegas, porque cuando no tienen dos narices, tienen una boca demasiado grande.

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