30.10.2006 (1)
 
Anoche volví a irme a dormir a las tantas de la madrugada, por culpa de una película que no conocía, de Barbara Stanwyck. Esta mañana la localizo gracias a google. Se titula en alemán Einsame Herzen (Corazones solitarios) y en el original The Purchase Price (Precio de venta). El argumento es bastante disparatado y algo confuso, pero la Stanwyck, a los sólo 25 años, ya era dueña de una cantidad de recursos interpretativos que las estrellas de hoy en día no adquieren al cabo de toda su carrera, y ese arsenal histriónico lo puso en esta ocasión al servicio de su personaje de tal forma, que uno termina enamorado de ella. Bien es verdad que fui un enamorado suyo desde la primera película donde la vi, Sorry, Wrong Nummer, que en español se titulaba Voces de muerte, y por la que recibió una de sus cuatro nominaciones al Oscar. “Mis” actrices eran ella, Susan Hayward y Lee Remick. Cierto que también idolatraba a Katherine Hepburn, pero de una manera distinta. Entre las actuales sólo Meryl Streep y Susan me merecen los honores de la adoración. Hablo, claro, siempre, en este caso, de Hollywood. Las europeas fueron, son y serán, por los siglos de los siglos, un rancho aparte: Vivian Leigh, Anna Magnani, Ingrid Bergman, Fanny Ardant... póquer de reinas con un comodín de lujo: Wendy Hiller.
 

30.10.2006 (2)
 
El mes de octubre de 1956 nos encontramos en España con dos noticias que conformaban como una especie de dos caras de la misma moneda. En algún jueves anterior al día 30, la Academia Sueca le había concedido el Nobel de Literatura de ese año a Juan Ramón Jiménez, quien a la sazón vivía en Puerto Rico. Y el día 30 de ese mismo mes, en Madrid, moría Pío Baroja. Dos años antes, en esa misma casa donde falleció, lo había estado visitando Ernest Heminhway, ya no me acuerdo bien si yendo de camino a Estocolmo a recoger el premio, o de vuelta después de haberlo recogido. Le quiso decir personalmente a don Pío que era él quien hubiese debido recibir el galardón sueco. Y que me perdonen los entusiastas de Hemingway, pero creo que en esta ocasión fue una de las pocas donde demostró verdaderamente tener cojones: siempre hace falta tenerlos muy bien puestos para reconocer la verdad.
 
Sobre Baroja escribí hace unos cinco años, en mi Cuaderno de Bitácora, cuando navegábamos por el golfo de Vizcaya, en un carguero de contenedores, camino de Buenos Aires:
 
«Una cosa que me vengo preguntando desde esta mañana es cuántas veces habrá viajado en barco don Pío Baroja. Porque al menos de Valle Inclán sí me consta que fue a México en época anterior a los aviones, y siempre recuerdo de una de sus Sonatas cómo fue que al ver a los ingleses hacer en cubierta sus ejercicios gimnásticos, experimentó una nueva clase de sentimiento: "la vergüenza zoológica". Pero don Pío me parece que no debe haberse montado mucho en un barco. Y entonces ¿de dónde Shanti Andía, de dónde Zalacaín*, de dónde los laberintos de las sirenas? Pero no sé, a lo mejor estoy siendo injusto, a lo mejor sí estuvo embarcado alguna vez, un par de horas, y a ese par de horas le sacó un rendimiento novelístico de primera división. Sería una nueva razón para admirarlo.
 

* Rectificación en tierra durante la transcripción del manuscrito: Zalacaín no tiene nada que ver con el mar, se ha colado en este texto por una laguna en mi memoria».

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