Mi amigo Werner Bünger, a quien conocí durante el viaje que hice el 2001 entre Bremerhaven, en Alemania, y Buenos Aires, en un país tan convencido de ser todo él de plata que se llamaba (y hasta creo que se sigue llamando) Argentina... un viaje de 22 días en un barco carguero de contenedores, quedó profundamente impresionado por mi afición a los cementerios, las lápidas y los mausoleos. Tanto es así que me envió fotocopiado el recorte de un diario leído en la Selva Negra, y en el cual se daba noticia de la existencia de un museo de los epitafios, en un pueblito llamado Kramsach, del Tirol austríaco, y que se debe a una iniciativa privada del forjador Hans Guggenberger. "Estoy seguro de que te vas a divertir mucho al leerlo", me dice Werner. Y en efecto, así ha sido. Y como el calendario señala noviembre, el mes de los muertos, de qué tema ocuparse más congruentemente que de este de los epitafios.
 

El señor Guggenberger descubrió en los cementerios aldeanos de su Tirol natal que muchas de las tumbas ostentaban epitafios forjados en hierro donde lucían resúmenes vitales de lo más sabrosos. Algunos casi parecen poemas de la insuperable Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters... sólo que reflejados en un espejo cóncavo que los deforma.
 

Sin ir más lejos, uno que no tiene desperdicio: "El juez de paz Ezequiel / pesaba 200 kilos: / nada más sabemos de él".
 

Otro más o menos contundente es aquél que dice: "Aquí yace Adam Lentsch, quien vivió 27 años como persona y 37 como marido".
 

Y no es menos contundente, bien que paradójico, un tercer epitafio tirolés donde puede leerse lo que sigue: "Aquí descansa la honrada y virtuosa soltera Genoveva Voggenhubber, llorada por su único hijo".
 

Algo irónicamente, hay uno que resalta la imposibilidad de que a su epitafiada la llorase un fruto de sus entrañas, y es el que reza así, por un total olvido machista (o una pudorosa piedad amnésico-paternal) de los dulcísimos placeres de la masturbación: "Aquí reposa la honrada doncella Nothburga Nindl: falleció a los diecisiete / sin gozar de su juguete".
 

Como es lógico y ya se nota en un par de casos, las joyas del museo son aquellos epitafios donde los deudos del difunto hicieron gala de sus capacidades para el verso. Por ejemplo, este: “Aquí la tierra es hamaca / de uno al que aplastó su vaca / Bastante curioso es ver / de qué modo se puede perecer". Y la verdad es que creo que sí, que eso de morir aplastado por una vaca, aunque sea la propia, resulta bastante curioso.
 

Casi tanto como fallecer del modo que declara este otro epitafio: "Cristiano, detente y reza, / que aquí reposa Xavier, / el cual murió de beber, / mucho, su propia cerveza". El buen Xavier era, evidentemente, un mártir del empirismo aplicado a la ciencia etílica.
 

Pero veamos ahora lo que un viudo hizo forjar en hierro sobre la tumba de su extinta media naranja: "Aquí reposa mi esposa, / mujer bastante furiosa. / Caminante, no se excite, / pues temo que resucite".
 

Pondré un último ejemplo más, del ejemplar museo de Kramsach, y es uno que nos propone una adivinanza metafísica. Dice así: "El camino a la Eternidad no es muy largo. Él partió a las 7, y a las 10 ya estaba allí". O sea que, al menos en el Tirol, la distancia de la vida a la eternidad puede cifrarse en tres horas de camino.
 

A esta altura del partido es lícito preguntarse a qué viene esta afición mía por los cementerios, y no puedo explicarla de un modo más racional que el filatelista o el numismático puedan explicar sus respectivas aficiones por las estampillas y las monedas. Sea como fuere, lo cierto es que soy un cementeriófilo convicto y confeso.
 

Hay algo en los camposantos que me seduce de un modo irresistible. Pensándolo bien, más que una afición o una atracción, creo que es una tentación. Lo que ocurre es que me tienta pasear por encima del pasado, de lo que no tiene vuelta de hoja, mientras alrededor bulle el presente
y espera agazapado el irremediable porvenir.
 

Y el copete de nata del pastel: debo confesar que el epitafio que prefiero, con mucho, de entre todos los que conozco, es aquél que adorna y define la tumba del mayor y mejor de todos los marxistas, el genial humorista Groucho Marx. Quien hizo grabar en su lápida la más cortés de todas las excusas: "Discúlpeme si no me levanto para saludarle".

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