Son las nueve y media de la mañana y ya he hablado dos veces en el día con él. Llego a mi computador, me siento y encuentro un mensaje suyo en el correo. “Llámame”, dice. Lo llamo, pensando que necesita algo. Nada, sólo quería saber si yo había llegado bien a la oficina.

Anoche no dormimos juntos, pero su voz fue lo último que oí antes de irme a la cama. Me pidió que lo llamara cuando estuviera entre las cobijas. Cuando me estaba despidiendo, me pidió que lo llamara al despertarme. Yo cumplí.

Al comienzo, este ritual me parecía tierno. Hermoso. Pensaba que era un hombre que se preocupaba por mí. Luego me pareció un poco agobiante, pero en cualquier caso dulce. Ahora me parece simplemente una invasión a mi privacidad.

No lo hace por amor, de eso estoy segura. Lo hace por obsesión. Y cualquier fanatismo es malo.

No me llama para saber cómo estoy, sin para saber dónde estoy y con quién. Quiere vigilar todos mis movimientos. Me asfixia. Me aturde. Me está volviendo loca.

Existe una línea delgada entre el amor y la obsesión y hay muchos que la cruzan. Este es el caso del tipo con el que estoy saliendo. Al comienzo todo era tranquilo, pero desde que me dijo que me quería, empezó a actuar de manera extraña, una mezcla de padre sobre protector y amante inseguro.
Como digo, primero me pareció tierno. Llámame cuando salgas de la oficina o llámame cuando llegues a tu casa para saber que estás bien. Todo eso vale. Luego, cuando iba a salir con mis amigas, empezó a llamarme en la mitad de mi fiesta a ver si estaba feliz y me preguntaba, invariablemente, “¿te demoras?”.

Otro día, por ejemplo, me pidió que lo llamara cuando llegara de compras, para contarle qué había comprado, y una vez más llegó al lugar en el que estaba con unos amigos, según él, “por una casualidad afortunada”.
Si no contesto el teléfono me pregunta dónde he estado. Si no me conecto al Messenger me escribe por el correo. Si no sabe de mí durante dos o tres horas me dice que lo tengo olvidado.

Francamente ya me preocupa un poco tanta atención. Yo estoy acostumbrada a tener un espacio amplio en mi vida y a dejar que los demás tengan el suyo. Nunca antes me había pasado que hablaba diez veces al día con un novio y jamás me había sentido tan separada de mis amigos y mis amigas como ahora que salgo con él.

Me gusta tener secretos. Secretos inofensivos, supongo. Me gusta ver programas raros a las dos de la mañana o escaparme a un baño turco al final del día. Disfruto cuando voy a un bar y me siento en la barra a hablar con el barman, que es ya amigo mío. Me gusta ir a cine sola a mitad de la tarde. Y no quisiera tener que compartir esos tiempos con nadie, por eso me resulta tan difícil estar conectada todo el tiempo.

La última vez que fui a cine, me llamó y sentí la vibración del teléfono, entonces contesté. Le dije que estaba en cine. Me preguntó con quién. Le dije que estaba sola. Hizo silencio. No le gustó, claramente, pero no dijo nada.

Tal vez sea yo, que atesoro la independencia y la soledad. Pero, ¿quién no? ¿A quién le gusta que lo asedien? ¿Que lo bombardeen con preguntas? Me pueden decir insensible, pero creo que demasiado amor también asfixia.

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