¡Ay qué difícil es esto de escribir blogs! No entiendo la gente cómo hace para trabajar frente a un computador todo el día. Yo la verdad me quedo con el sexo. Es más natural tocar la piel de una persona que las teclas de una máquina. A este mundo llegamos empelotas y estoy segura de que los primeros encuentros entre hombres y mujeres fueron así. Es simple instinto. Es una atracción física que no podemos negar. El caso es que me quedo con el sexo.

Pero bueno, sigamos. Quedé en que salía a almorzar. Casi siempre salgo antes de la una a almorzar, y casi siempre voy con una o dos amigas de la universidad. Pero me encanta almorzar sola, no hay nada como sentarse en una mesa en la terraza de los restaurantes y ver que los hombres pasan y me miran como sin querer mirar. ¿Si me entienden? Esa miradita de reojo que se repite como por pedazos. Primero me miran las tetas y después la cara. Y después vuelven a mirarme las tetas, como queriendo detallar y definir la forma de mi pezón. (Yo no sabía que los pezones de una mujer generaban tanto debate entre los hombres. En todo caso los míos me encantan; son del tamaño perfecto para mis tetas 36 B, y contrastan sutilmente con mi piel achocolatada). No falta el directo, el que me pregunta que si estoy sola y que si me puede acompañar. A esos siempre les digo que no, odio a los tipos confianzudos. Los hombres deben tener más tacto, más respeto con las mujeres, acercarse a ellas sumisos y tímidos.

Después de almorzar me gusta ir de compras por los centros comerciales de Bogotá. Si tengo plata, voy a comprar ropa cara a El Retiro, Atlantis o el Andino. Como les dije anteriormente, allá es donde más me encuentro con clientes, siempre apenados. Yo me rio, pues aunque no los conozco por nombre (así como estoy usando este nombre artístico, muchos de mis clientes también quieren esconder su personalidad), sí me acuerdo perfectamente de la última vez que estuve con ellos. Recuerdo al que le encantaba venirse en mis tetas, el que me pedía que le metiera un dedo por el culo mientras lo hacía. El de más allá, el que pasea con su esposa e hijos, hace un par de semanas me pidió que le chupara y le mordiera el escroto mientras lo masturbaba. Le encantaba que le lamiera ese espacio de piel que coloquialmente llamamos la “nies”. Ni es pipí, ni es culo. En fin, fantasías es lo que he cumplido. Y eso que no me he metido a contarles las que nosotras las prepago llamamos “bizarras”. No acepto trabajar con mierda, sangre o vómito. No crean que soy asquerosa, ustedes no se imaginan cuántos me lo piden. Hay clientes que piden que los orine, y yo, por una tarifa extra, lo hago sin problema. Pero nunca me he dejado orinar. Cada loco con su tema.

Después de hacer compras, de entrar a cine o inclusive pasar por alguna galería de esas de arte y fotos que hay abiertas por la Zona T o la Zona G, vuelvo a mi casa a descansar. Me cambio de ropa una vez más y vuelvo al gimnasio, donde sólo hago ejercicios cardiovasculares para bajar el almuerzo. A esa hora van muchos jóvenes a ejercitarse, me imagino que luego de clases. Son los más valientes de todos, se me acercan sin problema y me coquetean directamente. Pero a mí me gustan maduros. Aunque si por trabajo es, no tengo problema en estar con jovencitos (ojalá buenmozos).

Ya por la noche vuelvo a mi casa, me doy un baño largo y a veces me gusta llenar mi tina con espumas y aceites aromatizantes, poner música y dormir una pequeña siesta. De resto me pongo mi bata de seda Victoria Secret y me pongo a leer un libro o a ver una película. Acabo de alquilar “Posdata: Te amo”. ¿Se la han visto? Ya les contare.

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