Por Emiliano Monge

 

Por culpa de una terca y agresiva enfermedad, que me hizo pasar el primer lustro de la vida entre la cama de mi cuarto y la habitación de un hospital, el retablo de mi infancia yace ensombrecido. Mi memoria está infestada de huecos, verdaderos hoyos negros por donde me vacío cada vez que intento recordarme.

O al revés: mi memoria es un hoyo gigantesco en el que sólo algunos llenos resisten la succión que todo se lo traga y que antes lo mastica. Por supuesto, estos llenos, sobre los cuales se posa una luz ambarina y pegajosa, no son muchos. Para ser exactos, sólo son tres, tres instantes que en realidad son tres cortometrajes, los fragmentos salvados del celuloide que las agujas, los doctores, las enfermeras y la fiebre seccionaron a destajo.

Mis recuerdos son pues sólo tres secuencias, tres historias amputadas por un bisturí de color plata que a pesar de todo a mí me alcanzan para poder decir: también estuve y habité los reinos esenciales de la infancia: la violencia, el azar y el gozo llano. Tres secuencias que ensartadas en el proyector de mis neuronas muestran esto: 1) La casa de piedra volcánica donde mi familia se cansaba de matar todos los días alacranes, dentro de ésta la escalera de caracol apolillada que crujía cansada bajo las huellas de mi padre, sentando ahora en el sillón café y casi siempre sucio de migajas, en cuyas orillas estamos yo y mi hermano más pequeño. Enfrente está la puerta del baño que nunca he recordado cómo era, junto a un mueble que bien podría haber sido una mesa o incluso una repisa y sobre ésta o éste o ésa la televisión que estamos observando. El América y las Chivas juegan la final del fútbol mexicano, en el aire se mezclan varias voces con la voz oscura y corrugada de mi padre, que de pronto grita al mismo tiempo que la tele y se levanta sacudiendo los dos brazos, mi madre hace lo mismo y miro entonces que se abrazan, que él la alza despegándola del suelo, que la aprieta sin dejar de estar gritando, que sin darse cuenta la ciñe cada vez más fuerte. Entonces suena un crac que parte ese abrazo, se coge las costillas una mano, suena una respiración que a un mismo tiempo es agitada e impedida y mi recuerdo se deshace, se desvanece dejando en su lugar al extravío. 2) El jardín de la casa de piedra que encierra a la explanada de concreto en cuyas grietas crecen los hierbajos como crece el pelo de los muertos, la terraza donde mis padres intentaban ser familia y en la que ellos ahora no se encuentran. Bajo la sombra eterna y húmeda que dan las ramas del árbol que se erige en el terreno del vecino sólo estamos los hermanos, pateando una pelota que podría ser un balón ya descocido, jugando como dicen ellos que jugamos tantas veces y que en mi memoria es sólo ésta. El más grande me lleva a mí diez años y al menor poco más de trece, así que un equipo es él y el otro somos los pequeños en este partido que gana el primero que alcance doce goles, aunque quizá fueran catorce o diez o siete. No sé a cuántos goles era pero sé que a él sólo le faltaba meter uno y que entonces yo me puse de portero mientras oía que me decían: no dejes que nos meta ningún otro. Lo que sigue es que Ernesto tiene la pelota, que se quita a Diego sin problemas, se para a unos metros de la puerta que resguardo, chuta con fuerza desmedida si se atienden a los años que nos lleva y el balón dobla mis manos. Luego se da la media vuelta y se marcha victorioso, mientras Diego corre hacia el lugar donde me encuentro, brinca a un paso de mi cuerpo y me derrumba tras golpearme con el puño en la quijada. Aunque no sé bien qué es lo que pasa me rodea algo azul por todas partes y el recuerdo se hunde sin que atine yo a decir si me abandona cuando estoy lleno de coraje o de vergüenza. 3) El gentío es en torno mío una masa enloquecida, componen el ruido los gritos, chiflidos y cornetazos que sueltan los presentes. Estoy en el estadio de Ciudad Universitaria, que está lleno como nunca más he vuelto a verlo a pesar de que he ido allí mil veces (a pesar incluso de que estuve ahí el 26 de mayo de 1985, cuando además de varios muertos se murió también, según mi padre pues yo no lo recuerdo, mi dignidad al dejar de irle al equipo que mi herencia genealógica imponía), que está además engalanado por los efímeros colores que sólo aquella tarde lo mancharon, que está lleno por igual de mexicanos y extranjeros, esos seres de otras partes que antes de ese día no había visto. En la cancha juegan Francia contra Italia, es el mundial de 1986, tengo ochos años, siete meses y once días y la fiesta que consagró a Maradona como el mejor jugador del planeta, como el mejor futbolista de la historia, acontece ante mis ojos. El cosquilleo febril e inocente que burbujeó en mis costillas esa tarde nunca más ha vuelto a visitarme, se terminó en el mismo instante en que se acaba este recuerdo, que se evapora en cuanto estoy afuera del estadio.

A pesar del hoyo que en mi infancia todo se lo traga me bastan estos tres recuerdos, estos instantes convergentes para comprender lo que otros niños entienden multiplicando una por otra mil y tantas circunstancias. Quizá el único reino que los doctores sí me arrebataron y al que a pesar de todo el fútbol no pudo acercarme fue el de la tristeza. Pero poco tiempo después, apenas unos años más tarde, en la misma época en que mi memoria empezó a despertarse, el fútbol también terminaría por enseñármela. El 14 de noviembre de 1994 un imbécil cuyo nombre sabe a poco, un idiota consumado que extravió su vida en la cajuela de un Mustang tan gris como su propia existencia, un imbécil cuyo nombre era Juan Aguirre y cuyo paso por el mundo fue un accidente, un “suceso inútil, rotunda, implacablemente inútil”, me sentó en la banca y me dejó allí un par de años, tiempo en que mi alma fue agachándose hacia el suelo.

 

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