La FIFA se ha compadecido de Lionel Messi durante este Mundial y en todos sus boletines oficiales le pone 1.70 de altura, cuando la verdad es que con esfuerzo llega a 1.68.

Cuando su equipo sale a la cancha, el rosarino aparece cogido de la mano con un infante, al igual que sus compañeros y rivales, para cumplir con el programa de niños acompañantes adelantado por Mcdonalds. La diferencia entre un preadolescente de 12 años y un tipo de dos metros como el alemán Mertesacker es más que evidente, pero en el caso de Messi la diferencia suele no superar los quince centímetros. Mirar a la cara tampoco ayuda. Cualquier desprevenido, un marciano, por ejemplo, no se imaginaría que ese chico de quijada metida, boca abierta y expresión de autista es el mejor del mundo. Me refiero a Messi, no al niño de McDonalds.

Y como niño que es, Messi tiene sus propios juguetes y no se los presta a nadie. Son lo guayos adiZero, de la casa alemana Adidas, que pesan menos que una de sus veloces carreras rumbo al arco rival: 165 gramos apenas.

En realidad, los adiZero han sido usados en este Mundial también hombres como Steven Piennar, Arjen Robben, Lukas Podolski, David Villa y Jermain Defoe, pero solo los de Messi tienen colores especiales: morado eléctrico, blanco y verde. Justo la combinación que elegiría un niño.

Y no quiero decir que su desempeño durante la copa se deba a los guayos, pero aquellos que llevaban años diciendo que querían ver con Argentina al Messi del Barcelona, están siendo complacidos. Hasta ahora no ha hecho gol porque los palos, los arqueros, los defensas se han conjurado para que eso no pase, pero en el momento en que se destape, no va a parar hasta la final, si su equipo llega.

Se equivocaban los que pensaban que Lionel estaba un escalón por encima del resto de futbolistas, está por los menos tres arriba. El Mundial necesita de sus goles y el fútbol al que tanto le ha dado debería recompensarlo con el título. Cuesta creer que tanto talento esté concentrado en un metro y sesenta y ocho centímetros; una vez más, como Maradona, como Giresse, la grandeza va por dentro.

Entonces estábamos en que Messi sale a la cancha de la mano de otro niño y se separan después de los himnos. Hace durante noventa minutos los que mejor sabe hacer y se encuentran después del partido para ir juntos a McDonalds a comerse una cajita feliz.

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