Hace mucho tiempo conocí un tipo atractivo. Yo estaba en un viaje de trabajo y tenía que reunirme con él para un asunto puntual. Hubo una atracción instantánea, pero yo me devolvía a Bogotá esa misma tarde, así que no había forma de vernos más. El tipo me pidió mi correo electrónico. “¿Será que me enamoro?”, me preguntó. Yo le contesté: “Si lo que busca es enamorarse, cualquier medio es válido”, y salí de su oficina.

A raíz de ese encuentro comenzó un tórrido romance virtual, de correos no sexuales sino insinuantes, divertidos, coquetos. Tanto él como yo buscábamos la forma de escribir bien para enamorar al otro. Y así pasó. Nos enamoramos, por supuesto, del personaje que nos escribía en el otro lado del correo. Llegamos a enviarnos unos veinte correos diarios y recibirlos era tan emocionante como abrir un regalo.

Un día me avisó que vendría a visitarme. Yo no sabía qué ponerme, cómo actuar, a dónde llevarlo. Fuimos a bailar salsa y nunca pudimos coincidir en los ritmos. Esa sola señal de alarma ha debido ponerme sobre aviso, pero la mente es caprichosa y el corazón es ciego. Fuimos luego a mi casa y el sexo fue un desastre absoluto. Ambos estábamos nerviosos y las frases seguras que escribíamos en el computador no reflejaban las babosadas que alcanzamos a decir cuando nos mirábamos.

El tipo regresó a su casa y volvimos a escribirnos, ya sin la tensión febril de los primeros días; gradualmente el enamoramiento fue dejando paso al tedio y nuestro romance fallido languideció hasta morir.

Desde ahí comprendí que mi arma es la palabra y mi género es la epístola. Me gusta escribir cartas, recibir cartas, enamorar a los hombres a través de cartas. Es casi una obsesión incontrolable. Conocí el otro día a un tipo que no me gusta. Vive en otro país y estuvimos juntos en una fiesta. Desde ahí me escribe de vez en cuando, y yo sé que si le respondo tendremos un diálogo inteligente y sensual que eventualmente me hará olvidar su baja estatura, su cara de pajarito desvalido, sus dientes torcidos, y que puede llegar a enamorarme sin remedio.

Soy consciente entonces del poder seductor de las palabras. Sólo ellas pueden seducirme de esa forma. Un buen cuerpo, una cara linda, eso ayuda, pero con las palabras existe la ilusión de que alguien me toca algo distinto del clítoris. Son como los dedos mágicos que me masajean lentamente el órgano más erótico que tiene el ser humano: el cerebro.

Esas palabras que uno pronuncia en medio de un polvo, que logran inducir al orgasmo. Esos sentimientos que uno le confiesa a su amante en voz baja, con la luz apagada y en la quietud del amanecer, son más mágicos que una propuesta de matrimonio. Esas charlas cotidianas que hacen parte de las relaciones fueron alguna vez caricias sensuales que lograron estimular un cerebro. Y si a una persona le estimulan el cerebro como es, lo más probable es que eso tenga una consecuencia justo entre las piernas.

Escríbeme a lola@soho.co

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.