Weiß/Colonia, 8.9.
Esta mañana, leyendo el diario, me pronto me echo a reír, y Diny mira lo que estoy leyendo y ve que es la crónica del corresponsal en La Haya, sobre las próximas elecciones anticipadas, el 22 de noviembre, crónica que ya ha leído ella sin consecuencias hilarantes: así es que me pregunta que de qué me río y le digo que el pobre corresponsal, después de años de vivir en los Países Bajos e informar desde allí, se asombra de que concurran a las urnas nada menos que 74 partidos oficialmente registrados. ¿Y?, quiere saber Diny. Y bueno, le digo, lo que en verdad debería asombrarle es que no se presenten a las elecciones 12,3 millones de partidos, es decir, tantos como ciudadanos con derecho a voto. Porque tal como están constituidos mentalmente los neerlandeses (“ustedes”, le digo a mi mártir) cada uno de ellos es su propio partido, y cada uno de ellos incluso su propia iglesia. Diny me deja por imposible.
 

Weiß/Colonia, 20.9.
Con Rosa y Juan visita del Museo Ludwig. Hay un cuadro de Picasso, de 1922, el de la mujer con el batín verde (Femme au peignoir vert), que si lo miro atentamente me delata que estoy en presencia de un autorretrato. Este Picasso, siempre con sus bromas.
 

Weiß/Colonia, 17.10.
Una de las infinitas paradojas del lenguaje, pero no sólo del nuestro, es que los diminutivos aumentan las palabras que dizque disminuyen.
 

Weiß/Colonia, 31.10.
Me replanteo el ridículo y vomitivo tema de las nacionalidades históricas españolas, y le escribo a Bernardo Romero:
«A mí eso de la identidad catalana, o la vasca, siempre me recuerda aquella preñada escena (como diría Unamuno) del hombre de Cromañón hablando con el de Neandertal y tratando de convencerlo de la bondad del arco y las flechas sobre el hacha de sílex, y el de Neandertal contestándole, recostado a lo James Dean en una de las tales hachas: "Joder, macho, que eso es muy fuerte, que me estás pidiendo que renuncie a una seña de identidad, tío"».
 

Weiß/Colonia, 4.11.
Si uno empieza a leer una novela y la deja por razones de tiempo y/o cansancio, u otras que no hacen al caso, y a pesar de tener la obligación de leerla y de entregar en un plazo determinado su reseña, va posponiendo sine die la lectura, pero la agarra de nuevo y al cabo de una hora sucede lo mismo de la vez anterior, y así un par de veces más, y además se le va haciendo callo la convicción de que no importa en qué página vuelva a abrirla (porque no notará el salto ni la falta de lo que no leyó), entonces es que esa novela, como tal, salió no ya rana, sino rana muda, que ni siquiera croa. Esta es la impresión que me está causando la lectura de Ursúa, de William Ospina, que me enviaron para reseñar.
 

Weiß/Colonia, 6.11
Como la memoria tiene mecanismos ajustadísimos, la lectura de una cita en la entrada "corresponder", del Diccionario Panhispánico de Dudas, me ha traido al recuerdo una frase que se había hecho famosa en la España del primer franquismo, y es de mucho efecto. Es aquella frase con la que José Antonio Primo de Rivera inició su discurso cuando el acto fundacional de la Falange en Madrid, en el teatro de la Comedia (el lugar no pudo estar mejor elegido). Esa frase siguió al aplauso con que el orador fue saludado por el público, y pretendía sacudirse los parámetros de la oratoria tradicional. Dice así: "Nada de un párrafo de gracias, escuetamente gracias, como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo”.
Es una contradicción absoluta. Porque para evitar extenderse en un párrafo de gracias y limitarse a decir "gracias" (como parece ser que correspondiera por su laconismo al estilo militar que el orador pretendía para sí y su partido), lo que resultó fue justamente un párrafo de gracias. El idioma se venga siempre.
 

