Cómo olvidar ganar el primer León de Oro para Colombia en la historia del Festival de Cannes. Como olvidar la satisfacción y el orgullo de haber recibido la estatuilla en mis manos y haberla levantado bien alto en Francia. Cómo olvidar los aplausos, la celebración y el desborde de alegría interminable la noche de la ceremonia. Pero como olvidar también la parte desconocida y menos glamurosa de la historia, el día después. Al terminar el Festival de Cannes, y habiendo vivido la gloria por un día llegó el momento del regreso, el retorno a la realidad. Había empacado muy bien mi tesoro en la maleta, el León de oro, tan hermoso como tan pesado. Tenía que tomar el avión de Nice a Paris y desde allí conectar a mi tierra natal Colombia, donde un grupo de familiares y amigos me habían expresado la intención de recibirme en el aeropuerto El Dorado con bombos, platillos y banderas, y la verdad la idea me emocionaba, pero con tan mala fortuna que al llegar a Paris me anunciaron que Air France, acababa de entrar en huelga de pilotos y en operación tortuga. En ese momento perdí el control de mi destino. ¿Cuándo llegaría? ¿A dónde llegaría? Guardé la esperanza hasta el último segundo pero no, cancelaron mi vuelo definitivamente. Después de un día entero de espera y frustraciones, logré finalmente salir, pero hacia Boston que muy lejos queda de Bogotá, pero que por lo menos me ayudaba psicológicamente pues cumplía con el objetivo de cruzar el atlántico.

Ya en Boston conecte a Nueva York y luego, finalmente, a Bogotá. Obviamente mi llegada fue imprevista y fuera de toda planeación, pero finalmente llegué, solo, sin nadie esperándome, tome un taxi y me dirigí hacia mi casa, arriba en la montaña pasando la circunvalar, con el deseo de ver a mi familia, pero nuevamente con tan mala suerte que quedamos trancados en la séptima pues la habían cerrado ya que por ahí pasaba la última etapa de la Vuelta a Colombia en bicicleta. El taxi no pudo cruzar y a mí me toco bajarme. Empecé a caminar cuadras y cuadras en subida hacia la circunvalar llevando la maleta en mis hombros y sintiendo el peso de la estatuilla. El León de Oro que un día antes me había llenado de felicidad ahora se convertía súbitamente en una carga. Era la otra cara del león. Del cielo al sufrimiento en 24 horas.

Cómo olvidarlo, si así es la vida, una maestra que siempre aterriza y da lecciones. En medio del esfuerzo y del agotamiento subiendo la maleta estaba volviendo a la verdadera realidad, la de todos los días y a la que todos pertenecemos, la de los simples mortales. El resto es pasajero.

JCO

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