Uno de los pensamientos más frustrantes que le produce a uno Nueva York es darse cuenta que en Colombia nos leemos. No hay que citar a nadie para comprobarlo. Es una realidad que todos los colombianos —nosotros, los colombianos— sabemos que es cierta. Preferimos la televisión. Y qué le vamos a hacer. La preferimos sin vergüenza. Y tampoco es que seamos brutos —nosotros, los colombianos, tan particulares en nuestras formas. Lo que pasa es que somos perezosos y nos soportamos la ignorancia. Podemos vivir con ella.


Y la verdad, así suene pretencioso, es que uno solo se da cuenta que los colombianos no leemos cuando llega a Nueva York. Cuando se monta en el metro y cuatro de cada cinco pasajeros van leyendo. Literalmente. Leen libros para saber cuál es la mejor dieta sin tener que dejar la Coca-Cola; leen reportes sobre la bolsa de acciones; leen perfiles de aplicantes para un trabajo de mesero; leen historias sobre dragones que se toman la Casa Blanca; leen una guía para comprar exfoliadores para las plantas de los pies; leen La Crítica de la Razón Pura; leen el Daily News; leen Esquire. De sus iPhones y de sus Kindles también. Y unos van aprendiendo chino y los otros van traduciendo un poema. No importa qué sea, si es estúpido o no, pero los tipos van leyendo. Porque, tal vez, no quieren perder un solo segundo de sus vidas mirando el espaldar de la silla del frente. Quieren, mientras se transportan, estar enriqueciendo su conocimiento. Así sea con un libro de novecientas páginas sobre las interpretaciones psicoanalíticas de la crisis de Britney Spears, o una historieta sobre lesbianas que se alimentan de abejas en África. Y hasta tienen un blog que día a día hace comentarios sobre los libros que la gente lee en el metro, el cual dio lugar a la organización que regaló 600 libros en el metro con el sencillo objetivo de fomentar la lectura en el tren.

Acá la gente sí lee.


En Colombia, en cambio, es normal que alguien diga que no se lee un libro hace años, o que alguien diga que simplemente no lee del todo. “Yo no leo”, diría tranquilo. Acá, en Nueva York, eso no pasa.


Y la investigación que publicó hoy el New York Times titulada “Leyendo bajo tierra: habla por sí sola. Y va así:


La mujer de mediana edad con un saco negro sobre sus hombros ha asumido una postura meticulosamente calibrada: pies separados, brazos relativamente inclinados, músculos relajados pero en alerta. No estaba ella preparándose para una pelea de Taekwondo, sino haciendo un versión personal de una contienda que millones de Neoyorquinos enfrentamos todos los días: leer, atentamente, incrustados en una lata de sardinas de tren que va a gran velocidad hacia Brooklyn a la hora tumultos de la tarde. Sin sostenerse. Como sea, leemos. Incluso sin una silla, incluso mientras estamos espichados dentro de un panini humano, incluso mientras alguien toca la armónica y pasa un vaso de monedas, incluso cuando vamos prendidos para la casa después de una fiesta.


El metro es el lugar más incomodo que uno se pueda imaginar para leer, con su ruido, olor y hostigamiento. Y sin embargo, ahí es donde los neoyorquinos leen la mayor cantidad de sus páginas. Cosa que es, si los sumamos, mucho: John, un plomero citado en el artículo que vive en Bushwick, tiene que viajar una hora de ida y otra de vuelta todos los días en el metro. Con eso, lee dos horas al día, diez horas a la semana, dos libros cada mes. El último que se leyó fue City of Glass, un clásico de Nueva York escrito en el 71 por Paul Auster.


Ahora después de esta publicación, que definitivamente ha dado de qué hablar hoy en los blogs neoyorquinos, el New York Times pretende saber qué, exactamente, lee la gente en cada línea del metro. Para eso, van a preguntarle a los usuarios de su página por el título del libro y la línea en la que se transportan mientras lo lee.


Los Colombianos no leemos porque todo nos importa un carajo. Porque nos conformamos con un periódico nacional, porque le creemos a Vicky Dávila y porque creemos que, gracias a García Márquez, somos un país de literatura. Equivocado estaba Simón Bolívar cuando dijo que Colombia era la Universidad de Latinoamérica. Y equivocados también los que dicen que Bogotá es la Atenas Suramericana. Equivocados todos los colombianos —nosotros, los colombianos— cuando pensamos que, a punta de no leer, algún día vamos a salir del barullo en el que llevamos 200 años empotrados. Equivocados.

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