Por Gael García Bernal

 

Hay cantidad de maneras de perder en el mundial. Quizás más que las que hay para ganar, y no porque el porcentaje de quien gana y quien pierde esté desbalanceado. Se puede perder extra cancha, a lo Argentina en el mundial del 94 –porque la FIFA no soporta que te automediques contra la gripe–o sin ir mas lejos a lo Domenech, con ese equipazo que decidió hacer lo que mejor saben hacer los Franceses ahora: una huelga. Hay una de esas formas que es la que obedece a la anticipación de la derrota y quizás la mas cruel: “si no la metes, no ganas” a diferencia de “si la metes, aún puedes perder”. No meterla equivale a jamás ganar, a nunca tener en tus manos la posibilidad de ganar, siendo esta sentencia un prólogo que debería de venir en el manual del futbol. En muchos casos esta termina siendo la explicación del porqué se perdió: “al final no supimos meterla, había que concretar y no lo hicimos, nos faltó contundencia”. Así el partido haya sido de ida y vuelta, con muchas oportunidades de ambos bandos, con fallas arbitrales o con viento y marea en contra, aparece siempre el lugar común para describir el porqué se perdió. Definitivamente es la respuesta más satisfactoria, obvia y estúpida, en un deporte tan complejo y sencillo a la vez como el futbol.

¿Pero qué pasa cuando, en efecto, se pierde única y simplemente porque no la metiste cuando debías? ¿Qué pasaría si a diez segundos de terminar un partido te otorgan la posibilidad de un penalti? (como cuando oscurecía y el niño del balón ya se quería ir). Ahí, en la cancha de tu continente, quedas solo tú ante lo que jamás imaginaste –excepto cuando te auto narrabas de niño en una serie de penaltis– viendo que si la metes, ganas, y gana Ghana. Es una situación que sólo se atreven a dramatizar las películas de futbol, ejem, o los libros de “elige tu propia aventura”. Asamoah Gyan decidió tirar con la opción a) "Tiras fuerte y con convicción (pasa a la página 46)... Has tirado con fuerza y el balón ha estrellado en el larguero. Tenías todo para ganar y has fallado una vez más. Ahora tu equipo tiene que enfrentarse a los penaltis con la moral baja. El estadio entero se ríe de ti..." ¿Será esta quizás la forma mas trágica de perder, en la cual estaba en tus manos la victoria y no la supiste concretar? Como premio de consolación, con el "Waka waka" de fondo, te declaramos el perdedor del partido por méritos propios. Asamoah Gyan es un gran jugador, ¿pero le acompañará en sus noches de insomnio el sonido del balón estrellándose al larguero? Menos mal que existen las vuvuzelas, para ver ahogado ese sonido que se antoja eterno. Menos mal que metió aquel penal siguiente, si no su autoestima hubiera tocado un fondo sin escapatoria.

Aprovecho para interceptar un pase que Villoro manda desde su posición: me encantaría hacer la película del Zapata del futbol, siempre y cuando tú la escribas. Creo que esa era la propuesta, pero lo dejo claro para formalizar y que quede esto como un deal memo acá entre nos. Si al productor de esta película se le ocurre hacerla y me llama, será de esperar que te llamará a ti para que la escribas: "Échale poesía Villoreee...". Y si no la escribes tú, ¿quién? Desde que saliste del closet al declarar tu afición al Necaxa lograste ese punto del no retorno que tanto le gusta al cine. Obviamente nos convencerían con unos mezcales después de una comida “de trabajo” cantinera. Y ahí terminaríamos, dando una vez más la carota.

Un último apunte: En Argentina –y acabo de leer que el maestro Caparrós también– se habla mucho de cómo se salió con la suya Suárez al meter la mano y parar la pelota en la línea. Lo describen como si fuera un acto de “viveza criolla” – “colmillo” en México. A mi se me hace todo menos eso. Para “viveza criolla” la mano de Henry, ese sí se salió con la suya. El chiste del colmillo es que no se te note, que lo hagas sin que nadie se dé cuenta. Lo de Suárez fue un manotazo, una inmolación, que todos y cada uno de los profesionales que juegan el mundial hubiera hecho. Inclusive diría que cualquier persona en su sano juicio lo haría. A él lo expulsaron y cobraron la falta. Esa no fue una mano de Dios, y ni cerca estuvo de serlo. Esa fue la mano de un Uruguayo en la cancha, que fiel a su estirpe y garra, prefiere morir de pie, de un manotazo, que vivir para ver su derrota. Y ni eso le salió, por fortuna.

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