Entregar un libro

 

 

         Desde 1991, cuando gracias a Carlos Gaviria me publicaron en la Universidad de Antioquia mi primer libro, Malos pensamientos, he venido publicando un libro nuevo cada dos o tres años. Esta semana que termina hoy (aunque hay quienes dicen que el domingo es el primer día de la semana y no el último), le entregué definitivamente a la editorial Planeta un libro nuevo.

    Este primer mes en Alemania, además de los paseos en bicicleta o los conciertos, los dediqué en buena parte a corregir las pruebas, o las últimas galeradas, como con más acierto les dicen en España a esas páginas donde uno rema contra la corriente. Nunca deja de haber errores, inexactitudes, cursilerías, cosas que uno hubiera podido decir mejor, ideas que se vienen a la mente cuando tal vez ya sea demasiado tarde.

         Ese lugar común que dice que los libros no se terminan, sino que se abandonan, tiene mucho de cierto. Llega un momento en que uno se rinde, y no corrige más. Lo cual, en últimas, es un acto de valentía, e incluso de humildad, pues a partir de ahí uno se hace responsable de todos sus defectos, sin la inútil vanidad de querer producir lo imposible: una obra perfecta.

         Siempre me ha parecido mala la imagen, tan socorrida, de la gestación, para hablar de la escritura y publicación de un libro: una idea fecunda, muchos meses de embarazo, varios riesgos de aborto, un trabajo de parto, y, al fin, el alumbramiento, e incluso ese bautizo (como dicen en Venezuela) que en Colombia recibe el nombre presentación. La imagen de la gestación es mala porque puede que los libros que uno escribe sean como hijos, pero son, o deberían ser, hijos huérfanos. Después de nacidos hay que abandonarlos del todo, y dejar que se defiendan solos, y no defenderlos de los ataques de los maliciosos, ni acariciarlos por los elogios de los benevolentes.

         En fin, entregué un libro, y lleva el título de El olvido que seremos, que es un pedazo de un verso póstumo de Borges, en la primera línea de un soneto que se llama “Epitafio”. Lo escribí, a intervalos y con muchas dificultades (dificultades mentales, resistencias internas), en los últimos tres años, pero tal vez sería más exacto decir que lo vengo escribiendo en los últimos 19 años, desde el momento en que encontré tirado en el suelo, en un charco de sangre, a mi papá. Es el único libro que he escrito por necesidad, por una necesidad íntima, y al mismo tiempo por obligación: es la única novela (digamos que es novela), que yo mismo me he impuesto como una obligación personal.

         ¿Es un buen libro? ¿Es un mal libro? Les juro a mis pocos y queridos (no, no todos son queridos) lectores de este blog agazapado entre muchachas desnudas, que en este caso las categorías de “bueno” y de “malo”, me importan un chorizo. Es un libro que escribí como un deber moral conmigo mismo, con mi pasado, y con la memoria de un hombre profundamente bueno que fue salvajemente asesinado por los más brutales enemigos de la justicia en Colombia, los paramilitares, apoyados por gentes del establecimiento, seguramente, y también apoyados por instituciones armadas del Estado.

         No es, sin embargo, un libro de rencor y de venganza, sino un libro de recuerdos familiares. Disfrazada de novela, la biografía de un hombre y de una familia, metida en un país y una ciudad y unas circunstancias que son las de Medellín, en Colombia, en la segunda mitad del siglo XX. No me importa si el libro es bueno o malo, repito, aunque yo haya hecho todo lo posible por escribirlo bien. Lo que me importa es que es un libro que me deja tranquilo (y es la primera vez que esto me pasa con alguno de mis libros), absolutamente tranquilo, inmune a las opiniones a favor o en contra que puedan salir cuando se publique.

    Después de 19 años de titubeos hamletianos, he puesto en escena una representación de la muerte de mi padre. La más fiel que he podido escribir, la más sincera. No me importa, repito, si el resultado es bueno o malo porque lo que he pretendido esta vez, simplemente, es escribir un libro verdadero. Y la verdad no es buena o mala: es lo que es.

 

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.