(7.600 palabras son muchas palabras para leerlas de una sentada. Pero el diario de mi último viaje a Berlín consta de 7.600 palabras y quienes lo han leído en el manuscrito creen, conmigo, que podría ir en este blog, si bien –eso sí– rescatando la vieja tradición de los folletones: es decir, por entregas diarias. Confieso que la idea me atrae, y desde hoy, durante seis días consecutivos, irá apareciendo acá el diario de ese viaje a lo que tan irrespetuosa como certeramente, creo, llamo “la provincia”. Los lectores con tiempo y ganas, y que no sean amigos de la lectura fraccionada, pueden aguardar al martes 19, y leer entonces el texto completo. A todos, que les aproveche).
 

28.11. En la estación de Colonia, esperando que llegue nuestro tren, me abismo en el horario haciendo el conteo de los que parten de aquí con dirección al extranjero. Si la vista no me ha fallado son 45: Ámsterdam, Venlo, Bruselas, Eltville, Luxemburgo, París, Milán, Budapest, Copenhague, Varsovia, Viena, Klagenfurt, Chur, Zúrich, Basilea, y suma y sigue... Echo en falta unos destinos que había antes: Moscú, Ostende, Rotterdam, La Haya, Venecia, Roma, Reggio di Calabria, Port Bou...
Ya en el tren, registro que la información por los altoparlantes, en alemán, es muy detallada y con mención de las conexiones en cada una de las estaciones a las que arribamos: en cambio en inglés se reduce a decir que llegamos a la estación siguiente. ¿Será normativa de la compañía o incapacidad de los locutores?
Entramos en Berlín por Spandau. Es la segunda vez que lo hago, la primera fue el 12.9.2001, menos de 24 horas después del atentado a las torres gemelas de Nueva York. Hasta entonces, siempre que llegué a Berlín en tren fue siguiendo la entrada sudoccidental, por Wannsee y el Grunewald, verde que te quiero verde. Ahora, sólo a partir de Charlottenburg, puedo recitar de memoria las paradas: Savignyplatz, Zoologischer Garten, Tiergarten, Bellevue y la novísima estación principal, Hauptbahnhof, en el lugar de la estación Lehrter, la estación de las lágrimas y de las despedidas que partían el alma, la última antes del muro, que estaba al otro lado del Spree, recién saliendo de la estación, con la franja de la muerte erizada de alambradas y torretas de vigilancia y caballos de Troya y dispositivos de disparo automático... Hijos de la remilputa, ¿dónde está vuestra victoria?
El tren llegó casi puntual, como Böll hubiese tenido que titular su novela El tren llegó puntual de haberla escrito en nuestros días.
Nos estaba esperando Esther, que es la primera lectora de todo cuanto escribo, y nos lleva al apartamento de Héctor Abad, en Storkwinkel 12, que conozco, y donde conocí biblicamente a una musa nadaista, in illo tempore. El entrañable Héctor se fue a Bogotá, a presentar El olvido que seremos, y anda ahora por Guadalajara/México, en la feria del libro de la capital de Jalisco, el que no se raja. Héctor será pues, esta semana, nuestro anfitrión invisible y remoto: una de sus muchas discreciones y elegancias.
Por la tarde volvemos a la estación principal para recibir a Willy, que viene de Ámsterdam y nos acompañará hasta el domingo. Como llegamos con casi una hora de antelación, Diny se marcha a explorar las entrañas del monstruo mientras yo me quedo sentado tranquilamente enfrente de uno de los paneles que explican la anatomía de esas entrañas. Al cabo de menos de cinco minutos les he hecho la disección: orientarse aquí es más fácil que para un ratón a un metro de distancia de una trampa cebada con queso. Pero también descubro comicidades involuntarias: desde donde estoy sentado alcanzo a ver una foto supradimensional del Reichstag y las palabras finales de una frase, GOBIERNA EL PUEBLO. Si la frase se refiere al Bundestag, se trata indudablemente de una muestra del corrosivo humor berlinés.
El tren de Ámsterdam, con Willy a bordo, viene con un retraso anunciado al que se añade más retraso no anunciado. Cuando finalmente entra en el andén lo miro sorprendido porque no es un ICE (InterCityExprés) de modelo aerodinámico semejante al TGV francés o el AVE español, sino un convoy rápido común y silvestre, del que Willy desciende hambriento y sediento ya que en el tren no había coche restaurante ni bar ni buffet ambulante ni nada de nada. Los empleados neerlandeses parecen haberse excusado diciendo que los Ferrocarriles Alemanes, la Deutsche Bahn, no habían enviado su mejor material. Entretanto recuerdo que desde los altoparlantes anunciaron que este tren no concluía su trayecto en Berlín sino que seguía hasta una ciudad cuyo nombre no retuve ni conozco. Se lo comento a Willy y me dice que sí, que este tren sigue hasta algún lugar de Polonia, y ese es el momento de abrir los brazos, alzar los ojos al cielo y mostrar la opinión que le merece Polonia a la Deutsche Bahn: ¡cómo van a mandar sus InterCityExprés aerodinámicos y superconfortables a recorrer esta línea, temiendo que al regresar del Este vengan desguazados! Todo tiene su explicación en este mundo.
Al salir de la estación con el tren elevado, el S-Bahn, camino de casa, anoto que en la pared frontal hay una publicidad de la empresa Bombardier, francesa, constructora de trenes. Sólo que si uno la lee traduciéndola (BOMBARDERO, BIENVENIDO A BERLÍN), inevitablemente suelta la risa y piensa en lo lejos que ya queda 1945.
En el S-Bahn le compro un ejemplar de su revista a uno de los sin techo que me cae simpático: 80 cents del precio, 1.20 €, son para él: pienso que es un porcentaje justo.
Cenamos en Marché, en la Ku’Damm, a una media cuadra de “la muela picada”, como la vox pópuli berlinesa bautizó en 1945 el muñón de la iglesia votiva del Emperador Guillermo. Este Marché es un autoservicio en el lugar donde estuvo el Café Mampe, uno de mis lugares favoritos en el Berlín que conocí al llegar acá por primera vez en 1964. Del Mampe sólo se conservan dos salitas con sus típicas maderas viejas, los grabados, las vitrinas con libros, los nichos con toda clase de elefantes tallados en madera, marfil, plástico. El elefante era el animal heráldico de la firma Mampe, fabricante de un incomparable licor de yerbas que –tomándolo con mesura– hasta los matasanos solían recomendárselo a los enfermos del corazón.
Al Marché fuimos, y de él regresamos, con un bus de los de dos pisos, arriba y en las filas delanteras, es el mejor lugar para descubrir la ciudad. Al pasar por la Schabühne de la Lehniner Platz registré que están dando Tres hermanas de Chéjov y La muerte de un viajante de Miller.

(Continuará)

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