Por Martín Caparrós

 

Pase atrás a Villoro:

André ya lleva casi un año en Níger, y ni le gusta ni le deja de gustar: trabaja. André nació en Porto Alegre, habla francés con acento gascón, rebosa de tatuajes y vive de vender tragamonedas para una empresa catalana.

–Éstos son tan pobres que juegan como locos. Nosotros les vendemos esperanza, que por acá no hay mucha.

André ya recorrió todo el país: no le hace ascos a ningún rincón, siempre que tenga luz eléctrica. Hace unos días me lo encontré en el hotelito de Zinder, y miramos juntos Uruguay-Corea; anteanoche, en la terraza del Grand Hotel, el lugar del tout Niamey, había desplegado una bandera brasileña y otra gaúcha para ver el partido de los suyos.

–Nosotros los del Gremio somos hinchas a muerte, los únicos que hinchamos como los argentinos.

Me dice, y lo miro un poco raro.

–Sí, que seguimos alentando gane o pierda.

Me alegra que los mitos sobrevivan: los mitos son las tradiciones que ya no pueden cambiarse porque no precisan someterse a la confirmación de la realidad. Yo le digo que este equipo de Brasil no es fácil de alentar.

–Al contrario. Este es casi casi un equipo gaúcho, puro nervio. No esos bailecitos de los paulistas y cariocas.

Te lo cuento, caro güey, para ver si entendemos este Brasil del neorrealismo italiano. Este Brasil dirigido por Rossellini es un equipo abominable: Rio, ciudad cerrada –abroquelada, numantina. La negación de la dialéctica: el fútbol y el antifútbol todo en uno. Entre tantos que quieren y no pueden, Brasil puede pero quiere muy de tanto en tanto y, así, su arma más eficiente es la depresión de sus rivales: los deja venir hasta que se la creen y, entonces, los acuesta de una coz precisa, refinada. Es difícil levantarse de ese golpe. Pero en algún punto debe ser difícil, también, para los brasileros, ser los que lo dan. ¿Qué les habrá pasado para llegar a esto?

En cualquier caso, este Mundial menor ya definió sus ocho magníficos. Los que dicen que está comprado por la NBA todavía no aportaron pruebas suficientes, pero la idea es perfectamente verosímil. Es cierto que verosímil es, cada vez más, lo opuesto a verdadero, pero aún así habría que estudiar el asunto: no parece descabellado que los dueños del basquet hayan decidido intervenir con unos cientos de millones para desprestigiar al fútbol y acabar de una vez por todas con un competidor amenazante.

Aunque quizá no sea para tanto: a este Mundial sólo le falta brillo, intensidad, sorpresa, fútbol, esas cositas. Tampoco tiene héroes, por ahora: no hay grandes destapes y los prevendidos no aparecen. La estrella máxima no puede hacer un gol, su delfín hizo uno y ya pasó, el tercero en discordia se volvió a Manchester ignoto. Pese a lo cual hemos llegado al ocho, mi querido chavo. Brasil ya queda dicho. De su rival, Holanda, dicen que es bueno: yo no pude verlo todavía, así que callo; si sabes algo cuéntame. En esa misma llave, Ghana, la gran esperanza negra, carga con demasiado peso para lo que es: la quintaesencia del equipo liviano y, ahora, ya retirado México por injusticias varias, el equipo más fouleador del campeonato. Uruguay se sacó la lotería de cartones. Cuando se clasificó, Uruguay se encontró con que necesitaba ganarles a dos de estos tres: Corea, USA, Ghana. Si hubiera sido una zona de clasificación, la habríamos envidiado por barata. Pero no, es el camino a las finales que le dejó la defección de Inglaterra, siempre ayudando a la República Oriental desde que la inventó en el ‘27. Por allí planea la felicidad: una semifinal Brasil-Uruguay sería demasiado para el cuerpo.

Del otro lado queda Alemania, de cuyas juventudes se habla ahora más que en 1933, pero que sólo le ganó en serio a una Inglaterra tan post Churchill y a Australia tan pre todo: grandes yudokas, decíamos ayer, futbolistas tácticos, que es lo peor que puede ser un futbolista. Su rival, por supuesto, la Argentina, de la que, por una vez y sin que sirva de precedente, no voy a decir nada: estamos concentrados, esperando los cambios que nos devolverán a nuestro habitual futuro venturoso. Y está Paraguay, que ayer nos regaló uno de los peores partidos de fútbol que se hayan visto en tiempos –de partidos malos– y llegó hasta aquí con un gol a Italia y dos a Eslovaquia como toda cosecha pero que, si lograra el milagro, completaría la otra semi sudamericana: un disparate. No creo que lo haga porque enfrente está España. España juega al fútbol: es, digamos, la contracara de la Argentina: un equipo que juega, juega, juega, y se empacha de juego; no hace goles porque se ve que les da pena deshacerse de la pelota con la que tanto se divierten. Es el famoso, tan mentado tiquitaca; si yo no tuviera un pasaporte español me haría hincha de España: es un placer mirarlos.

Sus jugadores son un prodigio extraño, sobrevivientes del peor darwinismo futbolístico: especímenes que tienen que competir en la liga más compradora para hacerse un lugar en el mundo –en un sentido demasiado literal. Lo consiguieron con el argumento de un estilo extrañamente catalán, y dominan con una autoridad inesperada. En este punto, la única razón para suponer que España no va a ganar este Mundial es el peso de la tradición: la que dice que nunca llegan, que se pinchan, se apichonan, se abatatan –que se desinflan antes. La tradición está perfectamente establecida, y la creen tanto ellos como sus rivales: es eficaz, operativa. Las tradiciones, por supuesto, están hechas para deshacerse pero, mientras eso no pasa, es tonto subestimar su peso. El año pasado, aquí mismo, en Níger, una señora que dirige una oenegé para oponerse a la mutilación genital femenina me decía que a las personas les cuesta mucho dejar de hacer lo que siempre se hizo porque creen que lo que se hizo siempre es lo que hay que hacer, lo que está bien hacer, me dijo, y me contó la historia de una mujer, presidenta de un comité local de su oenegé, que, llegado el momento, no pudo resistir el peso de la tradición y llevó a cortar a su hija de ocho años.

–Pero Dios la castigó y le mando una hemorragia incontenible, pobre chica.

Me dijo la señora Maiga y debió haber visto cómo la miraba porque me aclaró que al final el mismo Dios, que es bueno, quiso darle otra chance: que la llevaron a un hospital y la curaron, y la madre, la presidenta, casi se muere de tan arrepentida.

–Pero usted sabe, el peso de las tradiciones.

Me dijo la señora, que ignoraba todo sobre la fama de los españoles. Hoy es un día difícil. Por primera vez en veinte, no hay partidos: el mono avanza, chilla, se trepa por los árboles; vemos, de pronto, que estaba tan desnudo.

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