(7.600 palabras son muchas palabras para leerlas de una sentada. Pero el diario de mi último viaje a Berlín consta de 7.600 palabras y quienes lo han leído en el manuscrito creen, conmigo, que podría ir en este blog, si bien –eso sí– rescatando la vieja tradición de los folletones: es decir, por entregas diarias. Confieso que la idea me atrae, y desde el pasado jueves, durante seis días consecutivos, está apareciendo acá el diario de ese viaje a lo que tan irrespetuosa como certeramente, creo, llamo “la provincia”. Los lectores con tiempo y ganas, y que no sean amigos de la lectura fraccionada, pueden aguardar al martes 19, y leer entonces el texto completo. A todos, que les aproveche).
 

1.12. Después de desayunar vamos a visitar el museo de Die Brücke, recoleto y extraordinario, una joya casi clandestina entre los tesoros que hospeda Berlín. Vine acá la primera vez en 1982 acompañado por aquella musa nadaísta con la que viví in illo tempore un idilio incendiario, y he vuelto unos diez años después, como cicerone de Gonzalo Rojas, cuando el gran viejo gozaba de la misma beca que disfruta ahora Héctor Abad y nos alojó en su apartamento durante una semana a Diny y a mí. Vengo pues por tercera vez, y casi con la morbosa intención de ver qué hay en el hueco que ha dejado la escena callejera de Kirchner subastada en Nueva York el 8 de noviembre pasado, tras el juicio por el que fue restituida a la familia de sus propietarios judíos despojados por el nazismo. En el hueco, ahora, un cartel enmarcado de una exposición habida en este mismo museo y que reproduce ese óleo, con la indicación expresa de que el original estuvo aquí colgado hasta el 1° de agosto.
Con el bus 115 hacia la estación del S-Bahn Zehlendorf, pasamos ante una pequeña venganza de la historia: la residencia estudiantil Salvador Allende, enclavada en pleno corazón de lo que fue el sector americano durante la ocupación cuatripartita. Me hace recordar algunas comicidades involuntarias detectadas en estos días, como por ejemplo en la estación Bellevue, una señal que indica: BELLEVUE: BUNDESMINISTERIUM DES INNEREN, y en verdad en verdad os digo que si el ministerio del Interior es una bella vista, ay... Y otro ejemplo de esa comicidad involuntaria lo encontré en relación con la última película de Woody Allen en una fachada de la Ku’Damm que forma chaflán con la esquina de la Uhlandstrasse, y donde puede leerse de arriba abajo: MAISON DE FRANCE. CINEMA PARIS..SCOOP. DER KNÜLLER. Si uno hace el esfuerzo de pronunciarlo ¡todo! con acento francés, el efecto es desopilante.
La línea de S-Bahn que tomamos en Zehlendorf estaba fuera de servicio mientras existió el muro y es, pues, la primera vez que viajo en ella. Nos bajamos en la Oranienburger Strasse, a escasos metros de la restaurada sinagoga, en el sitio de la que incendiaron los nazis en 1938. Sin darme cuenta encamino mis pasos directamente al 39 de la Rosenthaler Strasse por cuyo primer patio interior se accede a lo que fue el pequeño taller de fabricación de escobas de barrendero de Erich Weidt, un hombre justo, que daba empleo en su taller a ciegos y sordomudos, pero que en un cuarto secreto al fondo de la fábrica escondía a judíos y no judíos declarados oficialmente como ciegos o sordomundos, y perseguidos por la Gestapo. Esta “Gedenkstätte Erich Weidt” la visité hace muchos años, apenas se descubrió que aún existía en su forma primitiva, y a partir del 5, un día después de que abandonemos Berlín, quedará abierta al público. Como sé como se llega a ella, de cuando estuve aquí la primera vez, subo por la escalera y me dejan entrar, están dando los últimos toques a la instalación. Al igual que el piso oculto de Anna Frank en Ámsterdam, es un lugar que sobrecoge, pero que al mismo tiempo ensancha el corazón.