Weiß/Colonia, 8.11.
Le escribo a Rolando Hinojosa:
«Caro Rolando, acabo de ver por enésima vez The Glass Bottom Boat y me reafirmo una vez más en mi convicción de que fue la mejor respuesta que pudo encontrar Hollywood a la aparición de James Bond en Inglaterra: pero lo que pasa es que Doris Day no hay más que una y a ti te encontré en la calle (¿será que conoces ese romance de ciego popular en España: "que madre no hay más que una / y a ti te encontré en la calle"?).
Un abrazo de 006. My Name ist Bada, Richard Bada».
 

Weiß/Colonia, 13.11.
Encontré en SoHo el auto-obituario de Chavela Vargas y le recomendé su lectura a los amigos ticos. Una corresponsal tica a quien no conozco me hace llegar copia de un e-mail suyo a uno de esos amigos, y dice en él de su compatriota:
«A mí no me gusta ni como canta. Lo siento. Una vez comparé una entrevista de ella de los años 80, y otra de finales de los 90, y ustedes no se imaginan lo que miente esa señora».
Aprovecho su propio mail para responderle:
«Hola, me llega tu mail, no sé si por error, pero bueno, puesto que me llegó y puesto que decís en él lo que decís, me permito recordarte los versos de Antonio Machado: "Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa". A mí las mentiras que cuentan de sí mismos los famosos no me parecen en el fondo muy distintas de las que solemos contar nosotros de nosotros mismos, la diferencia estriba en que las nuestras no suelen publicarse. Por otra parte es algo muy sano, digo la mentira. Sin ella, ¿cómo demonios funcionaría este mundo de miércoles que nos tocó vivir? El célebre monólogo de Hamlet es muy claro al respecto».
 

Weiß/Colonia, 15.11.
Se me ocurre una nueva copla para mi Cante Chico:
«No hay enemigo pequeño:
sólo hay pigmeos que creen
que son gigantes, sin serlo».
 

Weiß/Colonia, 16.11.
Me reuní con KB, para almorzar, y le llevé un par de novelas, pues me había dicho antes por teléfono que estaba sedienta de lectura. Entre las que le llevé, Servidumbre humana, que ojalá le guste, creo que es una de las mejores jamás escritas. Hablamos también de lecturas no estrictamente literarias, porque le conté que actualmente estoy enfrascado en el Diccionario Panhispánico de Dudas y que ando ya por la letra D. Quise saber si le servía de algo uno de mis diccionarios, que le presté sine die hace meses. Me dijo que sí, que lo consulta cada vez que tiene dudas acerca de cómo se escribe una palabra, y le expliqué que ese también era mi caso, pero no se lo creyó porque debe pensar que en materia de idioma poseo la ciencia infusa.
Podría haberle contado lo siguiente: que estudié cinco años de Leyes, en la Universidad de Sevilla, y con excelentes notas además, pero que luego me vine a Alemania y hubo un tiempo muy largo en el que dejé de usar determinadas palabras. Al cabo de los años, y no sé por qué motivo, tuve que hablar de alguien que estaba desahuciado, y escribí “deshauciado”, y cuando vi publicado mi texto, donde lógicamente el corrector había enderezado mi entuerto, ni me di cuenta del cambio. Tan así que seguí escribiendo “deshauciado” hasta que alguien me llamó la atención y miré en el diccionario para saber cómo se escribe de manera correcta esa palabra. Recién entonces cai en la cuenta de por qué cometía el error: el desahucio que yo conocía de mi educación jurídica era el habitacional, y en alemán “casa” es “Haus”, así es que –fatalmente después de tantos años hablando alemán– la Haus había “ocupado” el desahucio, y al escribirlo siempre cambiaba de lugar la h. Sería curioso investigar en serio, y con respuestas honestas, cuántas veces consulta el diccionario un escritor que realmente “padezca” el idioma.

