Un genio el que subió a youtube.com un video de la entrevista que me hicieron en Caracol Radio. No tengo idea quién es, y supe de su existencia porque me la mandó por correo una amiga que vive en Nueva York. Vaya uno a saber cómo se enteró antes que yo.
 
Me van a echar de SoHo, que es lo que muchos quieren, pero no por haber hablado de Manizales, sino porque hoy mandé el trabajo al carajo por verlo y reírme una y otra vez. Lo puso en internet una persona que se hace llamar porrosband; mis respetos para él. Me siento como el señor del tapabocas.

En la entrevista queda en evidencia algo que hasta ahora no todos sabían, que soy tartamudo hasta la médula. Acá el link. http://www.soho.co/wf_InfoArticulo.aspx?IdArt=9050
 
A mi forma tradicional de tartamudear hay que sumarle el miedo escénico de mi primera entrevista radial, y que además estaba salido de la ropa. Es que hablar con un señor de cincuenta años, canoso y con pulseritas hippies hasta el codo me da mucha piedra. Ya me había pasado con Samuel Moreno, pero nunca me creí tan de malas para tener que repetir la experiencia con César Augosto Londoño. Ese día no era yo un tartamudo, era un yipao subiendo el Alto de la Línea. Ténganme paciencia, no siempre soy así. 
 
Para aquellos que me han insultado por mi condición de gago, y también para los que piensan hacerlo, quiero mostrarles este artículo al respecto que escribí en SoHo hace siete años. Así evitan decirme cosas que yo ya dije de mí. A ver si son más creativos.

Ser tartamudo

Por Adolfo Zableh Durán

Considero toda una bendición que me hayan puesto a escribir sobre el tartamudeo y no a hablar de él, aunque sospecho que la segunda opción hubiera sido mucho más divertida. Antes que todo, le quiero aclarar al lector que no estoy jugando a ser tartamudo; soy tartamudo de tiempo completo y, por lo tanto, estoy autorizado a escribir lo que se me dé la gana sobre el tema.

 De niño pensaba que mi tartamudeo desaparecería con los años (conocía a un par de jóvenes que lo habían superado) por lo que no me preocupaba mucho al respecto. Con los años me he dado cuenta de que es un defecto, o un don, con el que tendré que cargar durante el resto de mi tartamuda vida.

Lo peor del tartamudeo es el tartamudeo mismo. Es el temor a ser "descubierto", a "quedar en evidencia", como si gaguear fuera una mancha, un delito, un pecado sin expiación. De ahí que cada día aumente mi temor hacia las personas, mi temor a que se den cuenta de mi "problema".
 
Cada vez hablo menos y con menos personas. La gente cree que es antipatía, yo le llamo miedo. Afortunadamente aún puedo escribir. ¿Quién me habrá castigado doblemente al privarme del placer del diálogo -toda una delicia- y someterme al sutil martirio de la escritura?
 
Puede ser simple impresión, pero la gente cree que no poder hablar fluidamente significa no poder pensar fluidamente. Esta creencia ha acrecentado mi timidez: además de sonar como tarado, doy a mi interlocutor la impresión de ser retrasado mental.

 Pero tartamudear tiene que ver con una cuestión de principios. Yo soy tartamudo, sé que lo soy, no intento esconderlo (¡a quién intento engañar! Cada nueva frase que inicio alberga la ilusión de comenzar a hablar de corrido para siempre). Si no me trabara al hablar, no sería yo; no sería un tipo que habla bien, sino un tartamudo aparentando que habla bien. Toda una farsa.

 Al igual que el sexo, el tartamudeo está en la cabeza. Al igual que en el sexo, tartamudear implica entrecortar la respiración, jadear, tensar el cuerpo y luego descansar después del esfuerzo. El sexo puede llegar a ser placentero, el tartamudeo no.

Recuerdo haber estado en un instituto donde le trataban problemas de lectura, escritura y habla a niños entre 5 y 12 años. Yo asistí cuando tenía 20. Sobra decir que me veía ridículo, que era el más grande del salón y el abusón de la clase. Ellos eran un montón de pequeños seres humanos con problemas; yo era un grandulón en tierra de enanos al que se le había hecho tarde para cambiar. 

 Después de atacar el tartamudeo por el lado físico, con ejercicios de respiración, vocalización, lecturas colectivas y demás vejámenes, estuve seis meses en sesiones con sicólogo. Tampoco me curé, pero me sentí mucho mejor. Ya no estaba con infantes, no tenía que exhibir mis miserias en público y mi sicóloga me permitía de cuando en vez romper cosas, gritarle insultos en la cara y hablar desnudo cuando sentía que el ambiente se ponía pesado.

También soy un tartamudo sin conciencia gremial: no soporto oír a otro tartamudo. Es incómodo, denigrante, es mi espejo, mi alter ego. Sólo oyendo a otro gago descubro lo ridículo que me veo en mi papel de tartamudo. Varios gagos, al saber que compartimos el defecto, han intentado hacerse amigos míos, reunirnos a hablar del tema e incluso hacer planes. Yo siempre los he evitado, les he dado nombres y teléfonos falsos. Yo no quiero tener nada que ver con tartamudos, yo no soy tartamudo.

 Ver las ridículas muecas que hace un tartamudo cuando va a hablar, oír los ajenos ttttaaaaaaaaaaa; mmmeeeeeeeeee, cccccaaaaaaaaa no merecen otra cosa que una mutilación de lengua tipo Edad Media o Revolución francesa. Un mes entre tartamudos, solo semejante tortura, me libraría de mi tara. 

 Me ha costado que me pongan atención cuando hablo, que le hagan seguimiento a cada una de mis frases de principio a fin sin que se burlen o se desconcentren. He tenido que aprender a reírme y a que se rían de cómo hablo. No me creo afortunado por mi tartamudez (porque es un problema y no un don como a veces afirmo). Sin embargo, tengo la firme creencia de que soy un alma buena; de esas que Dios crea, cuida y premia. 

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