Matamos el hambre en la misma Rosenthaler Strasse, un poco más allá de la placa en el suelo que recuerda a Erich Weidt, en un local español llamado capicúamente YOSOY: sopa de lentejas con tocino, que no están, ni de muy lejos, tan buenas como las que en mayo del 98 me sirviera en Bogotá la dueña del restaurante Fuenteovejuna, Elizabeth, y que le hacían harto honor al nombre con que se anunciaban en la carta: “Lentejas como en Madrid”.
El plano que manejo, del centro de la ciudad, es de 1995, y a la calle que en él se sigue llamando Nördlinger le restituyeron en 1996 el nombre que le quitaron los nazis, Salomon Haberland, un hombre de negocios judío a quien se deben la concepción y el diseño de este barrio, llamado bávaro (por la Plaza de Baviera), y donde vive Esther con su familia. Y donde vivió quince años, hasta emigrar en 1933 a Estados Unidos, Albert Einstein, en el 5 (hoy 8) de la Haberlandstrasse, en un piso que se puede ver desde una ventana interior de la casa de Esther, quien me cuenta luego que también Walter Benjamín vivió aquí antes de huir a Francia, y Else Lasker-Schüller antes de emigrar a Jerusalén*.
En la casa de Esther reencuentro con Hannes y Ana Laura Raquel, a quienes no veía desde enero de 2002, en Buenos Aires. Para darle celos a la Mitzi, una despótica gata que es la emperatriz no coronada de esta tribu, traemos como regalo un ejemplar de la colección de grabados de Prechtl con los gatos más famosos de la literatura y la pintura universales. Hierática y displicente cual una reina de Saba en el exilio, Mitzi no nos hace el honor de una sola mirada.
Ana Laura Raquel es ya toda una señorita. Ella y su amiga Marlene, también argentino-alemana, cenan con nosotros, una moqueca de peixe (concretamente rodaballo) que es un plato brasileño, bahiano, algo de chuparse los dedos: siempre ha sido excelentísima cocinera Esther, y lo que es más que notable –siendo argentina–, le sabe sacar mucho partido al pescado.
Muchos y buenos chistes en la sobremesa. Algunos bastante subidos de tono. Y no todos los conté yo, las jóvenes me hicieron una dura competencia. Se me ocurre que es insólito que las chicas se hayan quedado tanto tiempo, tomando una parte tan activa en la charla y gastándome tantas bromas: pero ya me pasó en la casa de Esperanza Ortega, en febrero 99, en Valladolid, que su hija Elisa y sus amigas pasaron a saludarme y al final la madre las tuvo que echar, “Si parecéis conejillos hipnotizados por una serpiente”, les dijo.
Al regresar a casa con el bus por la Ku’Damm, reconfirmamos la impresión que ya tuvimos la primera noche y hemos ido reafirmando en las siguientes: también las calles mueren. Al devolver el centro de gravedad urbano al distrito en torno a la Potsdamer Platz, la Ku’damm ha muerto de muerte natural como corazón que era del Berlín occidental.
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* Addenda en Colonia : Estudio mi plano especializado de Berlín (¿Dónde vivió realmente Fontane?), donde se hallan localizados y visualizados los domicilios de escritores, artistas y personajes históricos que residieron en la capital de Alemania, y descubro bastante más gente célebre que ha vivido en el barrio: Egon Erwin Kisch, Gottfried Benn, Helene Weigel, Anna Seghers, Arno Holz... y en el n° 1 de la calle donde Esther vive, Kurt Tucholsky visitaba regularmente a su amante, Lisa Matthias, quien dejó escrito al comienzo de sus memorias: «Desde el 27 de enero de 1927 al otoño de 1931 mantuve con Kurt Tucholsky una amistad tan íntima como puede serlo la de una mujer con un hombre. Fui para él, según sus propias palabras, madre, cuna, camarada. Durante esos años surgieron muchas de sus mejores obras. Sus recopilaciones, la “historia estival” Schloss Gripsholm, que me está dedicada. En la primera página dice “Para IA 47407”: era el número de la chapa de mi auto».

(Continuará)


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