Por Martín Caparrós 

Toquecito a Villoro.  


 

Ay, caro güey, ¿cómo no suponer que me hablas de arbitrajes mexicanos como baja venganza por mentarte a Maxi? ¿Y qué otra respuesta me dejas, desdichado, que lanzarte con carrillos henchidos “¡Codesal!”, insulto bruto entre mis compatriotas, del nombre de aquel mexica dizque juez que nos sustrajo con penal penoso la final del Mundial del 90? Lo recuerdas, seguro: fue aquel en el que Maradona, rengo de toda renguitud, empezó su romance con la televisión usándola para que cientos de millones le leyeran los labios que decían, a sus anfitriones italianos, hijos de puta, hijos de puta. Pero no voy a dejar, por hoy, que me distraigas: quería contarte lo que me pasó la semana pasada, cuando llegué a Dhaka.

–Lo estábamos esperando.

Me dijo el bengalí que me recibió en el aeropuerto, y se rió. Yo no entendí el chiste: si no hubiera estado esperándome, ¿qué haría parado a la salida del aeropuerto con un cartel con mi nombre en la mano? Después me subí al coche, salimos, entendí: la ciudad rebosaba de banderas argentinas.

Dhaka, la capital de Bangladesh, la ciudad más horrible y más lejana, rebosaba de banderas argentinas; sin dudas, muchas más que en Buenos Aires. Había, también, bastantes brasileñas, algunas alemanas y españolas, incluso una italiana; la argentina era la más presente. Me explicaron que era por el Mundial. Bangladesh no tiene un equipo de fútbol digno de ese nombre, el deporte nacional es el cricket y no hay un bengalí que sepa tirar una pared, pero no querían quedarse tan afuera del mundo, así que se buscaron una forma vicaria de sentirse adentro:

–Sí, somos muy fans de la Argentina. De Brasil también, pero más de Argentina.

–¿De Argentina? ¿Por qué?

–¿Cómo, por qué? ¡Por Maradona!

Para ellos Maradona sigue allí, pese a Codesal, pese a los años, pese a que tú, vano de tu flacura, lo llames un gordito.

–Pero ya no juega.

–No, pero es el jefe, ¿no?

Lo cual constituye la superación dialéctica del diálogo clásico, ése que ya he escuchado con todos los acentos:

–Where are youfrom?

–Argentina.

–Ah, Argentina… ¡Maradona!

Dicen siempre, y se ríen. Lo tengo dicho, repetido: “No se me ocurre ningún otro caso de país tan uniformemente sintetizado, definido por la figura de un señor. El vocabulario global pronuncia muy pocas palabras argentinas: tango ya tiene casi un siglo y después, además de maradona, la única voz que le dimos al mundo es el neologismo desaparecido. El jugador Maradona apareció en el momento justo en que la televisión empezaba a llevar el fútbol a los confines más lejanos: miles de millones de chinos, rusos, indios, africanos que nunca oyeron hablar del gaucho, de Evita, de Gardel, y que no relacionan a Guevara con el país donde nació, han visto a Maradona cacheteando pelotas –y es lo que saben de nosotros. Alguna vez terminaremos de aceptar que para dos o tres mil millones de personas la Argentina y los argentinos –todos los argentinos, las vacas, las montañas, los presidentes, los violadores fugitivos, el novio de tu hermana, aquel triciclo, los inmigrantes bajando de los barcos, el cielo de humahuaca, el peronismo, la esquina de carabobo y cuchacucha, la marcha de san lorenzo, tu futuro, los ovejeros belgas y hojitas y sánguches de miga, las pastillas refresco, tlönuqbarorbistertius, este papel manchado– no somos nada más o nada menos que la confusa nube de pedos que aureola la pierna izquierda del Gran Diez. El mundo está lleno de personas que nunca oyeron hablar de la Argentina pero sí de Maradona; el mundo está lleno de otras personas que sólo oyeron hablar de la Argentina porque oyeron hablar de Maradona. En el mundo –para todos los que no son vecinos o europeos con parientes o tercermundistas más o menos cultos–, la Argentina somos él. Digo: para miles de millones de personas somos él. Es un destino. Supongo que podría ser mejor. Y podría ser, también, mucho peor”.

