(7.600 palabras son muchas palabras para leerlas de una sentada. Pero el diario de mi último viaje a Berlín consta de 7.600 palabras y quienes lo han leído en el manuscrito creen, conmigo, que podría ir en este blog, si bien –eso sí– rescatando la vieja tradición de los folletones: es decir, por entregas diarias. Confieso que la idea me atrae, y desde el pasado día 14, durante seis días consecutivos, fue apareciendo acá el diario de ese viaje a lo que tan irrespetuosa como certeramente, creo, llamo “la provincia”. Los lectores con tiempo y ganas, y que no sean amigos de la lectura fraccionada, pueden ahora leer el texto completo. A todos, que les aproveche).
 

3.12.
Willy regresa a Ámsterdam y lo hemos acompañado a a la estación principal, y después de dejarlo en ella nos acercamos al mercado de pulgas en Tiergarten, que es como todos en todo el mundo: hace tiempo que han dejado de interesarme. Y luego me vuelvo a desorientar una vez más en este Berlín cuyo mapa casi me sé de memoria, porque lo cierto es que quería regresar con Diny a ver el monumento a Rosa Luxemburgo en la orilla del Canal Landwehr, allá por donde se encontró su cadáver, arrojado a las aguas desde el Corneliusbrücke... quería hacerlo y hasta caminábamos ya en la dirección correcta cuando un brusco despiste me hizo pensar que íbamos en dirección contraria, de modo que volvimos sobre nuestros pasos, y continuamos caminando, y al cabo de media hora lo dejé por imposible y nos subimos al primer bus que llegaba a una parada cercana, y con él hasta la estación del Zoo.
Al pasar por la Schaubühne registro que hay un nuevo cambio de programa: han añadido la puesta en escena de La gaviota de Chéjov.
Larga siesta, y por la noche cena con Karin. Un salmón memorable.
Karin es abuela desde el 15 de noviembre, de la pequeña Liv, a quien todavía no ha visto, e irá a Noruega a conocerla en los días de fiesta que se acercan. Pienso todo el tiempo que por supuesto yo también me tendría que acostumbrar a ello, pero vivir tan lejos de mis tres pequeños diablos como Karin lo estará de Liv, es algo que no podría soportarlo. Naturalmente, las circunstancias fueron otras: a los tres nietos nuestros casi los hemos visto nacer y viven, el que más lejos, a 50 minutos de autobús y tranvía desde nuestra casa. Pero ya los echo de menos, intensamente, tras una semana sin verlos.
 

