Por Juan Villoro

 

Pase a Caparrós:

¡Te acordaste del Dr. Edgardo Codesal en el momento en que yo estaba con él! Mientras te adentrabas en la falsa Argentina creada por los hinchas de Bangladesh, de este lado de la burbuja yo compartía un estudio de radio tamaño área chica con el árbitro que pitó la final de Italia ’90. Si hubieras estado en mi lugar, habrías salido de ahí con tarjeta roja después de patear al colegiado.

No te hice el favor de injuriar a quien marcó uno de esos penaltis que sólo existen por concepción arbitral. Aquella noche, el Dr. Codesal pudo haberse tragado el silbato ante la duda, pero quizá recordó que también la FIFA tiene voluntad y sabe agradecer los gestos. Convenía que Alemania se alzara con la copa, dejando fuera a los aguafiestas que habían eliminado a Italia, y sobre todo a Diego, que puteó al público en las macropantallas del Estadio Olímpico.

Los jueces sólo confiesan por vía indirecta. Le pregunté a Codesal por las presiones que la FIFA ejerce en los silbantes. Se quejó de que Joseph Blatter hubiese declarado que esperaba que Sudáfrica pasara a la siguiente ronda y que su secretario hubiera pedido al público que llegara a tiempo para no perderse los dos primeros goles de los Bafana Bafana: “Escogieron al árbitro más inexperto para la inauguración. Viene de un país sin jerarquía futbolística: Uzbekistán. Para hacer carrera, un árbitro debe quedar bien con la FIFA y él puede ayudar a Sudáfrica”. Supongo que es lo más cerca que el doctor está de reconocer las presiones que sufrió en Roma. No sé si esta prueba de jurisprudencia te sirva de algo.

Después del Sudáfrica 1-México 1 resulta obvio que el único mexicano que puede llegar a la final es el árbitro Marco Rodríguez.

Y ya que hablamos de justicia (esa señora que muchas veces se extravía en el palco de honor), hay que decir que el réferi uzbeco perjudicó más a Sudáfrica que a México. Nos perdonó un penalti cuando perdíamos 1-0. Eso hubiera suspendido la producción de tortillas.

Nuestro uniforme negro estuvo a punto de representar luto reglamentario. Cuando Rafa Márquez anotó sin marca, a una distancia de cuchilleros, recuperamos forma mexicana de la esperanza: el equilibrio, la sensaciónde que ni todo fue perfecto ni todo está perdido. “Aquí no ha pasado nada” (curiosamente, entre nosotros esa frase es optimista). La negación del hecho brinda tranquilidad. El empate, variante futbolística del no-suceso, expresó la psicología de una selección neutra. Si los Cascos Azules de la ONU tuvieran un equipo, podrían disponer de una buena cantera en México, donde interesa más participar y ser comparsa que enfrentar ese momento horroroso: la definición.

Nuestro fútbol sería estupendo si no existieran los resultados. La selección domina, achica los espacios, muestra motivación y gana balones divididos. Pero se desentiende de anotar y marcar a los rivales en los momentos clave.

¿Qué dice esto de nuestra relación conel cosmos? Que nos gusta estar con los demás sin diferenciarnos de ellos. No en balde hemos sido magníficos anfitriones de dos Mundiales. Empatar es una manera de repudiar extremos y rehuir las inclementes decisiones. Hay países que tienen el alma dividida. Nosotros la tenemos empatada.

Me extraña que no hayas encontrado una bandera mexicana en Bangladesh. Te pido que busques bien. Somos una nación sociable.

Cuando el mexicano empaca,se lleva su bandera para usos múltiples: adorno, piyama de emergencia y terapia cromática. No sé si mis paisanos llegan tan lejos como tú. Por lo pronto, tienen dificultad para llegar al área enemiga.

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