Es domingo y el teléfono de la casa lleva días sin sonar. Siempre te han asustado más las llamadas al fijo que al celular, porque el identificador mata cualquier posibilidad de sorpresa, mientras que en el fijo podría ser cualquiera, incluso esa llamada que has estado esperando toda tu vida. 

Ese día te ilusionas porque suena dos veces. La primera resulta ser tu madre, con quien no te gusta hablar. Cuelgas molesto, y una hora y media más tarde le contestas emocionado a una grabación de la compañía de televisión por cable que dice que tu factura está a punto de vencerse. La máquina termina su discurso y de plano te indignas, preguntándote qué derecho tiene una empresa de llamar un domingo a cobrarte algo que ya has pagado. Casi inmediatamente te sientes más solo que nunca, entre usado y vulnerable, como un simple dispensador de dinero.

Son casi las diez de la noche, y después de siete partidos de fútbol y tres películas que ya habías visto en cine, estás a punto de dormirte. Suena el teléfono por tercera vez, pero ya le has perdido la fe y piensas en no contestar. “Solo si timbra seis veces...”, te dices, sabiendo que al otro lado de la línea nadie tendrá la paciencia de esperar tanto. Tras siete timbrazos, y como si de contestar dependiera salvar una vida, levantas el auricular.

Es un señor con acento cubano que dice ser amigo de Piedad Bonnett, la escritora, y que quiere hablar con ella. A menos de que se haya mudado sin avisarte durante las horas en que has estado encerrado en el estudio de tu casa, sabes que ella no vive contigo. Así se lo haces saber, aunque de forma más educada.

Lo paradójico es que Piedad Bonnett vive en tu mismo edifico, exactamente en el apartamento de abajo, así que te convences de que esa llamada no fue casual. Quisieras ayudar al cubano, pero no le dices que ella es tu vecina, ni que podrías llamarla por citófono para avisarle, en parte por flojo, en parte porque te tiene sin cuidado ayudar al prójimo.

Cuelgas y Piedad llega a tu cabeza. Bajita, algo rechoncha, con su cara de niña a pesar de sus 59 años, con su pelo corto y las gafas que seguramente adquirió en el catálogo de anteojos de marco grueso que llega a la casa de todo autor publicado.

Recuerdas ese par de veces que se saludaron en el ascensor, claramente por decencia antes que por gusto. Piensas si será posible que ella haya visto tu número en alguna de tus facturas en los casilleros de la portería –la de la televisión por cable, quizá- y lo haya copiado para dárselo a aquellos por los que no quiere ser molestada, o si simplemente por ser vecinos tu teléfono y el de ella varían apenas en un numero y lo que en realidad ocurrió fue que el cubano marcó mal.

Has visto noticias de Piedad en la prensa y sabes que tiene en su estudio una foto con García Márquez, detalle que no va contigo porque te parece de mal gusto exhibir fotos en la casa, y más si es para dárselas de importante ante las visitas. Y aunque no eres fanático de su poesía, te gusta una línea que dice “Alguien allá a lo lejos acaba con él mismo” en parte porque te gusta pensar que lo escribió después de cruzarse contigo, en parte porque es lo que te está pasando y nadie, solo ella, se ha dado cuenta.

Piedad te recuerda a tu madre, también bajita y caderona, y por eso sientes un odio injustificado hacia ella. Piensas en apuñalarla la próxima vez que se crucen en el ascensor, pero te contienes porque no sabrías qué explicación dar en la reunión de copropietarios del mes que viene.
 
Publicado en la revista Cartel Urbano. www.cartelurbano.com

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