 
Weiß/Colonia, 17.11.
Dice Steiner en Después de Babel. «Es concebible que hayamos interpretado erróneamente el mito de Babel. La construcción de la torre no coincidió con la desaparición de un monismo privilegiado, de un estado de universalidad lingüístico. La desquiciante profusión de lenguas existió desde siempre, complicando materialmente la ejecución de las empresas humanas. Pero cuando intentaron levantar la torre, las naciones del mundo tropezaron con el gran secreto: la comprensión verbal sólo se daba en el silencio. Se pusieron a construir sin decir palabra: ése era el peligro para Dios».
La idea es brillante, pero incluye una falacia: para ponerse de acuerdo en el silencio, tuvieron que conversarlo, interpretándose (= traduciéndose) mutuamente.
 

Weiß/Colonia, 20.11.
Estoy en casa de Montse esperando a que Paul y Oskar lleguen de la escuela, y al parecer allí han estado los maestros haciendo limpieza en la biblioteca y desechando libros, pues Paul llega con uno, algo voluminoso, al que en un primer momento no le presto atención. Estoy atareado de sobra haciendo que se laven las manos y acudan a la mesa para comer. Pero luego veo que Paul se pone a leerlo muy atentamente, y miro el libro: es el tomo tercero de una enciclopedia. Me sorprende que Paul esté tan enfrascado en la lectura y le pregunto que si le gusta: afirma con la cabeza y sigue leyendo. Me siento feliz de haberle heredado al menos a un nieto mi casi pecaminosa afición a la lectura de enciclopedias.
 

Weiß/Colonia, 22.11.
Montserrat me hace recordar, por vía materna, que además de la cerveza y la carne de cerdo hay otro alimento del que debo huir, como de la peste, a causa de mi gota: el pan blanco. Si fuera yo cristiano, tendría pues que rezar una versión especial del Padrenuestro para gotosos:
“El pan nuestro integral de cada día, dánosle hoy…” etc.
 

Weiß/Colonia, 26.11.
Me quedé anoche hasta las tantas viendo Inteligencia artificial, la película de Spielberg. Fue algo así como leer el Quijote de Avellaneda, sólo que aquí el Avellaneda (Spielberg) contaba con el permiso del Cervantes (Kubrik). Ignoro, y es algo que además ignoramos todos, aunque podamos hacer muchísimas especulaciones cercanas a lo que hubiera podido ser, lo que habría salido de este guión realizándolo el propio Kubrik. Pienso que en cualquier caso no sería un producto tan artificial como este, mucho más artificial que la inteligencia a la que está dedicado desde el vamos. Y la escena más conmovedora, la de David tendido en la cama junto a su mami para toda la eternidad, en el fondo no es más que un calco de aquella en que aparecen juntos los esqueletos de Quasimodo y Esmeralda al final de El jorobado de Notre Dame. Independiente de todo ello queda el hecho del gran tema que se encierra en la posibilidad (o imposibilidad) de adquirir conciencia –no sentimientos, conciencia– por parte de una máquina. Kubrik ya lo tuvo presente con HAL, la computadora siniestra de 2001: Odisea del espacio. No me parece que haya un avance esencial en el mismo después de esta película de Spielberg, más bien, si acaso, un retroceso provocado por el factor antropológico: la máquina con aspecto humano hace caer fácilmente en la presunción de una equivalencia. Ese era el riesgo, y Spielberg no supo eludirlo.

* * * * *

Desperté hoy muy temprano con un tremendo aunque todavía no insoportable dolor en el dedo gordo del pie derecho, un amago de ataque de gota como el del día de mi cumpleaños. Todavía en ayunas, eché mano de un Diclofenac, y en estos momentos, 4.30 p.m., ha desaparecido ya el dolor. Uno puede entender perfectamente la drogadicción.
 

Weiß/Colonia, 27.11.
Me visitaron Helena Cortés y Víctor Arbe, del Instituto Cervantes de Bremen, al cual lego (vía testamento) mis libros y mis archivos, por lo que lógicamente querían conocerme y saber qué es lo que se les viene encima. Nos entendimos a las mil maravillas, y hasta nos hemos hechos amigos durante la cena, en la Fährhaus, a la orilla del Rhin en Rodenkirchen.

* * * * *

Mañana, a las 7.48 a.m., viajamos a Berlín, nos espera una semana en la provincia.

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