Warren me escribió desde su guarida en Illinois:
 

«Querido Ricardo de mi alma,
no te imaginás el enorme gusto que me daría recibir algo tuyo por correo, aéreo si es posible, pues de otro modo las cartas pasan por el Cabo de Hornos y al subir por Chile hasta los araucos y aymaras y coyas las detienen por curiosidad. Y aquí una anécdota tan histórica como verídica que tal vez te llame la atención: Yo, empedernido coleccionista de estampillas, una vez pensé que sería interesante hacer una colección de una serie de cartas devueltas por imposibles de entregar, a fin de estudiar las notas y sellos y garabatos de los jefes de correos enfrentados con una tarea imposible de cumplir. Para ello, escribí una nota macarrónica, la metí en un sobre, puse un sello aéreo, escribí un nombre y una dirección ficticios en el sobre (“Señor Enrique García Velloso / Calle de las Encrucijadas / [nombre de la ciudad y nombre del país]”), y puse también en el sobre mi propia dirección de remitente. Eché veintiún sobres al correo y después de unas semanas y meses, recibí de vuelta todos y cada uno de los sobres enviados, con sellos oficiales en tinta morada o notas escritas a mano explicándome que no se conocía ni la dirección ni el destinatario. La nota más interesante, por ser tan diferente y hasta peregrina, fue la que puso en mi sobre el jefe de correos de la Isla de Pascua. El oficial del correo pascual garabateó al dorso del sobre: “Este señor se fue de isla la semana pasada y ya no vuelve”».
 

Para que luego siga diciendo Oscar Wilde que la Naturaleza imita al Arte.

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