Si lo tomamos en términos inversamente proporcionales, le estoy haciendo una competencia impresionante al pulpo Paul. Mientras el adorable cefalópodo no se ha descachado en medio resultado de este mundial, yo, menos adorable y menos cefalópodo que él, he acabado con la vida, suerte y honra de todo aquel que nombro.

Para no quedar como un tipo acomodado sino arriesgado, llevo meses anticipándome a los hechos, diciendo que Portugal se iba a quedar en primera ronda, que Costa de Marfil llegaría a semifinales, que Brasil iba a ser campeón, que España iba a decepcionar, que Kaká era mejor que Messi (que lo sigo pensando: en esta copa no hubo mucha diferencia entre ellos, y creo también que la mejor versión de Kaká es superior a la mejor versión de Messi).

Solo acerté en dos cosas y media: que Ozil iba a ser figura y que la incompetencia de Maradona iba a quedar en evidencia. La media consistió en que dije que Inglaterra iba a ganar el Mundial solo porque la historia era una señora caprichosa y jodida que iba a permitir que se coronara en una de sus antiguas colonias. No pasó nada con los ingleses, pero los holandeses, que también dominaron estas tierras y se inventaron esa cosa llamada Apartheid, están en la final.

En lo que sí acerte sin margen de error fue en el hecho de que me iban robar. Mis amigos me decían que no fuera pendejo, que era paranoia, que al estar acreditado por FIFA nada malo iba a pasarme. Todos cerraban con la máxima: “si no lo han atracado en un país como Colombia, mucho menos va a pasarle algo por allá”.

Y a fe que todos estaban equivocados, menos yo. Pasó en Durban, hace dos días, cuando al carro en el que viajaba le rompieron el vidrio y le sacaron el GPS (adjunto foto). Así, tuvimos que emprender el camino de seis horas de vuelta a Johannesburgo en una carretera llena de neblina, sin nada que nos guiara y con el frío de la madrugada entrando a placer.

Pero es totalmente coherente todo lo que ha pasado dentro y fuera de las canchas estando yo por estos lados. Soy un tipo negativo que llama al infortunio y encuentra placer en las calamidades propias y ajenas. Una especie de profeta de la desgracia.

Ahora este pulpo solo quiere que pierdan los españoles. Si salen campeones del mundo no le vuelven a dar una visa a nadie. 

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