El sexo es una de esas cosas que están sobrevaloradas, al igual que viajar, el fútbol, la comida de autor, Lady Gaga y los escritores. En el sexo está el 50% de nuestros problemas (la otra mitad está en el consumo de aguardiente). El sexo es deseo, y cuando uno deja de desear la vida resulta siendo una cosa sencilla.

Por razones que no vienen al caso, he tenido sexo solamente en cuatro ocasiones durante los últimos dos años, siempre en contra de mi voluntad. Disto de ser tan irresistible como para ser acosado, las veces que pasó me encontraba en el punto que si no fornicaba con la mujer de turno iba a quedar muy mal parado.

El asunto es que cuando se deja de desear (un carro nuevo, un plasma 52”, un polvo con la compañera de oficina) se piensa con una claridad insospechada. El sexo es lo que ha hecho del mundo un caos. Por el sexo hay guerras y hambrunas, injusticias y traiciones. Por culpa del sexo existen Benedicto XVI, Kim Jong Il, Andrés López, Alejandra Azcárate y Fanny Lu. El sexo es bueno, pero tampoco como para traer al mundo a cada engendro del demonio.

Además es lo más caro de la vida, en especial cuando no se tiene con prostitutas sino con damitas de clase alta, que en lugar de cobrar por coito van endeudando al personaje con algo nuevo cada tanto: una casa, el colegio de los niños, las vacaciones familiares, los almuerzos con los suegros; vínculos indisolubles que hacen que la cuenta nunca se salde.

Consciente de eso, he ido renunciando a él. He evadido polvos seguros por ver una película, jugar fútbol o simplemente quedarme en casa un sábado en la noche, conformándome con saber que hubiera podido tener a (casi) cualquier mujer. La situación me hace sentir moralmente superior al resto de los mortales pese a ser un ser humano de porquería.

Lo que me sorprende es que ahora resulto elegible para mujeres que hace quince años ni me escupían porque se desvelaban por estar con el más popular, el más exitoso, el de mejor situación económica. Ahora que llegaron los treinta, las quedadas y las separadas me encuentran deseable por ser de lo más decente (nada del otro mundo, eso sí) que ofrece el mercado de solteros. Soy una especie de último recurso, y en venganza no me me voy a acostar nunca con ninguna de ellas, básicamente porque soy un resentido.

Sobrevalorado, decía, está el sexo, que nos hace perder la cabeza. Por su culpa me enfrasqué en la vorágine de acostarme con una serie de mujeres que en cantidad equivalen a toda una promoción del Gimnasio Femenino, pero que en calidad no clasifican para intestino delgado de Verónica Orozco. Sobrevaloradas también las empanadas de Andrés D.C., que hacen que productores de cine rompan botellas en las caras de las periodistas.

Básicamente renuncié al sexo porque me asquea intercambiar fluidos con terceros más de lo que me asquea el tema de las empanadas. Eso sí, debo declarar en honor a la verdad que desde entonces me masturbo más que un preso.

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