Que sea, ahora, Rico McPato. ¿Se acuerda? El pato codicioso de las aventuras del Pato Donald poseedor de una gigante bóveda forrada en oro al que todos adorábamos y admirábamos a pesar de su condición de villano. Porque Carl Barks pudo haberlo pintado como el malo —como el escocés obsesionado con la plata; la antítesis del pato contento y generoso—, pero la gente no iba a despreciar a un millonario arrogante, neurótico y sarcástico. No señores. Nosotros soñábamos con esa caja fuerte, literalmente jugábamos a que la ganábamos y hoy todavía recordamos a Tío Rico McPato como un ejemplo de vida, como un hombre que sabía lo que quería.

Pues bien, el sueño se ha hecho realidad. Bienvenidos a la bóveda de Rico McPato a escala. ¿La diferencia? Bueno, no es una bóveda, es un bar. ¿Se puede pedir algo más? Las paredes están forradas con 2,400 calaveras de oro —tal vez aludiendo a la amenaza del oro o a las catacumbas de Paris—; el techo está forrado en lámina dorada; cuelgan unos candelabros enormes de fin del XIX; el piso está adobado con azulejos dorados, y las meseras tienen la delicadeza de vestir tacones altos, minifalda de los 30 y camisa blanca small con los botones abiertos hasta la barriga.

Hablamos, señores, del Gold Bar, un sitio al que usted no quiere ir si pretende ser usted mismo; a donde usted va a mirar, deleitar el ojo y abusar del bolsillo. Eso, para después volver al pub de mala muerte en el que originalmente estaba. Pero es una experiencia. Esto es, claro, uno de los sitios más difíciles para entrar, frecuentado por Gisele Bundchen, James Franco y las jóvenes celebridades neoyorquinas que no se van por el bajo perfil.

¿El trago? Coctel culinario de champaña de manzana con vodka. Nunca botella. ¿El precio? 20 dólares por trago. ¿El barrio? SoHo, tierra de glamour y restaurantes con cuatros tenedores a un lado, dos cuchillos al otro, y un artefacto que uno no sabe bien de qué se trata. SoHo (que no se refiere a Solo para Hombres, sino a South of Houston Street) es de lejos el barrio más pretencioso de Nueva York. Y en sus calles está la bóveda de Tío Rico McPato hecha bar.

Si María Antonieta y Mick Jagger tuvieran un bar juntos, sería éste.

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