No lo pueden negar. Salir con una gata re maquillada y medio putona tiene su atractivo. Poder revolcarse con ella en cualquier lugar, llevarla a bares oscuros o de paseo a “tierra caliente”, a cualquier antro con piscina, es algo que les atrae a todos.

Pero a la hora de casarse, ¿qué? Esa gata se va al carajo, que otro se case con ella, que ustedes prefieren la morronguita esa que andaba con el peinado pasado de moda y los pantalones poco apretados.

La que nunca salía porque su papá era una fiera que no la dejaba ni moverse de la sala de su casa, donde obviamente tenía que recibir todas las visitas, con tía chaperona incluida.

Bueno, tal vez exagero, pero con toda certeza, la mamá de sus hijos es distinta de la noviecita que le escondían a sus papás.

¿Por qué? Por instinto de supervivencia, claro. Darwin en su más pura expresión.
Ninguno de ustedes quiere llegar a su casa y encontrarse con una mujer despelucada y adicta, que les imparte lecciones de sexo a los amigos de sus hijos, a medio vestir y con aliento a ron. Esa es la que conocieron de jóvenes, pero ya casados quieren una mujer que los reciba divinamente arreglada, que sus hijos tengan peinado de raya a un lado, que acaben de llegar de clases de natación y estén sentados haciendo las tareas.

A nosotras nos pasa igual. El novio calavera, el que nos recoge en una moto ruidosa con una chaqueta de cuero que cruje y llamas pintadas en el casco, es perfecto para la adolescencia. Es delicioso que nos haga llorar, que sea un perro sin remedio, que no tenga miedo a experimentar con nada y que nos haga capar clase en la universidad por ir siempre a un motel a tirar toda la tarde.

Pero ese no es el papá de nuestros hijos, ni de cerca. No querríamos a un tipo con panza de cerveza y sin afeitar despatarrado en un sofá, a medio palo (y a media asta) todo el día, dándonos gritos y palmadas en el rabo cada vez que pasamos frente a la tele y le obstruimos la visión de cualquier campeonato de billar.

Algunas veces, sin embargo, ocurre que la niña en cuestión no es una morronga, pero no una gata. Es una mujer atractiva y salvaje, que igual disfruta en una comida elegante con un collar de perlas enrollado en el cuello que en la cama, donde usa ese collar para amarrarle las manos a su esposo, mientras le lame todo el cuerpo.

También ocurre que el tipo en cuestión es lo suficientemente arriesgado como para secuestrar a su mujer un día de lluvia y llevársela a un hotel durante una tarde entera, pero esa misma noche, cuando regresen, se sienta a hacer las tareas con su hijo.
Es difícil. Es casi imposible. Pero a veces quisiera creer que estas cosas pasan, porque si no, nos espera una vejez aburridísima.

Escríbame a : lola@soho.com.co

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