Alguna vez di con una loca teoría que explicaba porqué a los jugadores colombianos se le dificultaba hacer goles. Se podría pensar que no era no tan loca, porque la publicaba un medio de comunicación, pero la lección al final del artículo fue que no se puede creer en todo lo que dice la prensa.
 
Decía que muchos de nuestros futbolistas crecieron jugando en terrenos junto a ríos y caños, o en algunos casos en urbanizaciones, rodeados de edificios. Así, de niños adquirieron un miedo visceral a patear al arco, temerosos de mandar el balón al agua o de romper los vidrios de la señora del 308.
 
Lo malo es que parece que para los nuestros, detrás de los arcos de los estadios suramericanos hay ventanales tan grandes como los del Kokoriko de Melgar. A cada partido de estas eliminatorias, los colombianos han ido con plata para pagar los vidrios rotos, y varios balones de repuesto por si se los van decomisando. Lo bueno es que en nueve de los trece partidos han tenido la gentileza de dejar marchar al rival con el arco invicto y los cristales intactos.
 
Lo que más duele es seguir haciendo cuentas para clasificar, porque mientras la matemática diga que aun hay chances, es que aun los hay; con los números nadie discute, ni siquiera el fútbol más improductivo.
 
Ahora viene Perú. Si Colombia gana se acercará al repechaje y volverán las esperanzas por un rato. Tal vez sea mejor caer de una vez y no alargar más la agonía. Ni Radamel García, ni Wason Rentería, ni Hugo Rodallega llegarán a conocer los cristales de los estadios de Sudáfrica. Son brillantes, a prueba de golpes y no podríamos pagar uno de ellos, como sus diamantes.

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