Lo único que nos faltaba para hacer de esta publicación lo más bobo del panorama editorial colombiano era cambiar la “c” en nuestro nombre por una “k”, pero como en La Bobada Literaria nos falta la c, decidimos recurrir a la segunda idea más boba que puede tener una publicación: contratar a un escritor para que nos mande periódicamente escritos de sus viajes. Barajamos varias opciones y, a pesar de la insistencia de Juan Pablo Meenheces –que quería alojarse por nuestra cuenta en cuanto Hotel España encontrara–, escogimos para esta tarea al periodista hipster Daniel Petardo, viajero empedernido y poseedor de una pluma que fluye gracias a las puertas que le abren otros Petardos, famosos en los medios y la política en Colombia.

En su debut, escogió hablar de Buenos Aires, el nuevo Melgar de los colombianos con más de cuatro pesos en la cuenta bancaria y el sueño de todo intelectualoide que prefiere pagarle a un instituto de garaje en Argentina para que le enseñen lo mismo que puede leer gratis en Wikipedia. Su crónica sabemos que empezará un nuevo movimiento histórico, tan trascendental como el periodismo portátil, bautizado el periodismo petardo. Disfruten esta delicia:

Mi Buenos Aires, querido

Moderno automóvil bonaerense modelo 2009, propiedad de Charly García.

Cuando llego a la pista del aeropuerto Pistarini soy el primero en aplaudir al piloto por el aterrizaje. Otro grupo de colombianos se une al alboroto y puedo oír que uno chifla con entusiasmo. Me han hablado maravillas de Buenos Aires: que se respira cultura, que se parece a París, que las mujeres son las más lindas de América Latina. Con esto en mente, me subo al taxi y le pregunto al conductor cuál es su escritor argentino favorito. Como todos aquí son tan cultos, me pregunta, capcioso, que cuáles hay. Le cuento de Borges, de Cortázar, de Arlt, de Aira, y me pregunta en qué equipos juegan. Le digo que en la fantasía y en “las novelitas intelectuales”, para seguirle el juego, hasta que me baja del taxi sin explicación junto al río de La Plata, un hermoso y ancho fluír de aguas oscuras, con un olor tan fino que explica por qué inspiró las canciones de Sosa Stereo.
Camino. Buenos Aires, me dijeron varios amigos que estuvieron seis meses o un año aquí estudiando Pedantería y Esnobismo, es una ciudad muy grata para caminar, así que emprendo el camino e inmediatamente empiezo a percibir el parecido con París: cada tres pasos piso mierda de perro y toda la ciudad apesta. Un ciudadano común y corriente, de ojos verdes y con rayitos, como cualquier otro argentino de las descripciones de mis amigas, se me acerca sonriendo. Le sonrío y me saca un cuchillo. Pienso que me quiere invitar a uno de los famosos asados argentinos, pero pronto veo que lo sacó con el fin de hacerse con mi maleta. Con ella a la espalda, emprende la huida saltando sobre la mierda de perro.
Horas después llego al centro de la ciudad y empiezo a caminar por Florida. Busco un hostal que pueda pagar con la plata que me quedó en el canguro y los pesos que todavía tengo en la cuenta que me abrió mi papá para poder viajar. Respiro hondo, y el aire me sabe a cultura, que huele como a frito. Librerías cada dos cuadras y gente en la calle bailando tango: inmersos en la tradición arrabalera de esta sensual música, veo a dos guapos argentinos en un baile que termina con uno de ellos en el suelo, sangrando. Le doy una moneda al que se mantiene en pie, y sale corriendo por la calle esquivando la mierda de perro. Su amigo mantiene el teatro. Lo aplaudo.
Por fin llego a un hostal. La mujer que me atiende seguro está impostando su acento porque no se parece a Cecilia Bonelli ni a las actrices de Verano eterno. Debe ser emigrada de Chile, país zafio y hogar de dictadores genocidas, tan distinto a la gran Argentina. Miro mi cuarto, tiro mi saco sobre el camarote para asegurar una cama, y salgo a comprar una Quilmes. Debe estar dañada porque sabe a cerveza aguada. Igual, la sed me obliga a tomármela casi de un sorbo y me abro paso hacia Recoleta. Veo los puestos de los hippies argentinos –que están todos recoletos– y las pulgas deciden hacer mercado en mi cuerpo. Rascándome, me dirijo al cementerio a visitar muertos. Encuentro la tumba de Eva Perón y pienso en Madonna. Veo más hippies esnifando un polvo y pienso en Maradona. Busco la tumba de Bioy Casares sin éxito. Me echo a dormir al sol.
Cuando despierto es de noche y rebuznan azules los asnos a lo lejos. El cementerio está vacío, salvo por un viejo con bastón que parece buscar en la oscuridad con ojos improbables. Me acerco y le pregunto si quiere que lo ayude a salir del lugar. Me dice en un español apenas inteligible que no, que está visitando a unos amigos. Le doy una moneda y me doy media vuelta; cuando me dispongo a salir veo que está sentado junto a la tumba de una Victoria Ocampo. Pendejo.
El cementerio está cerrado, así que salto al otro lado. Es hora de comer. Paro un taxi y le pido que me lleve a Puerto Madero. Comer en esta zona es baratísimo, aunque cobran la silla, el mantel, los cubiertos y un pedazo de carne –exquisita, como todo en este país– me sale por apenas 60 pesos. Menos mal no me robaron la tarjeta de crédito.
Regreso al hostal. Como no se hospedan argentinos acá, mi saco sigue en el camarote, pero al lado hay un israelí que huele a gorila y ronca como un oso. Como no puedo dormir, y ya dormí bastante en el cementerio, me voy a un boliche, pero resulta que no juegan a los bolos sino que apenas toman cerveza. Todos los colombianos dicen que la rumba acá es la verga; y, claro, está llena de colombianos. Mi primer día acá parece terminar en cualquier chuzo bogotano. Con todo y chuzo.
 
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