La realidad nunca es como una película porno…
¿Ustedes se han dado cuenta de que en la película porno el actor tiene un pene de 30 centímetros, siempre paradito, que se demora siglos en venirse, y que las viejas tienen unas tetas preciosas, unas pieles divinas, unas cucas monitas y bien depiladas?

Bueno, ahora hagan el ejercicio de mirarse. ¿Encontraron el gordito? ¿La celulitis? ¿El barro que aparece en la quijada? ¿Ya aparecen unos pelitos porque la señora de la cera no ha podido cuadrarle una cita?

Ahora cierre los ojos e imagínese a su secretaria, al mensajero, a su jefe y a la de contabilidad. Lo más probable es que todos ellos se echen un polvo de vez en cuando, por lo menos. Ninguno (o casi ninguno) tendrá los pectorales de Michael Phelps, el culo de JLo, la boca de la Jolie o la boa del Tino. Y aún así, tienen sexo.

Y así somos todos, y así nos tenemos que aceptar: imperfectos, sin posibilidades de photoshop ni latonería y pintura. El sexo es algo que hacemos seres humanos de carne y hueso, blancos, fofos, calvos, peludos, y como tales tenemos que aceptarnos.

Hay muy pocos que califican para ser modelos desde su nacimiento. Hay otros que terminan metiéndose en la profesión gracias a las cirugías. Yo no critico a quienes se ponen tetas, se hacen la nariz o se operan el rabo, cada quien. Lo que digo es que el sexo no tiene por qué ser perfecto para ser delicioso.

La nena no tiene que estar buenísima o el tipo no tiene que tener abdominales planas para ser buenos polvos. Al contrario, a veces los polvos de feos son mejores, porque se esfuerzan por complacer y mostrar agradecimiento.

Si algo me queda de lección después de este tiempo en el que he escrito la columna, es que quienes me hicieron sus comentarios, quienes me escribieron a mi correo (que a propósito funcionará un mes más) y quienes tuvieron la valentía de enviarme sus fotos, son colombianos (o venezolanos, o ecuatorianos, o peruanos, o chilenos, o estadounidenses, o españoles) normales. Algunos más lindos que otros, algunos con mejor cuerpo que otros, unos con más sentido del humor, otros con mejor ortografía, unos con aspiraciones literarias, otros con añoranzas culinarias, unos con problemas maritales, otros solitarios empedernidos, pero todos igual de imperfectos y por lo mismo, maravillosos.

Y me parecen así porque yo también soy normal. Y prefiero, como ya alguna vez lo dije, acostarme con un tipo normal, que me coma delicioso, a comerme a un muñequito perfecto pero burro o mal polvo.

A lo largo de estos años en que he escrito la columna de sexo, lo que he querido decir es precisamente eso: a veces estamos solos, a veces acompañados, a veces la embarramos y nos metemos con quien no es, a ratos descubrimos el amor y nos rompen el corazón… en fin, lo que he querido decirles a todos ustedes es que somos normales, de carne y hueso, y en cuestiones de sexo nadie tiene la última palabra ni la verdad verdadera. Cada uno busca, como puede, su propia felicidad y no dejen que nadie los juzgue por hacerlo.

¡Un beso a todos!
Lola

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