(7.600 palabras son muchas palabras para leerlas de una sentada. Pero el diario de mi último viaje a Berlín consta de 7.600 palabras y quienes lo han leído en el manuscrito creen, conmigo, que podría ir en este blog, si bien –eso sí– rescatando la vieja tradición de los folletones: es decir, por entregas diarias. Confieso que la idea me atrae, y desde ayer, durante seis días consecutivos, irá apareciendo acá el diario de ese viaje a lo que tan irrespetuosa como certeramente, creo, llamo “la provincia”. Los lectores con tiempo y ganas, y que no sean amigos de la lectura fraccionada, pueden aguardar al martes 19, y leer entonces el texto completo. A todos, que les aproveche).
 

29.11. El día amaneció lluvioso, ideal para visitar museos. Nos decidimos por el de Pérgamo, que Willy no conoce. Tomamos de nuevo un bus de dos pisos, arriba y en las filas delanteras, donde sólo se sienta una pizpireta cuarentona de buen ver a cuyo lado me acomodo y que mira con curiosidad a su izquierda cuando oye el parloteo neerlandés de Diny y Willy.
Esta pasajera, con quien entablo conversación, parlotea con un ligero acento austríaco o suizo, pero no suabo, porque me cuenta que vive en W***** casada con un alemán. Vino de turista, sola: “Mi marido me dijo que no viajaba al frío”. Le digo que es como yo cuando me preguntan que por qué no vengo a Berlín y suelo contestar que no viajo a la provincia. Luego me llama la atención sobre un letrero en mitad de la calzada, antes de llegar al Urania: “Fíjese, ¿no es verdad que parece una señal de tráfico?” Tengo que reírme, como ella, porque la flecha reza MASAJES TAILANDESES. A mi vez, cuando pasamos ante un instituto de segunda enseñanza en la Reichenberger Strasse, le muestro la admonición que campea sobre una de sus puertas: ENTRADA PARA LOS MUCHACHOS. Me despido de ella al bajar del bus para transbordar al metro que nos llevará hasta Alexanderplatz. Y me quedo con la fundada sospecha de que de ir yo también solo habríamos acabado esta semana en amor y compañía, una linda liaison nada peligrosa y sin mayores consecuencias. O sea: las mejores.
El Museo de Pérgamo: Recuerdo aún cómo quedé de anonadado la primera vez que me encontré delante del altar de Pérgamo, su pieza central. Fue en 1964, con Isabel y Pablo González Boza, y con Paco Guerrero Cordón, que se hinchó de hacernos fotos en las gradas del altar y ante los frisos. Salimos de allí como en trance. Hoy lo contemplo con ojos ya no deslumbrados, pero igual de alucinados. Cuando termino de ascender las gradas y curioseo en los objetos expuestos arriba, me alegran la vista unos periquitos de un mosaico del siglo II a.d.C., que en alemán se llaman Alexandersittiche y hacen que me acuerde de sus congéneres del Stadtwald de Colonia, los que descubrí un día empujando el cochecito de mi nieto Vincent. Me sorprendió verlos volar en libertad por el cielo coloniense, hasta que una señora me explicó que hace décadas se escaparon un par de ellos del Zoológico y anidaron ahí, en el bosque municipal, y ahora hay ya bandadas de ellos: pensé en Darwin y en la supervivencia de las especies en condiciones por completo extrañas a su hábitat natural.
Cuando estás delante del altar puedes optar por seguir el recorrido a la derecha (sección donde se encuentran las culturas primeras, Nínive, Babilonia), o por la izquierda (Grecia, Roma). Sea como fuere, al final hay que regresar al altar para pasar al otro lado. Inicio pues el recorrido de un modo digamos cronológico, por los asirios, y ya en él atisbo a mi izquierda la escalera de acceso a las salas del arte islámico, pero las dejo para después de los grecorromanos. Regreso delante del altar, breve descanso, y ataco el universo mediterráneo, anhelando rever la escultura prodigiosa del niño sacándose una espina del pie: pero está en São Paulo, en una exposición dedicada a los dioses griegos. Ahora bien, deambulando por esas salas encuentro la escalera de acceso a las salas de exposiciones monográficas y temporales. Esta vez es una dedicada a Heinz Mack y a sus cuadros e instalaciones donde juega con la luz, y rotulada OCCIDENTE SE ENCUENTRA CON ORIENTE: TRÁNSITO, lo que me induce a pensar que subiendo por aquí pasaré sin transición a las salas del arte islámico y mataré de un solo tiro los dos pájaros del piso superior. Craso error. Crasísimo error. Debería haber contado con las leyes en materia de seguros y con la impenetrabilidad de la bur[r]ocracia. Subí las escaleras, visité la exposición de Mack y, al llegar a su término, cuando lógicamente debía efectuar el tránsito de Occidente a Oriente que me prometía el título de la muestra... no, imposible, te jodiste, lógico cartesiano, acá monsier Descartes es papel higiénico, mon cher, tienes que recorrer de regreso, íntegra, toda la exposición de Mack, bajar la escalera, regresar delante del altar, pasar de nuevo al sector asirobabilónico, subir la otra escalera y entrar en el mundo islámico. Summa summarum algo así como un kilómetro. La pregunta que se plantea es, naturalmente, si los responsables, tanto del museo como de la exposición, tienen conciencia de lo peligrosamente simbólico de su [des]organización, que hace buenos los versos de Kipling que aquí cito de memoria: “Occidente es Occidente, y Oriente es Oriente, y no se encontrarán jamás”.
[Al llegar a casa advierto que el billete de entrada en el Pérgamo es válido para prácticamente todos los museos de Berlín durante el día en que se compra, pero la empleada no debió sentir el deseo de tomarse la molestia de explicárnoslo, por si acaso fuésemos analfabetos y no podíamos leer lo que decía al dorso. Deben de ser empleados heredados de la RDA].
Pausa en un falso pero agradabilísimo viejo café berlinés de los arcos bajo las vías del S-Bahn cerca de la parada Friedrichstrasse. Los tres pedimos sopa de papa. Está excelente, y constato una vez más, en voz alta, que los berlineses son “ein Suppenvolk”, un pueblo de comedores de sopas. Willy comenta que en ese caso él es también berlinés.
Por la noche nos reunimos con Dieter, recién regresado de su viaje por Tailandia y Birmania, lo que hoy se llama Myanmar, adonde sólo ha viajado para desecar una de las últimas lagunas que le quedaban en su mapamundi de trotamundos empedernido. Mi buen Dieter es berlinés de pura cepa, del Prenzlauer Berg, en el corazón de la ciudad, y comparte conmigo la opinión de que Berlín es provincia. “Imagínate” me dice “que estos provincianos andan llorando ahora porque la nueva estación principal le ha quitado su estatus de tal a la del Zoologischer Garten, como si todavía estuviésemos en la ciudad dividida”. En la terraza de su casa tiene instalado el letrero original de la Sredzkistrasse –la calle donde nació–, que manos amorosas desatornillaron y desmontaron de su poste municipal para regalárselo en su 60° cumpleaños. Me acuerdo de la fiesta, en ese mismo Prenzlauer Berg, con danza del vientre y música árabe a todo volumen... tan sólo tres días después del atentado contra las torres gemelas en Nueva York: la noche entera me estuve preguntando en que momento iba a aparecer algún comando antiterrorista, alarmado por un vecino megarresponsable.

(Continuará)

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