Hace un tiempo me presentaron a alguien. Se llama Diego. No es mi tipo para nada, aunque reconozco que no es feo. Tiene el pelo castaño y los ojos verdes y es alto y delgado. Hasta ahí todo bien. Diego se viste con suéteres de lana cerrados en el cuello, con polos de un solo color que asoman discretas por debajo de suéter. Tiene gafas de marco delgado y dorado y zapatos de cuero, como dirían los abuelos, “carmelito”.
Diego es un lord. Un dandy. Un tipo que lleva un paraguas negro de mango de madera a donde vaya. Un tipo que tiene los cachetes incendiados cuando hace calor o cuando le da directo el sol de la Sabana.

Estábamos en una fiesta ruidosa y Diego parecía tan fuera de lugar entre un grupo de tipos y viejas gritonas que pensé que se iba a morir del tedio, así que fui a hablarle. En realidad estaba pasándola muy bien. Calladito. Mirando lo que hacían los demás.
Me pareció buena su actitud y me puse a conversar con él. Resultó ser un tipo mucho más interesante que la manada de brutos con la que estaba yo, que hablaba de filosofía, de literatura, de historia del arte y exhibía un conocimiento amplísimo de política.

“Es lógico”, pensé yo. “Vestido así nadie lo determina, entonces no tiene otra que estudiar y estudiar”. Cuando terminó la fiesta, le di mi teléfono a Diego –sin que él me lo pidiera– para volver a hablar. No podía dejar de pensar en él. Pasaron unos tres días y no me llamó, así que yo, investida de indignidad, lo llamé. La excusa que me daba a mí misma era que este tipo finalmente no me gustaba, sino que me parecía divertido para hablar. Diego pareció genuinamente sorprendido por mi llamada. Me dijo que estaba halagado, me dio las gracias y me invitó a un cine.

En un cine no podíamos hablar, que era mi propósito, pero igual acepté, como hipnotizada ante la perspectiva de volverlo a ver. Cuando pasó por mí, en su carro verde oscuro, elegante y un poquito anticuado, yo me sentía nerviosa. Ahí me di cuenta de que el tipo me gustaba mucho.

¿Qué me gustaba de él? Que no le importaba estar a la moda, que no tenía que llevar el pelo lleno de gel o esos llaveritos abominables que cuelgan en cadenas del pantalón. Era él. Auténtico. Inteligente. Un poco desadaptado. Daban ganas de consentirlo, de protegerlo de una sociedad cruel que se empeña en burlarse de tipos como él.

Así que seguimos saliendo. Yo me moría por acostarme con él, pero él no daba muchas señales, entonces lo seduje, lo invité a mi casa y lo recibí con unos pantalones apretados y un top de encaje transparente. Tenía ostras y champaña. No podía ser más evidente. Me estaba comportando como un tipo yo, para seducir a este tímido que sólo había sido capaz de besarme.

Cuando empezamos a desvestirnos, entre besos y caricias, vi su cuerpo. Era un cuerpo perfecto, trabajado horas en un gimnasio, un cuerpo que se empeñaba en disimular con sus pantalones de prenses y sus suéteres anchos. La segunda sorpresa fue cuando empezó a tocarme con manos expertas y a lamerme con una lengua que se había comido muchos coños antes. Tiramos delicioso, varias veces, y terminé exhausta y un poco sorprendida, pero no dije nada.

Al día siguiente llamé a una amiga mutua y le pregunté por él. Yo no le había dicho a nadie que salía con Diego, un poco, lo reconozco, para evitar las burlas de mis amigos, que son muy exigentes y muy celosos conmigo. Mi amiga se empezó a reír. “No puede ser”, me dijo. “Tú también caíste”. ¿También? Yo no entendía nada, pero mi amiga se puso seria y me explicó: “Con ese nadadito de perro, Diego se las come a todas. A todas. Ahora no esperes que te vuelva a llamar. Ya debe estar con otra, en otro rollo igual”. Diego sí me ha vuelto a llamar, que conste. Pero me parece tan irresistible que soy incapaz de salir con él porque sé que me puedo enamorar y que en el fondo es un perro y me va a romper el corazón. Es como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y no se cuál de los dos me gusta más.

Escríbame a lola@soho.com.co

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