Odio ser yo, económicamente hablando, debo aclarar. No es que deteste ser Adolfo Zableh, que es mucho mejor que lo que la gente cree. Quiero decir que ser Adolfo Zableh, persona natural, y no Adolfo Zableh, Sociedad Anónima, por decir algo, viene siendo una reverenda porquería.

 

Porque la persona natural es el último eslabón de la cadena alimenticia, el ser menos evolucionado de la pirámide económica. Cuando uno es persona natural se la montan por todos lados: le descuentan del sueldo lo de la EPS, la pensión, y si no se es empleado sino trabajador independiente, le quitan la retefuente, el ICA y además lo ponen a hacer fila para sacar el RUT.

 

Yo quisiera ser Adolfo Zableh, el banco, para poder vender un apartamento por encima de su valor, quitárselo después a la persona que no pudo pagar el préstamo, o comprarlo de nuevo a través de terceros a una fracción de su costo real. Pero soy Adolfo Zableh, el inquilino: cada tanto me llegan circulares diciendo que mi arriendo subió el tanto por ciento, al igual que la administración, y yo no tengo manera de refutar, de pedir revisión.


Sentado en mi casa llegan los recibos de servicio público y me encuentro con que subió el metro cúbico de agua y yo no me había enterado, que Codensa cobra más ahora por el kilovatio, y que la ETB, además de pedir más dinero por minuto consumido, añade una cosa llamada impuesto al deporte. Es decir, nuestros bolsillos se desangran y aun así nuestros deportistas no ganan más medallas de oro.

 

Un día de estos, para variar, me gustaría llegar a donde el director de un medio de comunicación a decirle que por políticas de Adolfo Zableh, la multinacional, los artículos que escribo ya no valen cincuenta pesos, sino cien, a ver cómo se me ríe en la cara.

 

Y aunque no se equivoca el que afirma que el problema de este mundo es la desigualdad, yo digo que la culpa de todo la tienen los asteriscos. Un vuelo a la costa que te venden por equis valor termina costando el doble por culpa del asterisco que sale al final de la promoción, junto a la letra menuda. Escudándose en el asterisco cobran el identificador de llamadas del celular, la cuota de manejo de la tarjeta de crédito, el retiro en el cajero con la débito, las transferencias internacionales. Uno, en cambio, persona natural, no puede quejarse –ya no digamos pedir una indemnización- por la vida que se nos ha ido en las filas de Comcel, en las filas de Bancolombia.

 

Si nos pusiéramos, calculadora en mano, a sumar todo lo que nos han cargado de más desde el comienzo de los tiempos, nos entraría una depresión que nos mandaría a la cama por el resto de nuestras vidas. Descubriríamos con horror que con esos pequeños extras nos habría alcanzado para una casa; casa que tarde o temprano nos hubiera quitado el banco.

 

Tengo una amiga que lleva meses en cama, deprimida, ella sí, por ser quien es. No puedo decir que la envidio, aunque al menos sufre como persona natural, que es lo mínimo que se le pide a un ser humano.

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