Lo cierto es que hace mucho que todos nos lo estábamos preguntando, que cuándo es que el capitalismo duro y puro iba a incidir en las estructuras del deporte, mucho más allá de las ganancias de taquilla, del negocio de los fichajes y/o de la comercialización de los productos específicos de un club, yéndose al más alto nivel de las empresas mismas. Pero tampoco de las empresas en el sentido de que el capital compre un club, como ha sucedido, para poner sólo dos ejemplos, con el Chelsea en Inglaterra y con el Schalke 04 en Alemania. No, cuando hablo de capitalismo puro y duro en su más alto nivel, me estoy refiriendo al fenómeno de la fusión empresarial. Y parece que sí, que por fin ha sonado la hora. También ha llegado al fútbol la ola de las fusiones de grandes firmas, bancos y compañías de seguros, que en el mundo económico nos ha deparado matrimonios de elefantes tales como el de Mercedes y Chrysler, el de Rolls Royce y BMW, el del Banco Central Hispano y el Banco Santander, y en su ya lejano día el de Coca y Cola.
Según acabo de enterarme, por fuentes generalmente bien informadas, y aunque todavía se trata de un secreto celosamente guardado, dos gigantes del balompié europeo –el Bayern de Múnich y el Barça, el Barcelona CF– han decidido unir sus destinos para convertirse en la luminaria del deporte rey, al menos dentro del Viejo Continente.
Y la verdad es que pienso que todo los predisponía a ello: los colores idénticos de sus camisetas, la idéntica inicial de sus nombres y el hecho de que tanto el uno como el otro sean los onces emblemáticos de unos colectivos humanos que no se sienten a gusto en el hogar estatal que les ha reservado la Historia: ni Baviera en Alemania, ni Cataluña en España. A mi juicio, los dos únicos problemas graves que tienen que resolver son los siguientes:
1°) si el equipo resultante de la fusión jugará en la Primera División española o en la Bundesliga alemana; y 2°) bajo qué nombre lo haría. Las opciones más evidentes son: o bien Bayernona o bien Barcelúnich.
En cualquier caso, se me ocurre que los hinchas culés de habla castellana, como Daniel Samper Pizano, sin ir más lejos, van a tener que aprender alemán, un idioma casi tan difícil como el catalán, y en vez del tradicional “Visca el Barça, collons!” deberán alentar a su equipo con alguna semiblasfemia bávara, como por ejemplo “Heil Barcelúnich, Gottsakra!”

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