El día que perdí mi virginidad con una mujer, día primero en que mi boca se abrió para dejar salir esas “ooooohhhs” esos “ahhhhhhsss” (deseos femeninos que me poseen y que colapsan, que se contraen y que se extienden, que se llenan de humedades y deseos, de gritos, de anhelos y sexo, de besos. Humedades y sexo, deseos, gritos, humedades y anhelos… besos), día en que mi garganta se practicaron por primera vez gemidos, ocasión plácida en la cuál apliqué mis dones de actriz natural. Ese día entendí por que los hombres sueñan con lesbianas, porque los canales porno llegan a su punto máximo de rating cuando hay dos mujeres tocándose, por que lo que acababa de hacer era la fantasía sexual número uno del planeta del sexo masculino y de una que otra mujer que en las noches lo sueña, pero que en los días no es capaz de escupirlo. Eso que ustedes ven ahí señores, esa engañosa manera de tocarse, esa incomodidad femenina propia de una mujer que no sabe tocar tetas o que las toca porque le pagan, ese sexo oral pésimamente hecho, la falta de realismo, la silicona y el plástico que abunda, esa característica primordial del sexo lesbico pornográfico : lo artificial. No vengan ustedes a creerse que las cosas son así porque no lo son, eso es pura ilusión. Claro esta que el porno es eso: una perversión ilusoria para alimentar deseos masturbatorios, en compañía o en soledad, y la pornografia lésbica esta sistemáticamente diseñada para que los hombres piensen: ahí solo falto yo. Al sexo lesbico original no le hace falta nada, no le sobra, no se le quita, ni se le pone. Al sexo al que yo me entrego, ese sutil acto de simbiosis orgásmica, entrega erótica con dosis de excesiva sensualidad, luminosidad en la que serpentean con ardor pezones y dedos, labios, humedades, pezones y dedos, lenguas, pezones y labios. Ese sí es sexo lésbico de verdad. Hecho con ganas y devoción. En casa y no en un set. Real y sin aloplastia. Los hombres acá no faltan… en ocaciones especiales, ¿por qué no?, podrían ser partícipes prescindibles, que aportan manos pesadas a un juego donde la sutileza es la clave, donde no es necesario preguntar, ni fingir. Por eso cada vez que me encuentro torpemente con una película donde dos mujeres juegan a tirar, me lleno de reminiscencias del día aquel en el que me ví conjugando el mismo sexo, dos en versus por vez primera. Esa noche que pronto se convirtió en mañana, donde nos manoseamos hasta los silencios, los suspiros, donde me entregué al placer definitivo y magno de llenarme de sabores a mujer, olores a mujer, formas de mujer… y entendí por qué los hombres sueñan con lesbianas, pero lamenté saber que nunca tendrían un vistazo al festejo al cual yo hace mas de 3 horas me había abandonado sin mesura.

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