Como ya se ha demostrado por más de un medio que las películas colombianas suelen ser, poco más o poco menos, un fracaso, ahora los impulsadores de esa triste cinematografía criolla han decidido bombardearnos con cortometrajes que son proyectados antes de que empiecen las películas de verdad (me refiero a películas que, sean buenas o malas, se pueden llamar películas, no apéndices de telenovelas o fracasos humorísticos). Hablaré solo de tres de esas caricaturas con moraleja que nos amargan siempre la entrada a cine.

El primero de esos cortos es una especie de fábula macondiana en la que un Alejandro Martínez venido a menos tiene que cruzar un río con su guitarra a cuestas, sin saber nadar. Un personaje vestido de blanco y con corbata (no recuerdo bien, pero creo que sí tiene corbata), del que uno piensa que con su pinta de mesero va a llevarle algo de tomar al desconsolado guitarrista (desconsolado no por que el personaje lo parezca, sino porque después de tanta vida encima Alejo Martínez no puede expresar nada que no sea desconsuelo), aparece como apoyo moral para ayudarlo en su ardua tarea fluvial. Desde ese momento ya se sabe todo: la guitarra se salva después de una titánica labor contra el río, el guitarrista se inspira en el personaje de blanco (¿Ya adivinaron? Claro, el personaje de blanco es el fantasma o el recuerdo de su padre) y el mesero se desvanece con una sonrisa estúpida en la cara. Se acaba esta especie de chiste nostálgico y uno queda pensando en por qué el juglar desposeído terminó metido en esa selva amazónica (que ellos muestran como selva amazónica, pero que cualquier televidente perspicaz sabe que fue grabada en Fusa o máximo en Tolemaida), y hay que ser muy poco atento, o muy emocionalmente débil (¿muy “emo”?), para que el fantasma lúgubre inspire algo, o para que las actuaciones pueriles de Alejandro Martínez y su papá mesero nos impriman una huella inolvidable en el alma. 

Recuerdo como si fuera ayer el día en que fui a ver Gran Torino (una de las mejores películas de este año), y me salió antes de la película un corto sobre el ratón Pérez. Lo primero que me causó escozor fue que uno no sabe si la niña que actúa ahí es la hermanita del protagonista o la sirvienta de la casa. La mamá la trata con displicencia, pero el niño la quiere como si fuera de su sangre; entonces puede ser una medio hermana abandonada a su suerte, una cenicienta que simpatizó con el niño y que es explotada por la madrastra. Nunca lo sabremos. La trama gira alrededor de una fijación zoofílica del niño por el ratón Pérez y los artificios que idea para capturarlo. Uno no entiende por qué la mamá, en vez de permitir que se gaste siete frascos de Colbón y unte todo el cuarto con papeles y fichas de lego, no le dice que el ratón es ella, que no moleste más. Además que es un niño que está cerca de los 10 años, ya es hora de que madure un poco. El caso es que después de una trama realmente boba en el que la mamá regaña al niño y a la hermana-sirvienta por tratar de atrapar al roedor, se aparece un ratón morado que le habla al niño y a la mamá, y la moraleja es algo así como que no hay que dejar de ser niños y de soñar. Son como 5 minutos de, perdón que lo diga, pura basura proyectada en una pantalla. Me gustaría saber qué pensaban sacar con ese corto, qué idea tenía el guionista y en qué crisis personal se encontraba el director para haberlo aceptado. No quería decirlo, pero me ganó la fuerza de la certeza: el ratón Pérez es peor que Martínez y el mesero.

El tercer ejemplo de maravilla corto-fílmica es de otra índole. Se trata de un corto que anda circulando por estos días en el que una voz en off femenina nos vende el centro de Bogotá como la octava maravilla del mundo. A través de imágenes a las que se les nota el gran esfuerzo de producción para evitar que saliera la verdad de los paisajes, la voz nos va paseando por las bellezas de la Candelaria y por los monumentos de la carrera séptima, y uno se siente, por un momento, recorriendo Versalles, paseando por los Campos Elíseos o navegando en góndola por Venecia, hasta que la realidad cae como un bulto de plomo y recordamos que lo que estamos viendo es el centro de Bogotá. Entonces uno piensa en la vez que lo atracaron enfrente a la Luis Ángel Arango, o cuando un indigente lo escupió porque no tenía monedas para darle, o cuando le tocó salir corriendo para evitar que tres jíbaros le echaran escopolamina y le sacaran todo lo de las tarjetas de bancos. Uno se acuerda. Acá lo que ofende no son los defectos de sonido, o cuando habla el primo del subsecretario de alguna oficina de planeación diciendo que el centro de Bogotá es la berraquera, lo que indigna profundamente, lo que da ganas de que a los productores de ese material los cuelguen en un cadalso, es que crean que el público es idiota. Muestren ese corto en otro país, para que vengan extranjeros a conocer el centro y sus esquinas peligrosas; proyéctenlo en EE.UU. para que nos llenemos de gringos que dejen acá su plata. Pero no sean tan huevones de creer que los que vamos a ver una película en Bogotá no conocemos las porquerías que incuba su centro.

Un último consejo: no hagan más cortometrajes de esos. No traten de ser originales. No traten de trasmitir mensajes constructivos que lo único que hacen es hacerlos quedar en ridículo. Esa plata, si de verdad quieren invertirla bien, gástensela en obras públicas, tapando huecos, acabando con la ladronera de esta ciudad en vía de destrucción, o construyéndole un alcantarillado a Barranquilla. Y sé que no soy el primero que lo dice, pero no más, señores, no más cine colombiano. 

 

 

 

 

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.