Por Martín Caparrós

 

Devolución a Villoro:

Te lo pedí hace unos días, caro güey: quería que me enseñaras a escribir de la derrota, porque lo único que me quedaba era esperanza. Pero la derrota no es un relato interesante: es casi siempre igual, previsible, tontita. No quiero entrar en ese coro: no quiero decir ahora que la Argentina nunca fue un equipo, que faltaban ideas y jugadores, que no teníamos medio campo ni media defensa, que seguíamos patinando hacia la nada. No quiero decirlo ahora; lo dije cuando era triste, solitario e inicial. Ya no me queda mucho por decir.

Llega el vacío: será difícil mirar esos partidos que van a ser el testimonio de una ausencia. El lugar común dice que el fútbol siempre te da revancha; no aclara que, si esa revancha tarda cuatro años, más que revancha es amargura prolongada.

Hoy los argentinos no sólo perdimos un partido. Me hablas de románticos alemanes y nigrománticos vieneses, pero esta noche quien me susurra las palabras al oído es el viejo sifilítico: que Dios ha muerto, que Él es humano más que humano, y que llegamos al crepúsculo de los ídolos. Dios ha muerto esta tarde en una pantalla de televisión –que es donde pasan esas cosas. Los argentinos, que siempre nos jactamos de ser la avanzada del ateísmo sudaca, elegimos creer –pese a las evidencias– en un dios menor, o mayor, o por lo menos de mucha carne y algún hueso.

El ateísmo de los argentinos se termina en el fútbol: ante él, todos somos religiosos de alguna religión privada, la que nos hace creer que una plegaria, un apretón de testículo izquierdo, un cruzarse los dedos, una camisa verde, van a influir en un evento lejano, planetario: van a hacer que un cuero inflado se desvíe los diez centímetros necesarios para escaparse del olvido y convertirse en un video repetible de aquí a la eternidad. El azar –ese imprevisto de los diez centímetros– es la base del fútbol; por eso nos resulta fácil confundir sus causas, creer que nuestras magias pueden ser una de ellas. Y por eso elegimos creer que todas esas magias podían resolverse en ese dios menor. Pero nunca pensamos que Maradona, como el dios de Russell, podría crear una piedra que no sería capaz de levantar.

Así que esta tarde nos quedamos sin dios. Uno a cero es la duda, dos a cero la tentación agnóstica, tres a cero la quema de los santos, cuatro a cero la muerte del dios. Un dios, como todos, discutido, amado, odiado, pero dios al fin. Al fútbol argentino le llegó la hora de enfrentar el mundo, los males, los empates, las pequeñas muertes peloteras sin la esperanza de la divinidad. No va a ser fácil –habrá más penas, habrá más olvidos– pero puede ser mucho mejor. Quizás, entonces, alguna vez hagamos un equipo. O quizás no.

Y, además, esta mañana Iberia consiguió perderme la valija.
Estoy en bolas.

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