Quiero empezar pidiéndoles disculpas a todos por tenerlos tan olvidados, pero la verdad esto de escribir blogs todos los días es algo nuevo para mí. No me refiero al acto de escribir –siempre me ha gustado escribir, creo que aparte de tirar es lo que mejor hago- sino a la regularidad con la que debo entregar este diario virtual a los señores de SoHo. El problema es que, a pesar de que ustedes crean que ser prepago implica trabajar solo de noche, tengo una agenda bastante ocupada. Déjenme les cuento.

Todos los días me levanto a las 8 a.m., y los días en que me toca trasnochar gracias a clientes que me piden que me quede con ellos más de lo debido, me da muy duro la levantada. Pero bueno, eso implica que me paguen horas extra, y esas las cobro más caras. Normalmente tengo servicios por horas y por días, pero si el cliente decide alargar el servicio, la tarifa sube. Apenas suena el despertador me meto a la ducha. Es lo único que logra despegarme las cobijas. Normalmente duermo con “hot pants”, o cacheteros, esos calzones que son casi pantalonetas pero que permiten que se me salgan parte de mis nalgas por sus bordes. Me encantan. Me paran el culo y me calientan toda la noche. Encima me pongo un topsito, y los días que hace mucho frío me toca dormir con saco y con medias de futbolista. Vivo sola hace siete años, desde que llegué a Bogotá a estudiar.

Después del duchazo prendo mi computador portátil, me preparo una infusión de té, y me paso una hora respondiendo mis correos, revisando mi facebook, y leyendo los periódicos locales y una que otra noticia internacional. ¿Acaso creyeron que por ser prepago ando desinformada? En alguna otra oportunidad podemos hasta hablar de los libros que me gusta leer, pero sigamos con mi jornada.

Salgo a eso de las 9:30 a.m., por tarde a las diez, para el gimnasio. Voy a uno que queda muy cerca de mi casa (vivo en Chapinero Alto), en donde mi entrenador es el único que sabe de mi profesión. Será por eso que me hace entrenar como loca. En gran medida es gracias a él que tengo la cola tan parada y los abdominales tan rayados. Y es que mi cuerpo es mi oficina, aquí es donde atiendo a mis clientes, y por eso tengo que estar en perfecto estado. Esta profesión no dura toda la vida, pues la belleza es pasajera, aunque en esta industria hasta las veteranas tienen clientes. Pero yo quiero trabajar hasta que pueda vencer a la gravedad y no ser parte de ese grupo de prepagos freaks –así les decimos las prepago jóvenes a las ancianas que siguen tirando, con sus vaginas desgastadas e imposibles de lubricar -. Por eso también cuido mi alimentación, uso jabones y cremas especiales para mi piel, y ando obsesionada con oler rico. Tengo uno 15 perfumes en mi tocador. Me encanta el Dolce & Gabanna Light Blue, y tengo tres botellitas de ese. Me los regala un cliente, me dice que así olía el amor de su vida.

Después de romperme en el gimnasio vuelvo a mi casa y me baño una vez más. Dependiendo del día que esté haciendo escojo mis pintas, pero como vengo de tierra caliente y me gusta mostrar mis tetas operadas (el que tenga que muestre), uso camisetas escotadas, jeans Diesel (son los que mejor horman el culo. ¿Se nota que estoy obsesionada con mi culo?), y diferentes tipos de botas. Me encantan las botas, ayudan a estilizar la figura. Una vez vestida salgo a almorzar a la Zona G o a la Zona T, me encanta la comida internacional, pero de vez en cuando me doy la pela y me como una bandeja paisa entera, mi plato preferido en todo el mundo. No vayan a pensar que soy creída por ir a comer a restaurantes finos. Pero la verdad suficiente me tengo que aguantar en mi trabajo como para no darme una buena vida con lo que gano. Es más, me está dando hambre y es hora de almorzar. Por ahora les dejo la primera parte de mi agenda diaria. Ya mañana les contaré cómo paso mis tardes y mis noches.

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