He recibido correos de mis lectores en los que me preguntan dónde pueden salir a conocer niñas lindas. Temo decirles: no sé. Lo que sí sé es donde no van a encontrarlas. De noche, en un bar. ¿Por qué? Porque niña que se respete (o niña astuta, que ha estado en el mercado, que conoce y ha estudiado las crueles reglas del mercado) sabe que de noche todos los gatos son pardos, como dicen por ahí.

 Lo digo por experiencia propia. La historia va como sigue. Hace unos de años (antes de que apareciera mi buen-mal-llamado-fuck buddy; antes de que me cuadrara con mi mejor amigo del colegio; antes, mucho antes, de que aparecieran los personajes de mis columnas), salí con la gente del trabajo a Invitro (antes, mucho antes, de que Invitro se convirtirea en el bar de rumbas rancias que es hoy). Era jóven, estaba recién terminadita con mi novio de la universidad con el que duré 4 años y estaba lista para enfrentar el mundo: me corté el pelo como un niño (craso error), me depilé las cejas (bueno, en realidad, solo una ceja: cuando vi que la peluquera había tatuado lo que parecía una espermatozoide en la frente, salí corriendo para que no hiciera lo mismo con la otra), y empecé a arar el terreno para cultivar lo creía serían buenos polvos (no salía de los bares de Bogotá). Esa noche, sin embargo, no parecía que fuera a pasar nada. Nada, hasta la una de la mañana. Dos hombres de negro (por la pinta, parecían salidos de una película de Will Smith: pantalones y chaqueta negra, camisa blanca y una corbata delagada) aparecieron entre la multitud, iluminados por un aura de soberanía, los únicos de la fiesta (pero claro, para entonces yo ya estaba borracha). Gracias a mis agresivas tácticas de levante del momento (ahora lo sé: mi imbatible perserverancia) terminé bailando con uno de ellos, el de los ojos claros, el más joven. Él, claro, estaba muy galán. Se arrodillo y todo para bailar el sanjuanero. ¿Y yo? Encantada. Y borracha (le di vueltas con una pañoleta imaginaria). Después de semejante espectáculo (¡un hombre que se arrodilla!, pensé, a todas luces, por la borrachera), por supuesto, le di mi teléfono.

 Craso error (número dos). Contra todo pronóstico, San Juanito llamó. Y a pesar de mi guayabo, y aunque no me acordaba de su cara (ni de la mitad de mis hazañas de la noche anterior) acepté salir con él esa tarde. Pronto me daría cuenta de que detrás de la mansa ovejita de la noche anterior, se escondía un vil lobo (en sentido figurado y, bueno, más figurado). San Juanito llegó a las cuatro de la tarde, al Centro Andino donde habíamos quedado de encontrarnos. Sus zapatos finos de la noche anterior ahora eran unos tenis sucios, sus pantalones ahora eran unos jeans apretados (apretadísimos), de su chaqueta solo quedaba un "camibuso Ricky Martin"; de sus ojos, ni idea: solo le vi el pelo (un casco de gomina verde y sé que era verde por los reflejos); y de su galantería, una monótona conversación en la que solo él participaba mientras yo veía como se tragaba unas alitas Bar-B-Q. Él, claro, la estaba pasando de maravilla: tragaba y no se desprendía de la pantalla del televisor del pub en el que estábamos. ¿Yo? Bueno, yo... de la borrachera de la noche anterior, solo quedaba el guayabo.

De noche, todos los gatos son pardos. De día son lobos.



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