Esa es la ley de la vida, qué le vamos a hacer. Somos tan, pero tan burros, que nos enamoramos del que no es. Por eso dicen los abuelos que a los matrimonios hay que meterles cabeza, no corazón, porque el corazón es bruto. Y ciego.
 
Hace un tiempo ya, tuve un novio del que estuve enamorada, enamoradísima, aunque nunca fui capaz de confesarlo, ni a él ni a nadie. Era imposible confesárselo a él. Era demasiado desprendido, demasiado indiferente. Fluctuaba en ese estatus entre novio y tinieblo, a veces muy amoroso y a ratos indiferente. Como yo no estaba segura del estatus, tampoco sabía qué pedir. El tipo aparecía y se desaparecía. Llamaba con intensidad un domingo, digamos, y el martes, si te vi no te conozco.
 
Tal vez es que yo soy tímida, pero no me parecía decente preguntarle qué carajos era yo de él, así que yo también me hacía la indiferente. Por ejemplo, un viernes me llamó por la tarde y me dijo que si salíamos esa noche. Yo le dije que sí, me arreglé y me quedé esperándolo. A las 11.30, cuando no me llamó, me di cuenta de que no iba a pasar por mí, así que me puse una pijama y me acosté a ver televisión como una buena perdedora.
 
El sábado no apareció. El domingo me llamó. “Mira, lo siento –me dijo–. Me quedé dormido”. Por supuesto era mentira, pero yo también puedo decir mentiras, así que le contesté: “Ah, viendo que no llegabas, salí con un amigo que me llamó”.
La indiferencia siguió, de parte y parte. Nos veíamos y teníamos buenísimos momentos. Nos acostábamos juntos, nos reíamos, pasábamos muy bien, pero después había silencio. Y debo confesar que ese juego me parecía super atractivo. El asunto de que este tipo fuera una especie de Batman, que aparecía y desaparecía sin ninguna explicación, me atraía de alguna forma.
 
Es común, para que lo sepan, que nos atraigan los cabrones que nos hacen sufrir, y es por eso por lo que yo no les confesaba a mis amigos lo que sentía por él, porque ellos sabían que si me importaba demasiado me iba a hacer sufrir.
 
La cosa siguió por unos seis meses. Un día conocí a un tipo. Un tipo generoso y amable, que me llamaba, que me buscaba, en fin. Un tipo decente. Y empecé a salir con él, más por descarte, porque estaba aburrida de ser maltratada por un cretino al que yo no le importaba para nada. En esas andaba cuando el otro se enteró y me dijo mil cosas y una. Que por qué estaba saliendo con otro tipo, que si le había dado ya un beso (“no, mi amor, si ya me acosté con él”, le contesté yo), que yo era la mujer de su vida, bla, bla, bla. Ahí sí. Ahí sí llamó. Ahí sí me invitó a salir. Ahí si me quiso presentar a sus papás, a sus amigos, a sus ex novias. Ahí sí me llenó de regalos y de flores y de carticas de amor.
 
Y ahí fue que dejó de gustarme, porque me pareció un baboso melcochudo, un tipejo desesperado.
 
¿Por qué será que nosotras siempre nos enamoramos de los que se portan mal? Y más aún, ¿por qué será que cuando los que se portan mal empiezan a portarse bien nos generan tanto fastidio?
 
Un amigo gay me dijo una vez: “A las mujeres hay que tratarlas bien, porque si no se enamoran de uno”. Nada más cierto.

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