Vivo en el kulo del Ku’Damm, digo yo, es decir, exactamente en el sitio donde se acaba la Kurfürstendamm, esa calle que fue la avenida elegante de Berlín Occidental y ahora está en paulatina decadencia, pues todo lo chic de esta ciudad (y mejor para mí) se ha ido trasladando a Mitte, el viejo centro de siempre, antes el corazón malherido de la gris Alemania Oriental. 
    A mi calle (Storkwinkel) le digo, aunque la traducción sea mala, “el codo de la cigüeña”, pues es una callecita en ángulo, con un pedazo largo y otro corto, como las patas de las cigüeñas. Su nombre bien traducido sería el rincón o el ángulo de la cigüeña, o si mucho el recodo, pero no importa, a mi calle me gusta decirle “el codo de la cigüeña”. 
    Desde la puerta del edificio, con un trotecito lento, en ocho minutos llego al primer lago de mis recorridos otoñales, el Hubertus See. Troto cuando el tiempo es bueno, lo cual quiere decir casi todos los días, pues el tiempo, hasta ahora, ha sido siempre bueno en esta parte de Alemania. Llevo más de dos meses esperando a que llegue el horrendo clima de Berlín que todo el mundo me anuncia; en cambio, un aire fresco, apenas picante cuando cae la oscuridad, un cielo luminoso, unos árboles felices vestidos de amarillo. Hay otro lago más cerca de mi casa, el Halensee, pero allá no voy tanto porque es un santuario para viejos y viejas nudistas, y a mí la desnudez de los viejos me perturba un poco. 
    La última vez que fui, una septuagenaria se despojó de todas sus ropas frente a mí y nadó hasta una boya amarilla que hay en la mitad del lago. Aguantar desnuda un agua que debe estar apenas por encima de los cero grados es una muestra de salud, de energía y de vitalidad, sin duda, pero su cuerpo no dejaba de ser el recuerdo decrépito de la juventud. Quizá la imagen más exacta de la belleza sea la desnudez juvenil. La ropa, estoy casi seguro, fue un invento de los viejos de la tribu para poder competir con los jóvenes del grupo. Una túnica de seda dorada, oculta algunas señales del tiempo y si es costosa y difícil de conseguir, pone sobre la piel otra piel de prestigio. Me salto el Halensee de los ancianos nudistas y sigo con mi trote. 
    A los veinte minutos estoy entrando al maravilloso bosque de Berlín Occidental, Grunewald. El cuerpo ya ha entrado en calor y el esqueleto siente el placer de ser movido rítmicamente por la carne. “Trotar es un placer intelectual” dijo una vez Vargas Llosa con acierto. Cuando me interno en el bosque, el aroma de los hongos que crecen en la humedad sombría me llena la nariz con una felicidad de hombre primitivo. Pero no dura nada esta fantasía naturalista, por mucho que los senderos llenos de hojas muertas y la luz que se filtra a través de las ramas de los árboles, y el agua del lago que se ve entre los troncos, me hagan sentir una felicidad ancestral. 
    La fantasía no dura porque me golpea en los ojos una bofetada de la más extraña civilización. Un señor viene paseando a su perro en un coche. Lo lleva sentado sobre un tapete de felpa y arropado con una cobija. Es como esas señoras jóvenes que pasean a sus bebés, pero en este caso el hombre este no pasea a un cachorro sino a un perro viejo. Mi hombre primitivo, por dentro, se muere de risa y se burla de mí, al mismo tiempo que un perrito salchicha (este libre) se acerca a olerme los zapatos, y su cuerpo alargado me habla otra vez de que ya casi todo, hasta los animales, ha sido convertido en cultura. Tal vez solo en África, o en el Chocó, o en el Amazonas, haya todavía trazas de vida natural. 
    No me importa, le doy la vuelta al lago al mejor paso que dan mis piernas de trotador aficionado. Y mientras troto miro y pienso. La Berlín que he visto es también la del arte y la de los conciertos, la de los bares y juergas ajenas en Prenzlauerberg, y los pequeños restaurantes turcos de Kreuzberg. Pero la que más me conviene, porque es la que me insufla ganas de escribir es esta Berlín verde de parques y bosques que recorro trotando. 
    Al volver, un poco más de una hora después, enciendo este aparato y me pongo a escribir. La beca que me dieron es para escribir lo que quiera. La beca no prohíbe, sin embargo, salir a trotar a ratos, ni tampoco me impide escribir sobre el trote. ¿Será mal hecho escribir simplemente sobre el placer de correr por el bosque de Grunewald, en vez de dedicarme de lleno a una nueva novela? 
    Soy un privilegiado. Me siento un eslabón (el eslabón perdido) en la maravillosa cadena renacentista del mecenazgo europeo (que se inspiraba en la antigüedad clásica de Roma y de Grecia). Alemania, conmigo, se porta como aquella mecenas de Weimar que cuenta Eckermann en sus Conversaciones con Goethe en los últimos años de su vida: “La señora archiduquesa tiene intención de hacer llamar a Weimar a algún escritor alemán actual, siempre que este carezca de cargo y de fortuna y se vea obligado a vivir únicamente de los frutos de su talento, ofreciéndole aquí una situación libre de preocupaciones a fin de que encuentre la ociosidad necesaria para dejar madurar cada una de sus obras y no se vea en la lamentable situación de tener que trabajar de forma superficial y precipitada en perjuicio de su propio talento y de la literatura en general.” 
    Es una aspiración muy ambiciosa y con razón Goethe, aunque elogia la nobleza de las intenciones de la archiduquesa, se declaraba escéptico del resultado. Yo también me declaro escéptico del resultado que yo pueda obtener, artísticamente, al cabo de un año de mecenazgo en Berlín. Hay algo, sin embargo, que con seguridad me llevaré: un recuerdo feliz de esta ciudad que era un campo de ruinas en 1945, y que en 1989 todavía estaba partida en dos. Casi toda Alemania está pagando por su costosísima recuperación, pero ahora Berlín se ha convertido en la capital más fascinante, y menos cara, de la Europa de hoy.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.