Evento I

Nunca he sido hombre de teatro. Hay algo en el zapato prestado, el vestido roto, el telón desleído que me aleja de dicho arte. Y ni hablar de los llamados "gestores culturales" que lo promueven, ni de los bohemios a los que les gusta, estereotipos de bufanda, chivera, vino caliente y bolsillos vacíos. A mí háblenme de superproducciones de Hollywood, de películas rosa de cien millones de dólares, de J-Lo.

Pero atendiendo una invitación fui al pasado Festival Iberoamericano de Teatro, donde me tocó en suerte una obra eslovena llamada Radio and Juliet, la historia de Romeo y Julieta bailada con música de Radiohead.

No sé cómo le habrá ido a los otros mil doscientos asistentes, pero tras una hora de baile nunca supe quién era Montesco, y quién Capuleto. Y llámenme bruto, pero al final Teobaldo resultó ser aquel que hasta el cuarto acto pensaba yo que era Mercurio. Todo un desastre.

La gente obnubilada, yo curioso al comienzo, con algo de sueño después, y enfocado siempre en el perfecto monte de Venus de la actriz que hacía de Julieta. De esa sí estoy seguro porque era la única mujer en el escenario, aunque debo reconocer que al comienzo llegué a pensar que era la nana.

Y me puse a pensar en esos extraordinarios bailarines eslovenos que tenía al frente haciendo cosas ordinarias como hacer mercado o lavar la ropa. Y me pareció que esas labores cotidianas eran poca cosa para ellos, porque si yo me dedicara a bailar por el mundo obras de Shakespeare contrataría un asistente para que hiciera las filas de banco y otras cosas mundanas.

Como no me gusta el teatro y he visto mil versiones de Romeo y Julieta, la obra no me descrestó, aunque agradecí mil veces la invitación. Al final hubo tres minutos de aplausos y los bailarines tuvieron que salir varias veces al escenario para recibirlos. Hasta hubo gente que se puso de pie mientras gritaba emocionada. Inexplicable. 

Las personas salieron conmovidas, con cara trascendente, como si esa noche se fueran a acostar siendo mejores seres humanos por lo que acababan de ver. En el parqueadero dos carros se estrellaron, seguramente aun estremecidos por la obra. Los conductores se bajaron a pelear como jornaleros, mandando al carajo todo el arte, la cultura y la paz espiritual que acababa de invadirlos. Pensé en separarlos, pero en ese momento ninguno de los dos iba a entender que la única adaptación de Shakespeare por la que vale la pena pelearse es Romeo y Buseta.

Evento II

Estoy suscrito a Telmex porque Direct Tv no tiene TyC Sports, el mejor canal de deportes. Así, veo fútbol de todo el mundo, pero ningún Real Madrid – Barcelona, lo que significa que dos veces al año me toca verlo en un pub, experiencia nada agradable.

El pasado sábado me tocó asistir al festival del ridículo en un bar repleto de colombianos “hinchas” de uno u otro equipo, cuando todos sabemos que uno solo puede hacerle fuerza al equipo de la tierra. Un colombiano hincha del Barcelona es tan ridículo como un bogotano que es de Nacional o un costeño fanático de Millonarios. Va contra natura.

En el lugar todos tenían camisetas de los dos clubes, aplaudían cuando salían los equipos o enfocaban a algún jugador y se ensañaban contra el rival. Si alguien tenía la camiseta del Barcelona, gritaba pestes al televisor cada vez que mostraban a Cristiano Ronaldo, destilando un odio incomprensible contra un lejano señor huérfano de padre por culpa del alcohol. De la misma manera, cuando mostraban a Messi, los de camiseta blanca insultaban al argentino solo por el placer de hacerlo. ¿En qué momento empezamos los colombianos a tomarnos tan a pecho un asunto español enmarcado en un mero pasatiempo universal?

El amor y el odio se extendieron durante todo el partido, unos diciéndole “perro” a Xavi y otros gritando “Madrid, cabrón, saluda al campeón”. Una vergüenza nacional. Todos eran eso que yo llamo hinchas clase B, gente que solo ve la Liga de Campeones de Europa y que no reconoce a Raúl Albiol cuando la cámara lo muestra. Me sentí rodeado de japoneses, pioneros en eso de hacerse hinchas de equipos extranjeros, pintarse la cara y disfrazarse de seguidores de Manchester United, Milan o Barcelona, según el caso. Mientras los orientales son sabios y eficientes, pero bobos, la gente a mi alrededor solo era boba.

Uno de los de la mesa de al lado me preguntó por qué yo no celebraba las jugadas de ningún equipo, y tras quince minutos de explicación no fui capaz de hacerle entender que me daba exactamente igual cuál ganara. Era un completo idiota, tenía camiseta del Madrid y era de los que mas gritaba, minutos atrás había cantado un ole porque Cristiano Ronaldo le había escurrido el balón por entre las piernas a un rival. Eso digamos que pude entenderlo; lo que aun no me cabe en la cabeza es por qué se chocó las manos con un compañero de mesa cuando le sacaron amarilla a Daniel Alves.

El fútbol debería ser algo ajeno a toda pasión y toda subjetividad. Todos sentados, serios y reflexivos, como en un simposio de urología.

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