Por Martín Caparrós

 

Rabona a Villoro:

Sigo internado, caro güey, pero mucho mejor. Mi Margarita dice que tanto la voy de exótico que no puedo conseguirme una úlcera o un orzuelo o una viruela boba, como todo el mundo, y tengo que aparecerme con malaria–y ni siquiera me entiende cuando le explico que todo es culpa tuya. Así que ahora me siento como esa paciente de Doctor House –no sabes lo raro que fue ver, anoche, aquí, un episodio– que, doliente, consultaba a los lectores de su blog sobre el curso de su tratamiento: una auténtica enferma. Pero es cierto que este torneo nos ha dejado de hospital. Sería fácil decir que es un Mundial enfermo o enfermante; digamos lo que digamos, ha sido uno bastante pobretón.

En mi semidelirio, leía a Desmond Morris: “Existen 193 especies vivas de monos y simios. Entre ellas, 192 están cubiertas de pelo. La excepción es un simio desnudo que se llama a sí mismo Homo sapiens . (...) Está orgulloso de tener el mayor cerebro entre los primates, pero trata de esconder el hecho de que tiene también el mayor pene, prefiriendo acordar este honor, falsamente, al poderoso gorila”, dice, en el principio de El Mono Desnudo . Me recordó a aquella jirafa de Buffon, llena de motas y sin una palabra para el cuello. Siempre pensé que lo que me interesaba era buscar lo obvio que no veo, el cuello de la jirafa de Buffon; ahora veo que debería ocuparme de los penes. Y creo que en este Mundial el pene jirafa estuvo claro: se ha jugado horrible.

Lo que pasa es que el Mundial es una rara avis o bicho raro o perro verde en el mundo del fútbol. Lo verdaderamente extraordinario es que dice escapar de la razón económica –hegemónica y condenada– para simular que se inscribe en la razón nacional –derrotada y presentable–. Durante un mes, es el deporte como debería ser, como supuestamente era en los famosos buenos viejos tiempos: no porque te compren y te recontracompren; porque la patria lo demanda. Es el negocio de simular que el negocio no importa: lo sabe cualquier mercachifle del mercado de Zinder: mon ami, je te fais bon prix pour vous mon ami.

El Mundial es una rara pausa democrática, igualitaria, en un deporte tan clasista. Cada muerte de 6,27 obispos, gracias al breve imperio de la razón nacional, las estrellas de los equipos tienen que compartir la camiseta y los fideos con segundones que, en sus clubes, no servirían ni para alcanzarles la pelota. La fórmula, que funciona tan bien para el gran negocio, no termina de producir buen fútbol. Los Drogbas, Etóos, Stankovics, Appiahs, Cristianos y otros moros están acostumbrados a socios más acordes; en sus selecciones se desesperan y desesperan a sus compañeros, y terminan reproduciendo dentro del equipo la división de clases que, gracias a la patria, se suponía suspendida por un mes. Y, sobre todo, terminan sin armar equipos. Se convierten en el paradigma del fútbol Nike –que no está pensado para hacer equipos sino comerciales de tevé–, basado en el relumbrón de una dizque estrellita y con eso, se ha visto en estos días, no vamos a ninguna parte.

España no tiene ese problema: es uno de los pocos países compradores, uno de los pocos cuyos seleccionados se arman con jugadores que juegan en sus –dos– equipos. Todos de clase alta y ninguno con la idea de que es más: así, arman un conjunto, co-laboran, juegan como si jugaran. A los dos, parece, mi querido, nos duele España –de maneras distintas. A ti te mata de tedio, a mí de envidia. Es cierto que no hacen goles –te decía, quieren tanto a la pelota que les da pena soltarla hacia el arco–; es cierto que el partido de ayer fue, durante mucho rato, perfectito, que es el contrario exacto de perfecto. Pero, aún así, qué placer ver esa avidez por la pelota, y ese cariño: no hay mayor forma de adoración por un objeto que la tacañería más extrema. Es lo que, en otros estadios, solemos denominar pasión. España la quiere toda y no la presta.

Decíamos que Brasil había perdido como perdió porque se apartó de su esencia y jugó ese fútbol neorrealista, tan italiano; creo que no dijimos que la Argentina perdió como perdió porque persistió en su esencia: la de considerar que “estamos condenados al éxito” y Dios es Argentino y somo tan bueno que no necesitamo laburá. España, que ahora parece tan esencial en esa fijación por la pelota, lo es porque hace unos años dejó de ser “la Furia”, traicionó con éxito su esencia: hizo una –mínima– revolución, que no es una revuelta.

Dos incampeones se enfrentan el domingo. Dos equipos cuya tradición más fuerte es no saber ganar. Los holandeses ya perdieron dos finales del mundo, y van a desnudar una vez más la generosidad del refranero: ¿no habrá dos sin tres o la tercera será la vencida? Encabezados por dos fracasados de esa gran fábrica de fracasos que es el Real Madrid, tratarán de quedarse con el que dice que no hay peor astilla que la del mismo palo.

Yo quiero que gane España. No sólo porque uso su pasaporte; además, me calienta Del Bosque. Ya estamos en la edad en que hay buscar con más cuidado, caro güey, y esa especie de subgerente de banco a punto del retiro, casposo, carrasposo, jugador de mus y bebedor de orujo –en un mundo de Capellos, Löws, Mourinhos, Maradonas– me da catorce vueltas. Ojalá, entonces, que él pueda dar al menos una.

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