Y lo volvía a pensar, en Dhaka, mientras miraba banderas argentinas: que estaban ahí por Maradona. Es demasiado para un solo pibe de Fiorito. Pero lo más impresionante fue cuando me contaron, más tarde, la historia de ese muchacho que murió por la patria. Como verás, Villoro, no sólo los tuyos hacen esas cosas. El muchacho tenía 24 años y era módicamente pobre –en Bangladesh ser pobre significa no ganar ni un centavo y comer de vez en cuando; ser módicamente pobre implica tener un trabajito informal y llevarse 70 dólares por mes–, pero ese día había conseguido algún dinero y decidió darse un gusto. Entonces pagó 150 takas bengalíes –2 dólares– por una bandera de un metro y de Argentina. Bravucón, buscó el árbol más grande de su barrio, un manguero, para clavarla en esa cumbre donde todos la vieran. Aquí no sólo se trata de poner banderas; se trata de ponerlas muy grandes y en lugares muy raros. En estos días he visto banderas argentinas en una pista de aterrizaje, en un tanque de guerra, en el medio de un lago, en la cabeza de un búfalo de agua. Así que el muchacho decidió enarbolar su enseña y empezó a trepar. Trepó poquito; al cabo de unas cuantas ramas fue al suelo con grito y se partió la crisma: se murió. Es cierto que morirse en Bangladesh no es lo mismo que morirse en otros lugares –ni siquiera en México, no creas. Aquí suponen que las personas sobran, así que se mueren sin parar; se mueren inundadas porque viven en campos tres centímetros por encima del nivel del mar, se mueren enterradas porque viven en edificios que se derrumban o se incendian a la menor provocación, se mueren enfermas porque se enfermaron. Se mueren, todo el tiempo se mueren.

–Querida, esta noche no me esperes a cenar que tengo que morirme.

–Bueno, amor, pero no vuelvas demasiado tarde.

Aún así, la muerte del patriota pifiado salió en todos los diarios. A mí también me conmovió. Morirse por la bandera ¿propia? es una tontería; morirse por una ajena debe ranquear segundo o tercero en la Copa del Mundo de las tonterías. O debería decir: morirse por la bandera ¿propia? es una estupidez con buena prensa; morirse por una ajena es una originalidad extrema, una obra de arte conceptual que pone en su lugar a todos esos moridores por un trapo. En cualquier caso, el muchacho consiguió hacerse un nombre –aunque yo no consiga recordarlo. “Cuando salgamos campeones –me decían, en primera persona, bengalíes, hablando de nosotros–, vamos a ir a festejar a su barrio, delante de su árbol”: consiguió, no es poco, un árbol y la sombra lejana de una patria.

Bengala, la semana pasada, era una improbable provincia argentina. Y esta semana en Cairo, sin banderas, también muchos me han dicho que van por la Argentina. Me paso la vida dando vueltas por ahí y nunca nadie se interesa por mi país de origen –salvo en estos días. La Argentina es un país estacional, intermitente. Otros existen más a menudo; la Argentina aparece en el mundo con toda regularidad cada cuatro años, a mediados de los años pares no bisiestos: sólo por el fútbol. Pasado mañana empieza la Argentina. Va a durar un mes, habrá que aprovecharlo. Después, a partir del 12 de julio, vamos a volver a ser la Bella Durmiente que espera el pelotazo del príncipe encantado, caro güey: un país tanto más chico que el tuyo, más fallido. Y, sin embargo, ay de ti, no vi en toda Bangladesh ni una bandera mexicana. El mundo, lo sabemos, vive equivocado.

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