Downtown Delhi on a Seasonably Hot Day by Stuck in Customs.

Al señor que limpia los cuartos de mi Hotel en Cairo sólo le quedan cuatro dientes: tres arriba y uno abajo. Él, en su inglés imposible, se ofreció a lavarme dos sacos de algodón con capucha, de esos que se demoran en secar, y unos pantalones de pana, por 2 dólares en menos de 48 horas. La primera vez que lo vi fue a las 5 de la mañana, cuando llegué al hotel buscando un cuarto, y él estaba botado en el piso haciendo su rezo de las mañanas.

Cuando vi, a 12 horas de mi vuelo a Delhi, que la ropa no estaba seca, le dije que no tenía sentido ponerla ahí, en la lavandería, y que era mucho mejor ponerla en el techo, al rayo del sol. Él se rehusó, en su inglés descarado, así que yo cogí la ropa y la puse en el techo. Cuando, 4 horas antes del vuelo, fui a recogerla, estaba botada en el piso, llena de polvo, porque la dueña del techo, una indigente que vende papel higiénico en la calle, la había tirado.

Entonces me fui con mi ropa mojada y más sucia que nunca. Salí del hotel, a las 10 de la mañana, a mandar la guía de Egipto y otro libro a Bogotá por correo. En eso, tras explicar en mi inglés estúpido qué era Colombia y dónde quedaba, me demoré una hora, y me llamó la atención cómo los funcionarios del correo trataron mi sobre: le abrieron huecos, le escribieron notas, le dibujaron mamarrachos, le pegaron calcomanías. Uno de ellos, de cachucha Nike y tennis Puma, guardó mi email, por si los libros son devueltos sin haber podido alcanzar su destino.

Por líchigo y terco, me fui caminando a la estación del bus, y no cogí taxi. En el camino, por un increíble cable que había en la calle, me caí, rompí mis jeans y me raspé las rodillas. Las dos. Pero finalmente, en medio de una histéria inaudita, con mis rodillas sangrando y mis manos negras, cogí el bus indicado a tiempo.

El recorrido no fue largo, sino eterno. Y al conductor no le bastó que el trancón fuera infinito para parar a hacer su rezo del mediodía, mientras todos lo esperábamos debajo del sol del mediodía, ese que entra por las ventanas, quema los pantalones y calienta las piernas. Una hora en ese bus ardiendo, y llegué al terminal equivocado, así que, como si mi destino me estuviera castigando por pesetero, tuve que coger un taxi.

El avión de Gulf Air que hacía escala en Bahréin, un isla millonaria en el Golfo Pérsico, se había dañando, entonces tuve que esperar una hora a que las estresadas operarias de la aerolínea, con un mundo de árabes regañándolas, me reservaran un puesto en otro avión, que terminó siendo en Jet Airways, una aerolínea India, que hacía escala en Abu Dabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos. Dos horas después abordé el avión, y me tocó en el último asiento; sí, ese; el que no se pude echar para atrás y queda al lado del baño. Y no solo fue el niño vomitando en el baño y el trasero de su padre en mi cara mientras recogía el trapo vomitado del piso. También era el árabe modernizado con gafas de espejo echándole los perros a la azafata y el gordo de mi lado cuyo brazo tomaba, literalmente, mitad de mi asiento.

Ya acostumbrado a los problemas, acepté con tranquilidad el retraso de 12 horas en el vuelo desde Abu Dabi, un aeropuerto que, a pesar de tener Internet gratis, tiene de esos asientos con reposadores de brazos que no dejan que uno se acueste. Entonces dormí en el piso y, 12 horas después, abordé el avión, otra vez en el asiento de atrás.

Como en Delhí no se podía aterrizar por una neblina interminable, nos mandaron a Bombay, donde esperamos 3 horas.

Finalmente, después de 38 horas de problemas, llegué a Delhi, una ciudad oscura, caótica y fea, a un hotel en el Bazar Central, el de las vacas, las motos, los taxis, los rateros y las ratas. Tengo agua caliente, un privilegio, pero la regadera está dañada y me toca bañarme con balde. Las sábanas están limpias, pero parece que estuvieran mojadas, porque están muy carrasposas y frías. Afortunadamente, la luz está también dañada, y así no tengo que ver la realidad del piso del cuarto.

Al niño que limpia los cuartos todavía le quedan dientes de leche. La primera vez que lo vi estaba botado en el piso, trapeándolo con una tela sucia. Me miró con sus unos ojos tristes y, sin vergüenza alguna, me preguntó 'are you girls or boys?'. 'Boy', le dije, y me volvió a preguntar. Yo me quedé callado, pagué mi cuarto de 6 dólares, y dormí por 7 horas, hasta que el sonido de una carne fritándose me despertó y me dijo 'Welcome to India'. 

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