4.12.
He dormido mal, seguramente por culpa de la luna llena. Mientras Diny limpia el apartamento me dedico a poner en orden mis apuntes y a visualizar una vez más ese plano-reliquia de un Berlín que ya no es. Descubro en la cuadrícula 4R, en Mariendorf, un conjunto de calles que se llaman Bósforo, Dardanelos, Cuerno de Oro, Gallipolli, Mármara... Sería interesante averiguar si ya estaban ahí antes de que llegase la marea migratoria turca de los setentas. Tambén encuentro dos anotaciones al margen del librito con el nomenclator callejero, que todavía distingue entre Berlín occidental y Berlín oriental:
«Marlene Dietrich, cementerio de la Stubenrauchstrasse, estación de metro Rüdesheimer Platz»
«Rudi Dutschke, cementerio al pie de la iglesia que se ve al salir de la estación de metro Dahlem Dorf»
Dos visitas pospuestas para la próxima vez, como la del Dorotheen, en la Friedrichstrasse, donde se hallan las tumbas de Brecht y la Weigel, Heinrich Mann, Hegel... Pero Willy no quería saber nada de cementerios, mucho es que nos acompañase al judío donde está enterrado Liebermann,
y que quisiera ver la tumba de Kleist (que no está en un cementerio).
Nos hemos citado, nuestra última cita berlinesa, con Berta y Amir Valle. A Amir se le concedió la beca para una estadía de seis meses en la Casa Heinrich Böll de Langenbroich, institución de cuyo jurado soy miembro y ello me inhibe personalmente de relacionarme con los becarios, al menos mientras dura su permanencia en la Casa. Ahora, y habiendo empalmado una con otra sin solución de continuidad, Amir disfruta aquí en Berlín de otra beca, por dos años, del Pen Club Internacional, y acaba de ganar el Premio Vargas Llosa. Y antes de partir de Colonia recibí un e-mail de mi querido Rolando Hinojosa, desde Austin, pasándome dirección y teléfono de Amir en Berlín, pues se conocen y son muy amigos por sus encuentros en la Semana Negra de Gijón, donde ambos imparten talleres de escritura. (Pienso, además, que Rolando es “del Valle”, como él siempre dice refiriéndose al lugar de su nacimiento, en la orilla yanqui del Río Grande, así que hasta el apellido de Amir los predestinaba a amistarse). Y por si fuera poco, resulta que el piso de Berta y Amir está en una calle que nace en la Bellermannstrasse, “mi” calle de cuando residí en Berlín en 1964, de los días en que nació mi tan estrecha relación con Colombia.
[La historia tiene que ver con el alquiler de un apartamento gigantesco, de a deveras apabullante, en una vieja casa de la Bellermannstrasse, el n° 10. Al mes de estar desempeñándome en Berlín como corresponsal de un semanario madrileño, y sabiendo que me alojaba en una habitación amueblada, el cura director de la Casa de España –lugar adonde yo iba con regularidad a comer porque el condumio era bueno y los precios subvencionados– me preguntó si no querría alquilar un apartamento grande junto con dos colombianos que también andaban buscando. Le dije que sí, nos presentó y fuimos a verlo. El apartamento tenía la ventaja berlinesamente indescriptible (explicarlo supondría contar todo un capítulo de historia municipal berolina) de disponer de entrada independiente, y hasta de un sótano propio al que se ingresaba por un escotillón en el cuarto principal: ¡un sótano del mismo tamaño que esa enorme habitación! Apenas lo descubrió, uno de mis dos posibles coinquilinos, que se llamaba –y espero que se siga llamando– Otto Gabriel Sabogal, escultor y de Calarcá, se enamoró de él. El sótano le venía tal que yelito al güisqui para habilitarlo como estudio. Hernando Oliveros, el otro colombiano, estudiante de arquitectura, de Pereira, y yo, mucho más modestos, nos resignamos a los 100 m² restantes, y muy pronto se armó la "república". En poco tiempo nuestro apartamento se convirtió en el hogar de cuanto latino se parachutaba en Berlín, y como el espacio sobraba, jamás hubo ningún problema. O tempora! o mores!... (para que vean que poseo un léxico de expresiones sabias y/o las páginas rosas del Larousse) Un día llegó un medellinense chiquito cuya maleta diminuta la ocupaban un par de camisas y mudas de ropa interior, y los Mamotretos Completos de un tal León de Greiff, a quien yo gloriosamente desconocía. Gustavo, el paisa, al enterarse de que me las daba de escritor, me propinó la mayor paliza lectora de mi currículo, resultado de la cual salí leolegrisiano convicto y confeso para toda la perra vida: "de todos modos la llevo perdida", qué coño. Ah, y a propósito: también hice con Gustavo un master no académico en poesía nadaísta,
y eso sin él llamarse Elkin aunque sí Restrepo, y así mismo sin premeditar que algún día iba a tener yo un idilio volcánico con una de sus musas (del nadaísmo, no de Gustavo). Esa musa que "una noche / en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas" me echó a empujones de su cama en el 12 del Storkwinkel porque le dije que era “un culo buenísimo”, cosa objetivamente cierta, y además cita de Lady Chatterley's Lover (“Th'art good cunt”), pero ella –“¡Socorro!”– ignoró las inaudibles comillas y recusaba como palabrón soez el sustantivo "culo". Me costó harta labia volver a gatear hasta ese tálamo desde donde puteaba a las madres de todos los conquistadores, sin excluir a Blas de Lezo, pobretico mío].
Tomamos hacia Gesundbrunnen el S-Bahn de circunvalación, otra absoluta novedad para mí, y en pocos minutos estamos allá. Antes de ir a la casa de Berta y Amir recorremos la Bellermann hasta el número 10, que ha sido refaccionado y tiene muy buen aspecto, harto distinto de aquel mugriento edificio en cuya fachada aún se distinguían las huellas de los impactos de metralla, de la segunda guerra mundial. Está la puerta cerrada y no me atrevo a tocar ningún timbre. Desde la verja del siguiente solar, que es ahora un jardín de juegos infantiles, se ve parte del patio interior y las tres ventanas del anexo de nuestro departamento, donde también se alojaron Isabel y Pablo, hasta encontrar una vivienda propia. ¡Qué de recuerdos!... Pero no es una nostalgia que me remezca, hay en ella una cierta sensación de reafirmación propia: hice bien cuando me fui de aquí al recibir la oferta de la Deustche Welle, en enero 1965.
Berta y Amir nos reciben como si nos conocieran de toda la vida, y nosotros los aceptamos ya de entrada como si nos conociéramos de toda la vida. Esto se suele llamar amor a primera vista, que regamos con abundante café cubano de la amplia paleta ofrecida por Berta y que no he logrado memorizar. Llega después Esther, que quiere conocer a los Valle y despedirse de nosotros. Y al rato aparece Lior, el hijo pequeño de la pareja, que viene del Kindergarten. De haber sabido que las cosas se iban a desarrollar así habríamos venido ya con la maleta y las bolsas y de aquí nos hubiésemos ido derechito a tomar el tren en la estación principal. Pero no ha sido así y tenemos que despedirnos, mal que nos pese. Y aquí oscurece una hora antes que en Colonia: cuando salimos del S-Bahn en Halensee a las cuatro de la tarde ya es de noche. Comemos –Diny unas costillas de cordero, yo un bife de cuadril, retebuenísima carne argentina– en un restaurante de la Ku’Damm esquina Halensee Strasse, subimos una vez más al tercer piso del 12 del Storkwinkel, recogemos el equipaje y emprendemos el camino de la ex Lehrter Bahnhof.
A las 18.49, puntual esta vez, nuestro ICE se pone en marcha. Por las ventanillas del tren una última mirada a la prepotente arquitectura berlinesa, que alguna vez definí diciendo que aquí llaman calles a lo que en otros lugares califican como avenidas, y me meto a leer Un actor sin escenario, la última novela de mi amigo chileno Jaime Casas, mientras Diny sigue la lectura de El olvido que seremos, el último libro de nuestro invisible anfitrión. Cuatro horas y media más tarde, casi sin retraso, estamos en Colonia, de vuelta de la provincia.

The End


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